Las cuentas claras

Retrato de un personaje singular.
Max Clip

Hoy voy a hablar de la memoria, pues quiero saldar una cuenta pendiente y rendir homenaje a un compañero de trabajo que, de manera sorpresiva, murió hace un par de semanas, dejando un hueco en la empresa que será difícil de llenar.

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Muchos por aquí no lo van a extrañar, pues posiblemente no lo recuerdan y ni siquiera notarán su ausencia. Pero don Vicente era un personaje singular: siempre de buen humor, optimista hasta en las peores crisis, dueño de una memoria prodigiosa y extraña, que nos recordaba el cumpleaños de cada secretaria, la lista de precios y descuentos especiales que ofrece la compañía a algunos proveedores, el resultado final de alguna serie mundial de beisbol o la alineación de la selección nacional de futbol en los mundiales de Chile o Inglaterra.

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Nos hicimos amigos por casualidad y creo que únicamente charlamos largo y profundo tres o cuatro veces, siempre sobre asuntos de trabajo y sólo de pasada sobre cuestiones personales. Pero don Vicente, quien se desempeñó toda su vida como representante de ventas para la empresa, me dejó una huella profunda sobre lo que significa la lealtad a la firma y la confianza ciega en quienes la dirigen.

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Fue precisamente esta fe "de carbonero" la causa de nuestra primera discusión. Agnóstico y desconfiado como soy, la certidumbre sin reparos que demostraba me provocó casi desde el principio un profundo malestar. Y luego, cuando esa misma confianza la extendía al ámbito político y social, sin quererlo me hacía perder los estribos, llegando incluso a levantar la voz y atacarlo personalmente. Pero él ni se inmutaba. Con una calma casi oriental me explicaba que prefería pensar así, de forma positiva, que embrollarse en sospechas y resentimientos. Solía decir: "No se gana nada pensando mal. Podrás llegar a tener la razón, pero a final de cuentas hiciste un mal negocio, pues en el camino te envenenaste el alma."

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Su vida era el trabajo y creo que nada lo habría hecho más feliz que haber sido promovido como supervisor de ventas de la zona centro. Contaba con todas las credenciales y la experiencia para lograrlo y fue hasta hace relativamente poco que supe por qué nunca le dieron ese puesto. Es la historia típica de aquellas personas cuyas vidas profesionales fueron devoradas por los cambios "globalizadores": hace 30 años su promoción le habría llegado demasiado temprano; una década después ya era demasiado tarde.

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Pero don Vicente jamás se consideró a sí mismo una víctima ; antes creo adivinar que para él, en cada suceso de nuestra vida, había oculto un profundo sentido de la justicia. La clave de esto me la dio él mismo, alguna vez que fuimos a comer y que nos tocó repartir la cuenta del restaurante entre más de 30 personas. Yo temía una catástrofe financiera, un mini efecto tequila y que las cuentas resultaran tan sólidas como las del Fobaproa. Ninguno contaba con sus habilidades matemáticas. Ayudándose del menú y de la sencilla regla de tres, sin calculadora alguna, con sumas y restas mentales, hizo el mejor reparto de las deudas que cada uno teníamos, propina incluida. No por nada su lema era: "Las cuentas claras y el chocolate espeso."

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Días más tarde, devorado por la curiosidad, le pregunté cómo le había hecho para lograr semejante hazaña aritmética. "Muy sencillo –me respondió–: fui anotando mentalmente lo que cada quien había ordenado y luego hice las sumas por separado." Luego de haberme dicho esto, me guiñó el ojo.

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Esa es la imagen que quiero evocar de él, pues resume una buena parte de su personalidad. Otros, seguramente, lo van a recordar distinto y por ahí algunos de ustedes escucharán otra historia. A mí ya no me las cuenten. Mi memoria está satisfecha y la deuda quedó saldada.

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