Las comisiones de la verdad

No hay mejor remedio para el temor que la verdad, aun si es terrible.
Ricardo Medina Macías

Cuando era joven Aníbal Basurto, el Gordo, hizo un experimento peculiar. Convocó a su propia comisión de la verdad para dilucidar una pregunta que le angustiaba y le mantenía en vilo: "¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada?" Había leído que Martin Heidegger postulaba esa cuestión como la cuestión de la filosofía. La asimiló, la hizo suya al entenderla, y se le instaló en el alma el gusano de la inquietud metafísica: ¿por qué el cosmos, todo lo conocido y por conocer, obedece a la regla del ser en lugar de a la regla de la nada?

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Convocó, presa de la angustia, a una comisión. Preguntó a su hermano mayor, Rodolfo. Lo mandaron a buscarse un psiquiatra y a fastidiar a su progenitora. Interrogó a su madre. Le preguntaron, a su vez, si tenía fiebre y le exhortaron a tomar vitaminas y hacer deporte. Inquirió a su padre, quien por toda respuesta le dijo que se dejara de tonterías y estudiara, mejor, algo útil: ingeniería o contabilidad. Cuestionó a su amiga Clotilde y ésta le reviró con otra pregunta: "¿Tú crees, Gordito, que me sienta bien el color marrón?"

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Por fin, la respuesta le llegó cuando estaba al borde de la desesperación: "El ser es en general, y no más bien la nada, porque no hay principio allende el ser que justifique el ser."

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Pero esa verdad le llegó al Gordo por cuenta propia.

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Terminaron las pesquisas, aunque fracasó esa comisión de la verdad. Poco a poco se tranquilizó –no hay mejor remedio para el temor que la verdad, aun cuando sea terrible–. No estudió ingeniería ni contabilidad, se decidió por la economía. Se enriqueció comprando y vendiendo, por encargo de terceros, valores y bonos. Enloqueció en 1987 cuando, contra sus fundadas expectativas, las bolsas de valores se hundieron. Se curó abandonando los negocios financieros y refugiándose en la atención cotidiana de una mercería.

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Pero el Gordo sigue haciendo preguntas inquietantes. Un día me mostró la portada de una novela del escritor mexicano Daniel Sada. El título: Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe. Cuenta el propio autor que esa frase terrible la escuchó, al pasar, en una estación de autobuses de Tijuana. El libro, difícil pero magnífico, debiera ser leído por los incautos que todavía creen que aquí, en este tierra, se puede conocer toda la verdad y nada más que la verdad.

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Ahora religioso, el Gordo dice que la auténtica comisión de la verdad será el juicio final. Ahí donde se separarán los corderos de los machos cabríos. Juicio definitivo e irrefutable. La "de ocho columnas" última.

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Lo malo de las comisiones de la verdad no es que busquen la verdad –actividad altamente recomendable–, sino que al buscarla en bola, se hagan bolas.

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Hace tiempo trabajé en la redacción de un medio de comunicación en el que la manía de los comités se llevaba al extremo. Toda noticia era pesada y medida en alguna dichosa asamblea en la cual participaba desde el mensajero hasta el dueño del medio. Los resultados eran extraños. Me informan que ahora han abierto el comité evaluador a todo el público. Preguntan por las noches: "¿Usted cree que Caín mató a su hermano Abel?" Si usted cree que sí marque tal, si usted cree que no marque cual.

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"Mucha suspicacia, pero poca perspicacia" comenta el Gordo.

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Comisión de la verdad. Si quiere decir que abran los archivos –suponiendo que los haya todavía–, adelante. Pero si se trata de ponernos de acuerdo acerca de si el color marrón le sienta bien a Clotilde, olvídenlo.

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Con los archivos abiertos que cada cual se informe y haga su juicio. Pero si vamos a someter a votación cuál es la verdad, yo voto que no. Ya dije.

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