Los &#34mexicanólogos&#34

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La parábola, dicen, es el arte de establecer relaciones entre cosas sin aparente conexión, por ejemplo, entre el ojo de una aguja y un camello. El -Gordo Basurto es un experto en el arte de la parábola y, entre sus muchas teorías, ha acuñado la de las vacas y el progreso académico y profesional. Esta parábola merece explicarse.

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Dice el Gordo que no hay mejor cosa para hacer una buena carrera en el mundo académico que conseguirse una buena vaca sin dueño aparente. Una buena vaca es, en la metáfora, algún tema de investigación que permita producir dos o tres tesis al año, un sesudo libro cada quinquenio y hasta organizar algún congreso internacional. El que la vaca no tenga dueño aparente significa que el tema debe ser más o menos virgen, para no tener incómodos competidores y para garantizar que cualquier hallazgo, por nimio que sea, pueda calificarse de novedad nacional o internacional.

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Un caso proverbial de una “buena vaca” ordeñada con limpieza y eficacia, y que produjo a su descubridor varios años de renombre, es el tema de los sonorenses en la historia de México en el siglo XX. Esta “vaca” permitió a su usufructuario, un -Ulises autóctono, obtener becas, publicar libros, dictar conferencias, ser profesor invitado y entrevistado inevitable en cualquier reporte periodístico sobre el tema. El renombre fue tal que nuestro personaje fundó revistas y editoriales, se hizo consejero intelectual de un Presidente y abandonó lo que quedaba de la vaca original a futuros investigadores.

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La parábola del Gordo acerca de las vacas y su ordeña más o menos intelectual me vino a la memoria al meditar sobre el caso del periodista argentino, avecindado en Miami, Andrés Oppenheimer. Para usted o para mí, México es un país tanto más entrañable cuanto más insufrible nos parece; es, para citar a los antiguos, la patria. Para el señor Oppenheimer es una vaca bien repleta de leche y susceptible de una ordeña eficaz, rápida y rentable.

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Oppenheimer es el más reciente “mexicanólogo” en los medios de comunicación estadounidenses. No se sabe si viene a sustituir o a complementar a los Fuentes, los Castañeda o los Aguilar Zínser. Por lo pronto es otra veta que vale la pena explotar, al tiempo que él sigue ordeñando la vaca. Hace poco tiempo, Oppenheimer ordeñó con singular acierto la vaca llamada “la Cuba de Fidel Castro”. Hoy le toca a México, tema por demás interesante por la corrupción de sus ex gobernantes (y sus “hermanos incómodos”), por la docilidad de sus habitantes y porque está cambiando, Oppenheimer -dixit, gracias a que unos periodistas, que han venido del norte regiamente equipados, nos han abierto los ojos.

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Fascinante. Very exciting.

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Oppenheimer es un buen periodista. No tan bueno como para exigirse precisión y acuciosidad en su libro sobre México, al que vislumbra en la frontera del caos, o para despojarse de algunos prejuicios, pero sí lo suficientemente bueno para saber que cuando construye toda una historia con meras conjeturas, sospechas, repleta de condicionales y presunciones (“parecería...”, “podría ser...”, “suponen algunas fuentes...” y demás) está haciendo mal periodismo.

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Al igual que los académicos, los periodistas deben tener cuidado de no ordeñar con demasiada frecuencia sus vacas, sobre todo de no ordeñarlas cuando no tienen leche.

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Sea de ello lo que fuere, el fenómeno es interesante. Podría inscribirse, sanamente, en el capítulo especial que los mexicanos debemos tener acerca de “cómo nos ven”, siempre y cuando tomemos las historias que cuentan sobre nosotros mismos con una cierta dosis de escepticismo.

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En todo caso el fenómeno parece confirmar la receta o parábola del -Gordo: no hay como la ordeña de vacas sin dueño aparente, para seguir alimentado la insaciable curiosidad del público (sea el público académico o el menos caprichoso público de los medios de comunicación) y es particularmente exitoso elegir una vaca exótica y casi desconocida para los consumidores.

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Unos amigos míos ordeñaron durante breve tiempo la “vaca guatemalteca” en México (fenómeno similar al de Oppenheimer ordeñando la vaca mexicana para el público estadounidense) y tuvieron cierto éxito. Hoy, uno de ellos escribe, singularmente bien por cierto, extensas historias sobre crímenes y política en México. El otro, menos afortunado, ha emigrado hacia las relaciones públicas.

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Siguiendo estos ejemplos, ya me alisto para hacerme experto instantáneo en la comunidad de habla hispana que habita en la Florida. Con un par de meses puede ser suficiente y esa “vaca” promete...

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El autor es director editorial de noticieros de TV Azteca y colaborador de - El Economista.

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