Las víctimas de la filantropía

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Ricardo Medina Macías

Vea usted, señor juez, ese rostro que denota la imbecilidad, esa mirada torva y los gestos torpes que caracterizan la conducta de mi cliente.

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Con estas o parecidas palabras, el abogado intenta la desesperada salvación de su defendido, pretextará oligofrenia profunda o alguna otra tara que le permita alegar irresponsabilidad en los actos de su cliente y eludir con ello el castigo reservado a los criminales.

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Por su parte, el defendido exclamará, ante esta estratagema: "Por favor, abogado, ya no me defienda".

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Esta escena es ya clásica en el repertorio cómico de la humanidad. Es el recurso, tan socorrido, del benefactor que, a sabiendas o no, hunde en una situación más desesperada al presunto beneficiado.

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Don Quijote pretende salvar a un muchacho de los injustos azotes que le propina su amo y lo que consigue, a la postre, es aumentar las penalidades del joven, sometido a una ira acrecentada por parte de su verdugo, apenas el caballero de la triste figura se da la vuelta convencido de que ha deshecho un entuerto. Por ello, al encontrar de nuevo a don Quijote, días más tarde, el muchacho le suplicará que no le vuelva a defender; más aún, le insultará por las desventuras que le ha acarreado su inopinada defensa.

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En México, el gobierno puede identificarse con ese benefactor desatinado. Se supone que presenciando la escena deberíamos estar desternillándonos de risa. No es así, porque sucede que el defendido o beneficiado con cara de imbécil somos nosotros mismos.

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Todo esto lo explica pausadamente el Gordo Basurto. Su tesis sobre cómo el gobierno mexicano se caracteriza por provocar desgracias sobre aquellos a los que supuestamente desea beneficiar resulta muy sugestiva.

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Por supuesto, hay las evidencias burdas de este fenómeno (¿qué pasó con el bienestar para la familia pero el Gordo cree que hay casos más graves y sutiles de esta paradoja de los beneficiados victimados (es decir, de nosotros).

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Intentaré resumir algunos de los ejemplos que cita el Gordo.

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Se da el caso de personas que desean trabajar productivamente y sólo pueden hacerlo unas cuantas horas al día, no una jornada completa. Digamos estudiantes, amas de casa, jubilados. El gobierno benefactor se ha encargado de defender sus derechos.... y de impedirles encontrar un trabajo digno.

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Miles, tal vez millones, de personas en México perciben un salario "neto" menguado respecto de lo pactado como salario "bruto", debido a los generosos descuentos para cubrir cuotas del Seguro Social, del Infonavit, del Sistema de Ahorro para el Retiro (por no hablar de los impuestos), todos estos descuentos no son sino la expresión del fervoroso afán de los gobernantes mexicanos para ofrecerles servicios de salud y esparcimiento, vivienda accesible y una vejez pasadera. Por supuesto, el beneficiario en la mayoría de los casos no verá cristalizadas tales expresiones de bondad del ogro filantrópico (Octavio Paz dixit), pero esa es otra cuestión...

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Hoy día, sin ir más lejos, los mexicanos disfrutamos de las delicias derivadas de una sabia corrección del déficit en cuenta corriente. En el pasado, ya se sabe, gobernantes inescrupulosos nos embarcaron en la riesgosa aventura de utilizar el ahorro externo (vía odiosas inversiones extranjeras principalmente en el mercado de valores) para mantener a raya la inflación, tener un tipo de cambio más o menos estable y barato, acceder a créditos para adquirir bienes de consumo duradero a mejor precio y demás. Todo eso, que era malo, ya terminó por fortuna. Ahora sí exportamos más de lo que importamos (aunque los maliciosos digan que tras el derrumbe de la confianza ya no nos queda otro remedio) y esos días en los que usted siente un cosquilleo de felicidad, no lo dude, esa sensación placentera se debe a que ahora sí vamos por el buen camino y se corrigió el malhadado déficit en cuenta corriente.

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Además, se ha incrementado el ahorro interno. Usted no lo ve, tal vez porque no estudió bien sus lecciones de macroeconomía. Pero cada vez que usted paga más (50% más para ser exactos) de impuesto al valor agregado contribuye a acrecentar ese ahorro nacional.

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Claro, nunca faltan malosos que conjeturan: "Pues me parece que estábamos mejor cuando se supone que estábamos peor”

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista.

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