Libreros y editores. A punto del salto m

Primer problema: el tamaño del mercado (los mexicanos no leen libros). Segundo problema: la crisis
María Hope

El libro es un producto de micro mercado. Aquí y en Alemania, España o Dinamarca, donde los consumos son masivos y el libro tiene un lugar especial: no es una papa frita; su comercio obedece a una lógica distinta. Así lo piensa Juan Carlos Argüello, gerente de promociones de Grupo Editorial Patria.

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Pero el micro mercado mexicano es tan diminuto que se requiere lupa para verlo. Hay ciudades enteras sin librerías propiamente dichas. Adultos que jamás han puesto un pie en ellas. Casi puede decirse que la gente aquí no lee. Mejor dicho: no lee libros. "El libro no entra en la dieta del mexicano", dice Argüello, lacónico. Mientras los alemanes consumen al año ocho libros per cápita, en México se consumen 0.5.

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Y aunque según estimaciones de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), el mercado potencial de este país ronda los siete millones de personas, los editores calculan que el mercado real tal vez no rebase ni el millón y medio.

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Entre el olvido y el tiempo. En este escenario no sorprende la falta o la desaparición de librerías. Lo que asombra en algunos es su vocación de "a pesar de todo", su capacidad de permanecer y, a veces de crecer.

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Descartando los llamados puntos de venta, que hoy suman alrededor de 2,500 entre farmacias, supermercados, tiendas departamentales, de regalos, cafeterías y demás, hace cinco años había alrededor de 700 librerías en todo el país, mientras hoy acaso llegan a 450 y se teme que no todas sobrevivan para el próximo año.

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Los libreros están pasando por una crisis superlativa", que ya tiene varios años, comenta Alfonso Castillo Burgos, el mayor editor y librero del país fuera de la ciudad de México (ver EXPANSIÓN 671, Agosto 2, 1995). Según él, desde 1994 las librerías venían arrastrando los efectos de una prolongada caída "en las ventas y pasivos con los editores, y como editores nos hemos visto obligados a ampliar los plazos, porque si no sería el caos..."

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De por sí, señala Argüello, "los tiempos en las librerías son lentos", y si antes habían de pasar de 30 a 120 días para recuperar el dinero, hoy puede tomar seis meses. No es fácil para ellos. Hay libros que tardan un año en salir y otros que mueren en el olvido. Y esa  a inversión perdida.

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Por eso tantos libreros y editores privilegian el libro de texto. Más de la mitad de las ventas de una librería ocurren en dos meses, cuando entran a circulación los nuevos libros escolares.

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Menospreciado por unos y alabado por otros, el libro de texto, su producción y venta es para Castillo un mal necesario. Más de 60% de su producción y de sus ventas son por este concepto. "En provincia requerimos de ese mercado porque somos polos donde no hay desarrollo de cultura escrita. Lo necesitamos para sobrevivir, para crecer, para poder ofrecer más surtido. En provincia la falta de lectores nos cerca."

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Dueño de cinco librerías en la sultana del norte, Castillo calcula: "En Monterrey hemos sufrido este año una baja de 45 a 50% en las ventas de librería, y como de 20 ó 25% en la producción. Me refiero a los libros de interés general, porque en los de texto ha aumentado":

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Pero lo mismo que sus colegas, él sabe que la caída de las ventas es sólo una parte del problema. La otra es la falta de lectores, y a este respecto, sentencia: "El crack económico es terrible; pero el crack de lectores es peor", y alcanza a gente de todas las profesiones, grados, ingresos y niveles socioculturales: "E] ejecutivo del siglo XXI -ejemplifica- es un cliente muy cautivo; sin embargo, su hábito de lectura ha bajado sensiblemente por el poco tiempo libre del que dispone"

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Al final de la lista, en el eterno pendiente de la agenda diaria, el libro ha perdido lugar. "Y nosotros: los editores, los libreros, estamos como el trapecista en el circo a punto del salto mortal", compara Castillo.

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Del editor al... ¿lector? Dice Judith Dehesa, directora de la Fundación Mexicana para el Fomento a la Lectura, que para muchos leer es perder el tiempo. Y para perderlo, la gente suele encontrar siempre cosas "mejores" o más "útiles" que hacer: ver televisión (así sean las noticias), revisar los diarios, hacer deporte, ir al cine, ver un video y hasta lavar los trastes.

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Fue por esto que hace 24 años un grupo de editores capitalinos decidieron hacer lo que hizo Alá: ir a la montaña. Se instalaron en el pasaje del metro Zócalo-Pino Suárez con la intención de que el libro saliera al encuentro del lector y a lo largo de 23 años fueron creando lectores insólitos: gente que cada año, por única vez, hojeaba, compraba y leía, primero uno, luego dos o más libros. Pero las autoridades del Metro retiraron el apoyo a los organizadores y la Nueva Feria Metropolitana del Libro en Exhibimex, a partir de 1994, no puede compararse ya con su predecesora.

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Allá la gente se tropezaba con el libro. Aunque no quisiera, lo veía y por más resistencia que opusiera, tarde o temprano caía en sus letras. Ya no. El año pasado, la feria recibió alrededor de 60,000 personas. Y este año fueron 42,000.

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Además de ésta, existen en el país otras tres ferias de mayor o menor relevancia: la de Minería (organizada por la UNAM), la Infantil y Juvenil (a cargo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), la Feria Internacional del Libro Monterrey, la de Aguascalientes, la Infantil y Juvenil de León, y la Internacional de Guadalajara que, según Federico Kraft, director del Centro de Promoción del Libro Mexicano (Cepromex), "es la más importante de América Latina, la más profesional".

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Pero las ferias no promueven tanto la lectura como la venta. Para Dehesa, el fomento de la lectura debe hacerse a través de proyectos específicos: talleres de lectura y creación, seminarios con padres y maestros, en fin... Cosas, todas, para las que nadie tiene dinero o disposición. Y a propósito cuenta un hecho sintomático: desde su creación hace seis años, la fundación que preside no ha recibido un solo apoyo gubernamental. Por el contrario, en forma sistemática la Secretaria de Hacienda rechazó otorgarle el permiso para dar recibos de deducibilidad de impuestos, y no fue sino hasta 1994 cuando, después de cinco años de insistencia, logró su objetivo. ¿Creerá Hacienda que promover la lectura es promover el ocio o la holgazanería?

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