Lecciones de Japón

Ni victimización ni rapacería. Eso y más nos enseñó este país asiático después de la difíci
Luis Miguel González

¿Quieres saber en qué consiste el arte de vivir, mi amigo? Te lo diré en una frase: sácale jugo a los momentos difíciles, aprende de ellos”, escribió Frederic Amiel, un filósofo suizo que vivió en el siglo XIX. La forma en que respondemos a la adversidad define quiénes somos. Es hundirse o flotar; crecer o encogerse; convertirse en héroe, quedarse en actor de reparto o abrir paso al villano. Lo saben los dramaturgos y los actores. Esto vale para personas, familias, ciudades y países.

- La Ciudad de México alcanzó, de alguna forma, la mayoría de edad en el terremoto de 1985. La arrogante Nueva York aprendió de su experiencia con la vulnerabilidad luego de los ataques del 11-S.  Japón es todo un caso: se reinventó luego de la derrota de la Segunda Guerra Mundial, salió fortalecido del terremoto de Kobe en 1995 y ahora vive otro momento de dura prueba.

- La probabilidad de que ocurriera un accidente como el de Fukushima era de uno en un millón de años, de acuerdo con un documento elaborado por la Comisión de Energía Nuclear de Japón en 2003. No estamos preparados para lidiar con las posibilidades infinitesimales, dice Nicholas Taleb. El problema es cuando ese uno en un millón cuesta tan caro. El número de muertos supera los 20,000 y 100,000 personas se han quedado sin hogar. Las pérdidas materiales se estiman en 230,000 millones de dólares y la recuperación plena podría llevarse cinco años.

- Lo más impresionante de Japón es la ausencia de una cultura de victimización. La reacción de los japoneses ha sido relativamente calmada y muy ordenada. Hubo compras de pánico, pero no saqueos. La gente respetó las filas de abastecimiento y se conformó con las raciones disponibles de agua, comida y combustible. “Más que las imágenes del tsunami, nos impresionaron las de los zapatos ordenados a la entrada de los refugios”, escriben en Letras Libres Aurelio Asiain y Monserrat Loyde, una pareja de mexicanos residentes en Japón.

- Un aspecto singular ha sido el comportamiento de los medios de comunicación. La televisión no difundió historias de agonía personal. La cobertura pudo haber ganado rating y, quizá, premios internacionales si hubiera dedicado largos reportajes a los cientos de tragedias personales. No lo hizo. Evitó el sensacionalismo y se preocupó por  respetar la dignidad de las personas. Se enfocó en producir información útil para la supervivencia.

- Hay una educación desde el kínder para enfrentar una tragedia en Japón. Hasta la mafia, los yakuza, saben qué hacer. Es educación, entrenamiento y algo más. Resiliencia, le llaman los psicólogos. Se refiere a la capacidad de responder de manera competente en el momento de la adversidad; a la actitud que permite la recuperación posterior al ‘golpe’ y a la disposición para aprovechar la experiencia traumática para evitar que eso ocurra de nuevo. Hay valores individuales en juego, pero, sobre todo, una red social que permite apoyarse unos con otros. Transmitir información emocional y práctica y recibir respuestas humanas. Saber que no estás solo y traducir la compañía en una forma de resistencia.

- La suma del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear costará a Japón una fuerte caída del PIB en el primer semestre. En el largo plazo, el horizonte está abierto. Hay algunos Nostradamus que pronostican el principio de una decadencia japonesa. La historia está a favor de otra hipótesis: Japón se recuperará. Lo ha hecho otras veces y, además, eso ha ocurrido con otros países. Los economistas Mark Skidmore y Hideki Toya, de la Universidad de Wisconsin, estudiaron el impacto de largo plazo de los desastres naturales en 89 países. Los que han sufrido las tragedias más grandes crecen más y se vuelven más productivos, concluyen Skidmore y Toya. Un desastre no destruye, sino incentiva el uso del ingenio y estimula la productividad.

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- Una destrucción masiva obliga a sustituir la vieja infraestructura por una nueva, dice la explicación economicista. Es como una depreciación acelerada. Esto es indiscutible y cuantificable, pero no basta con explicar el porqué. Robert Mc Kee, el gurú de los guionistas de cine, nos ofrece una explicación complementaria: “La gran ironía de la vida es que lo que la hace digna de ser vivida proviene de todo lo que nos hace sufrir. Mientras luchamos contra estos poderes negativos, nos vemos obligados a vivir con mayor profundidad y de manera más completa”.

- El autor es director editorial del periódico El Economista.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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