Las grandes ligas

Para algunos, parece que Dios se juega la suerte de la humanidad en un partidito de golf.
Max Clip

Aunque por naturaleza soy enemigo de despertar al alba, valió la pena haberme desmañanado en sábado: no todos los días se tiene esa experiencia de lo sublime que aspira a lo divino. Y mucho menos, una lección me ha dejado tantas enseñanzas, útiles a la hora de proyectar una carrera en el ámbito corporativo.

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No recuerdo qué escritor dijo que el mundo cabe en una nuez; pero para muchos ejecutivos, su mundo parece tener el tamaño exacto de una pelota de golf. Y si ello es así (y se cumple aquello de que el Destino juega a los dados con nuestras vidas), entonces para ellos Dios debe jugarse la suerte de la humanidad en un partidito de golf: camina plácidamente por el prado, se coloca ante la pelotita y, ¡rájale!, le da tal golpazo y con tanto tino –recuerden que es Dios– que la manda derecho al green. Hole in one, le dicen los que saben de esto.

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Si a mí me preguntan, fue una chiripa, pero hay quienes juran que el hecho es producto de la natural destreza y de mucha práctica.

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Pero no es del juego de lo que quiero hablar. Lo que me ha dejado maravillado –nunca hubiese soñado siquiera que alguna vez mi torpe humanidad pisaría uno de esos campos tan bien cuidados– es todo lo que sucede alrededor. Me imagino que al escocés al que se le ocurrió inventar el célebre juego jamás soñó con que eso, con los años, se convertiría en el deporte corporativo por antonomasia y la excusa para cerrar tal cúmulo de negocios. Olvídense de los derechos por copyright, imagínense lo que habría sacado por una módica comisión de 1%... Una lástima.

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En fin, les platicaba del partido que jugué el sábado pasado contra mi jefe. Aunque a veces me desespera un poco (y se le pasa la mano con el trabajo), no dejo de reconocer que es un maestro en el arte de trasladar las decisiones estratégicas de negocios afuera de la oficina. Y a la hora de mudar de escenarios, nada le entusiasma tanto como la posibilidad de gastar entre 90 y 120 minutos golpeando el minúsculo esférico y caminando tras de él. Ahí se siente dueño y señor de la situación. Con sólo una mirada es capaz de adivinar lo que le conviene hacer: si su contrincante necesita ganar, si podría perder o si hasta debería ser humillado con una derrota de varios golpes por abajo del par (lo que le significará ahorrarse los costos del cady y, claro, del irremediable highball posterior, en el bar del club).

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Sobra aclarar que “como típico niño mexicano” (repito verbatim sus palabras) mi jefe juega al golf desde su más tierna infancia, siempre en el mismo club; para colmo, se domina de cabo a rabo el desdichado campo: lo ha transitado miles de veces, y de esos árboles no se cae una hoja sin que él lo note de inmediato. Ahí, literalmente a golpes, se entera de chismes, cierra negocios, se excusa por un pago que viene retrasado, doblega a la competencia con un birdie imposible.

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Me imagino que nada le daría más gusto en su vida como enfrentarse, más que a los célebres profesionales, a los grandes magnates. Digamos, un Bill Gates o, ya más modesto, a un Carlos Slim, para poder “negociar” con ellos un descuento permanente de 50% en el recibo de teléfono o recibir copias gratis de por vida de cada una de las subsecuentes versiones del ubicuo Windows. Pero hasta ahora se ha tenido que conformar con derrochar sus talentos con incautos como un servidor, que obviamente terminó siendo masacrado ante sus profundos drives.

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A pesar de sus reiteradas explicaciones, sigo con la sensación de no entender nada. Pero valió la pena: verlo jugar puede ser una experiencia casi religiosa, como mirar a un niño con juguete nuevo. Mientras degustábamos el riguroso highball (cortesía de quien esto escribe), supe que, sin una membresía, jamás formaría parte de las grandes ligas corporativas, pues para “pertenecer” al grupo de “típicos” mexicanos que juegan al golf, tendría que vender mi auto y, quizá, volver a hipotecar mi departamento (como si tal cosa pudiera ser posible). Luego, comprar una telefónica tampoco entra en mi presupuesto. Quizá no sea tarde para aprender a programar.

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