Lorenzo Servitje Sendra

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Jaime Santiago

A don Lorenzo Servitje Sendra no se le pueden señalar “amasiatos” con presidentes o ex presidentes, ni crecimientos “milagrosos” de su fortuna. Nada tiene que ver con cuestionadas desincorporaciones de activos públicos. Tampoco se sabe que le haya “prestado” millones de dólares al hermano de un mandatario en funciones. -Así no hace sus negocios.

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La imagen de este industrial panadero y pastelero de 78 años es el recurso favorito de muchos cuando tratan de probar que uno puede convertirse en multimillonario y ser honesto al mismo tiempo.

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En efecto, entre las pocas polémicas en que se ha visto envuelto este hombre que lleva harina en la sangre es cuando alguien critica el valor nutricional de sus pastelitos Marinela. De cuando en cuando algún nutriólogo se pronuncia en contra de los -Submarinos o los Pingüinos. Pero lo que debe poner a Servitje como -Negrito (¿alguien se acuerda del desaparecido pastelillo?) es cuando de ahí se parte para criticar el abuso de la publicidad en televisión para cosas tan poco “alimenticias”. Como si una campaña intensiva en horario AAA pudiera convencer a los chamacos de entrarle a las calabacitas y al brócoli con sana alegría.

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Que no le toquen sus pasteles, porque el origen de este industrial cuya fortuna familiar ronda los $700 millones de dólares proviene directamente del merengue y la crema chantilly. A principios de los años 40 el joven Lorenzo trabajaba como gerente de la Pastelería El Molino, en compañía de su tío Jaime Sendra Grimau, jefe de Producción. Un buen día, don Jaime le propuso a su sobrino: “¿Y si ponemos una fábrica de pan de caja?”

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Como era común, sólo había una productora de pan de caja en ese México de ensueño y lo hacía con mala calidad y poco servicio para con los panaderos (al menos eso dicen los que después los borraron del mapa). El pan de caja se vendía en las panaderías, cabe aclarar. Así que tío y sobrino invitaron a un par de socios más y empezaron a fabricar su Súper Pan en 1945, al que bautizaron con el nombre de -Bimbo, un vocablo que surge de Bambi (sí, el venadito de Walt Disney) y Bingo, el juego. La curiosa asociación de ideas no tiene un autor específico, al contrario del famoso Osito Bimbo, que es un dibujo creado por la esposa de Jaime Sendra.

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Si quiere encontrarse una justificación para el crecimiento de la panificadora, acaso puede achacarse algo al famoso aislamiento de la economía mexicana. Bimbo no contó con ningún competidor importante hasta 20 años después de fundada (y tan no pensó en vender en el extranjero, que adoptó un nombre que en Estados Unidos se utiliza coloquialmente para designar a una mujer corta de ideas y larga de atractivos físicos).

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Uno de los socios fundadores, Alfonso Velasco, se separó de Bimbo en 1960 con el propósito de fundar una empresa competidora. Poco le duró el gusto: la primera aventura le duró nueve meses, antes de tronar y venderle a Servitje; la segunda, en 1964, acabó pasando a manos de un competidor que duró unos años más, la estadounidense -Continental Baking Co., y su marca Wonder.

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Hoy se sabe que cualquier competencia se quedó corta ante Bimbo, que hoy es un gigante de 40,000 empleados, con un sistema de distribución que le hace perder el aliento a nacionales y extranjeros por igual. Servitje compró a -Wonder, pero no acabó con la marca (por cierto, no existía entonces ninguna Comisión Federal de Competencia Económica que objetara esa absorción). Además, es propietario de las marcas -Marinela, Ricolino, Barcel, Sunbeam y Tía Rosa. Compite con algunos que no puede comprar, como PepsiCo -(por Sabritas y Sonrics) y con Maseca (por sus tortillas Milpa Real), además de que ya se ha embarcado en proceso de internacionalización.

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¿Cómo se adaptará Bimbo a la competencia encarnizada de los mercados mundiales? Eso está por verse. Lo más fuerte de la empresa son sus empleados, sigue afirmando don Lorenzo Servitje aún ahora que le dejó la operación a su hermano Roberto (quien se incorporó a la empresa como supervisor de Ventas cuando tenía 17 años).

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Conocido por todos como uno de los principales defensores de la Doctrina Social Cristiana, don Lorenzo es un humanista que cree en la capacitación y que adoptó fácilmente términos como calidad total. Se precia de nunca haber tenido problemas con sus trabajadores (“las relaciones laborales ya no son de enfrentamiento, sino de colaboración”, dijo hace muchos años), y de una política que se antoja rara en estas épocas de -downsizing: Bimbo, dicen, nunca despide personal. Despedirlo, explica el empresario, sólo hace que disminuyan los consumidores. Y si eso sucede, podría agregarse, ¿quién comprará pan -Bimbo y gansitos?

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