Las damas que desayunan

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Sentada con mi taza de café las veo llegar, nerviosa. Hace tanto que no voy a un desayuno tarde; generalmente a los que acudo son a las ocho de la mañana y terminan a más tardar a las 10, hora en que las demás empiezan a llegar. Platicamos y yo no estoy al día con lo que pasa en los microcosmos que solía frecuentar. Aquí estoy, escuchando historias y queriendo entrar a ese mundo que me es ajeno ¿demasiado trabajo? Soy como un turista que está de paso en aquella mesa de restaurante a la que acuden con regularidad; miro a mi alrededor y el ambiente se llena de un barullo muy diferente a los comentarios veloces que se hacen a las ocho. Envidiamos nuestro horario, unas deseando estar temprano y otras queriendo tener la mañana libre frente a una taza de café. ¿Será esa la diferencia?, ¿la brecha que nos separa a las mujeres que trabajamos de las que no?, ¿serán los desayunos a las ocho y a las 10 la frontera que nos divide?

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