Larga vida al PET

Hito histórico: la industria refresquera limpiará las calles de envases de plástico y los reutili
Sam Quiñones

Guillermo padilla acude desde hace 15 años a un pedazo de tierra de media hectárea en el basurero de Nezahualcóyotl a recoger desechos y seleccionar lo que va a vender. Reúne papel, vidrio, cartón. Pero cuando se trata de recoger PET –el delgado plástico del que están hechas las botellas de refresco y agua– duda. A veces recolecta botellas de este material. Pero el precio que obtiene por ellas fluctúa demasiado, así que en ocasiones lo evita.

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“No se recolecta tanto cuando el precio que pagan por él es tan bajo”, dice Padilla. Ese es el caso del polietileno tereftalato (PET) y, en consecuencia, es un problema para México.

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Las botellas de este material obstruyen los desagües y causan inundaciones; se convierten en las incubadoras perfectas para los mosquitos y otras pestes, lo cual les da una apariencia repugnante.

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Al igual que en el caso del café o la carne de puerco salada, existe un mercado internacional para el PET usado. Como el de cualquier mercancía, su precio fluctúa de manera alocada. Esas variaciones hasta ahora han destruido las posibilidades para reciclar el material.

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Cuando el precio se eleva, los que tratan el PET crean infraestructura. Cuando cae, gente como Padilla reúne este plástico con menos entusiasmo. Eso detiene el flujo de materia prima que los recicladores necesitan, y se van a la quiebra.

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Tal es la razón por la que México parece estarse sofocando en PET, aunque este plástico supone sólo cerca de 3% de los desechos del país. En los últimos 10 años, se ha empleado más PET per cápita en territorio nacional que en cualquier otro lugar mundo: cerca de 460,000 toneladas al año, de las cuales 55,000 toneladas son utilizadas en la ciudad de México. Muy poco de eso –un estimado de 30,000 toneladas al año– se recicla. El resto está diseminado en basureros y alcantarillas.

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En este contexto, los industriales del plástico y los refrescos se han reunido para intentar resolver el problema.

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La felicidad del pepenador
La industria del PET ha estado tratando de alentar a los recicladores de plástico para que inviertan en México desde 1993, pero su intención se frustró por los precios inestables del material. “Al principio, pensamos que el problema podía ser resuelto creando compañías de reciclaje –cuenta Jaime Cámara, vocero de la industria–. Entonces nos dimos cuenta de que primero teníamos que crear ese vínculo crucial, que es la recolección y el almacenaje.”

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El año pasado se formó el organismo Ecología y Compromiso Empresarial –Ecoce– con un presupuesto de $20 millones de dólares y un creciente número de puntos de recolección en el país. Su trabajo es comprar y reunir PET usado. La organización lleva a sus centros toneladas de botellas de refresco y agua hechas de este plástico. Alrededor del país, los trabajadores separan el material y lo empaquetan para venderlo a los recicladores en México o internacionalmente.

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Aunque lo más importante de Ecoce es lo que no se ve en los almacenes. Se trata de un intento sin precedente por estabilizar el mercado nacional de PET usado. La compañía establece un precio mínimo de $1 peso por kilo, para que los pepenadores como Guillermo Padilla recolecten el material durante todo el año. Si eso sucede se reunirá la cantidad suficiente de PET para proporcionar un suministro estable a los que reciclan, impulsando así mayor inversión en sus plantas.

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“Antes, los pepenadores no sabían quién compraría [PET] si lo recolectaban –señala Jorge Treviño, presidente de Ecoce–. No había certidumbre. Eso es lo que les estamos ofreciendo. Ahora decimos: ‘Tú lo separas y nosotros te lo compramos.’ Cuando los recaudadores de basura vean que hay seguridad, reunirán el material de forma permanente e incrementarán sus volúmenes. Creemos que harán el proyecto económicamente más viable.”

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Un hito ecológico
La idea, hasta ahora, muestra signos de retribución. El 12 de agosto Ecoce, junto con Coca-Cola de México, anunció planes para invertir $20 millones de dólares en una planta recicladora del PET usado en Toluca. Se espera que la fábrica, con una capacidad para tratar 25,000 toneladas al año, abra a finales de 2004. También invertirán en la planta embotelladora de Coca-Cola FEMSA y en Alpla, que hace botellas de PET para el gigante refresquero. El complejo será el primero en América Latina que convierta las botellas usadas de PET en nuevos envases: la mayoría de las plantas muelen el PET para obtener fibras que se utilizan en alfombras y otros artículos de consumo.

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Mientras tanto, Ecoce ahora tiene tres centros de recolección en la ciudad de México, así como  en Guadalajara, Monterrey, Veracruz, Cancún, San Luis Potosí, Tijuana, Mérida, Querétaro, Acapulco y Tampico. Se planea la creación de sitios similares en el transcurso del año.

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Además, la compañía pondrá centros de recolección en 30 tiendas Wal-Mart de la ciudad de México y quizá se amplíe el plan al resto del país.

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A menos de un año de haberse creado, Ecoce ya es un parteaguas. Marca la primera vez que una industria mexicana se ha hecho responsable sobre el desperdicio que su producto genera, sin hablar de su intento por crear un mercado estable para eso.

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“Antes, simplemente no teníamos esta cultura”, menciona Sergio Gasca, director de proyecto en la Secretaría del Medio Ambiente de la ciudad de México, que instó a la industria de PET a manejar su problema de desechos. “Esto es lo que estamos tratando de promover ahora: que cada industria sea responsable de sus propios desperdicios.”

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El funcionario señala que la ciudad está estimulando a la industria de la construcción a hacer algo similar para reciclar el cascajo, que a menudo es desechado de manera ilegal en barrancas o bosques. Las negociaciones con los manufactureros de llantas y baterías también están en proceso.
Aun así, los ejecutivos de Ecoce dicen que fracasarán si no pueden convencer a los consumidores de cooperar separando y reciclando las botellas de PET. “Creemos que la responsabilidad no sólo atañe a un sector de la sociedad”, afirma Treviño.

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Una gran parte del presupuesto de la organización está asignada a una campaña publicitaria que comenzó este mes –titulada No manches–, así como a programas de reciclaje en escuelas para educar a los niños sobre el PET.

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Por culpa de un tapón
Estos programas se enfocarán en la manera apropiada de deshacerse de los envases de este material. El PET, aunque delgado, es sumamente duro. Cuando está tapada, una botella del plástico se vuelve “una burbuja indestructible que llena el bote de basura, el camión que la recoge, la estación de transferencia y el terreno donde termina siendo depositada”, comenta Cámara.

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Sin la tapa, las botellas se comprimen durante su recolección, ocupando menos espacio. Sin embargo, dos tercios de ellas son arrojadas con el tapón puesto. En el Distrito Federal, los camiones de Ecoce recogen 3,000 libras de botellas de PET por viaje. Si de forma rutinaria la gente retirara las tapas y comprimiera los envases, afirma el entrevistado, cada camión podría transportar 9,000 libras.

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Mientras Ecoce evoluciona, sus ejecutivos todavía están batallando con los detalles. “Lo que estamos buscando es un proyecto que corresponda a la idiosincrasia, la cultura, la economía, el clima, los hábitos de consumo, la infraestructura y todo lo demás en México”, asevera Treviño.

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Una idiosincrasia a la que la firma tiene que adaptarse son las políticas del pepenador. En la parte del basurero donde trabaja Padilla, por ejemplo, la compañía paga a $0.80 pesos el kilo, con un bono de $0.20 pesos por kilo cuando los recolectores reúnen más de 30 toneladas en un mes. No obstante, la organización tiene que pagar ese dinero al líder de los recaudadores de desechos en el área del tiradero. Éste, a su vez, paga a sus pepenadores $0.40 pesos el kilo por lo que acopian, embolsándose el resto, si bien se supone que los recolectores son independientes, hacen todo el trabajo y corren todos los riesgos que rodean a esta actividad.

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Para asegurar un flujo estable de PET usado, Ecoce ha descubierto que, por ahora, debe complacer a los cabecillas de los pepenadores, quienes, si no están contentos, pueden impedirle la entrada a los basureros que ellos controlan, aunque sean públicos. A pesar de eso, el experimento de la compañía para estabilizar el mercado continúa.

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Los productores dicen que el PET es ligero, durable, seguro para los trabajadores y consumidores. Cuando se llena de líquido, no explota si se deja caer, como el vidrio o el aluminio, y transportarlo cuesta menos. Además, no se desintegra y lixivia químicos en las aguas subterráneas.

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“Con todos estos beneficios, la industria quiere trabajar en el único problema que tiene, que es el de la imagen –declara Cámara–. El emblema de la industria del PET está en las calles y en los desagües donde los consumidores lo arrojan. Es debido al mal manejo de desechos, que un excelente material como este tiene problemas.”

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