Los analistas al calabozo

¿A quién le conviene la cruzada contra los analistas de bancos de inversión en Wall Street?
Joaquín Fernández / Nueva York

La banca de inversión estadounidense enfrenta un momento crucial de su historia. El sector no sólo tiene que lidiar con la drástica caída del negocio y los despidos masivos, sino que además es investigado con lupa por la labor que protagonizaron sus analistas durante el boom de los años 90, ahora considerados los malos de la película por ser los supuestos responsables de la hecatombe financiera de muchos inversionistas, sobre todo los particulares.

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La cruzada que se lleva a cabo ahora es como una historieta cuyos capítulos se publican todos los días en The Wall Street Journal. Y, como todo folletón que se respete, el verdadero motor de la historia no es la justicia ni el amor, sino la búsqueda de poder.

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La fama y la influencia que tuvieron fue seguramente una motivación muy seductora para los Henry Blodget (ex analista de Merrill Lynch), Mary Meeker (Morgan Stanley), Jack Grubman (Salomon Smith & Barney) o Abby Cohen (Goldman Sachs), los todopoderosos analistas estrella de las grandes firmas de inversión durante la era de internet. En la fiebre bursátil de la pasada década, predijeron variaciones descomunales de las cotizaciones, profecías que se cumplían por su misma existencia y guiadas en muchos casos con el fin de favorecer los intereses de aquellas empresas con las que hacían negocio los bancos para los que trabajaban. Esta peculiar manera de saltarse los conflictos de interés ya era bastante común en el sector, pero los gestores de fondos siempre la habían tenido en cuenta a la hora de seguir las recomendaciones. Durante los 90 el peso de las previsiones de los analistas adquirieron proporciones nunca antes vistas, debido a la ingente masa de pequeños inversionistas, ingenuamente guiados por los supuestos gurúes.

En el mundo de las recomendaciones, los profesionales del mundo financiero sabían que, muchas veces, cuando un analista clasificaba las acciones de una compañía en la categoría de “mantener”, en realidad estaba aconsejando “vender”, un recurso para no enemistarse con la compañía a la que estaba calificando, porque seguramente tenía negocios pendientes con su banco. Pero claro, eso no llega a oídos del inversionista menor.

Al final, cuando todo reventó, mientras los particulares vieron evaporarse todas sus apuestas –y en muchos casos, sus ahorros–, Henry Blodget, el afamado analista de Merrill Lynch, salió de la firma en noviembre de 2001 con 35 años de edad y un jugoso cheque de despedida de $5 millones de dólares, cantidad que se acumula a los más de $10 millones que había percibido en sueldos durante los dos años anteriores.

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Comienza la investigación
Salen los analistas... y entran los sabuesos. A Eliot Spitzer, procurador general del estado de Nueva York, también le encanta el poder, en su caso político. A mediados de 2001 su oficina, hasta entonces orientada a perseguir asuntos menos glamourosos de protección al consumidor, inició una investigación para demostrar que los corredores habían sobrevaluado en forma consciente las cotizaciones de corporativos para generar altas comisiones a sus empleadores en perjuicio de los intereses de los pequeños inversionistas.

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Primero dirigió sus batallones contra Merrill Lynch, la mayor casa de corretaje del mundo, dirigida por Stan O’Neal. “Se buscó al más grande para dar el ejemplo, pero todas las organizaciones hacen lo mismo”, dicen en la casa consultora. Cuando se habla de este asunto, por estar todavía sujeto a investigación y sin desenlace claro, ninguno de los analistas consultados y los bancos para los que trabajan en Nueva York quieren hablar abiertamente del tema –entre ellos ejecutivos de Goldman Sachs, Merrill Lynch y Deutsche Bank–, y sólo acceden a hacer comentarios bajo condición de anonimato.

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Justo cuando parecía que no iba a encontrar nada significativo que echarse al diente, en marzo pasado Spitzer dio con unos correos electrónicos de Merrill Lynch “borrados”, en los que los analistas hacían comentarios internos acerca de sus predicciones. Las misivas revelaron que éstos –incluido el ya mencionado Blodget– se referían a ciertas empresas como “basura” o “trozos de mierda” y reconocían albergar dudas acerca de la solidez de los títulos que estaban recomendado comprar.

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Tras defender la integridad de sus analistas y argumentar que los correos fueron sacados de su contexto, el banco de inversión llegó finalmente a un acuerdo extrajudicial con la oficina de Spitzer en el que se comprometió a pagar $100 millones de dólares a cambio de no estar sujeto a más cargos y no admitir culpabilidad.

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Las demás agrupaciones se precipitaron a decir que lo que le había pasado a Merrill no les iba a suceder a ellas. Luego llegaría la investigación en Salomon Smith & Barney, la filial de banca de inversión de Citigroup, que revelaría asuntos similares: Jack Grubman, el analista estrella de telecomunicaciones de la correduría, terminó por admitir ante el Congreso que él asistía a reuniones de la entidad con WorldCom para ayudar al banco a hacer negocios con el ahora maltrecho conglomerado de telecomunicaciones. Dos semanas antes de que éste se declarara en bancarrota, el analista seguía recomendando la compra de sus títulos.

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Hace unas semanas, cinco de las  principales instituciones –Goldman Sachs, Morgan Stanley, Salomon, US Bancorp y Deutsche Bank–, acordaron pagar multas por más de $8 millones de dólares por no haber conservado los correos enviados por su personal que estaba solicitando Spitzer.

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Para evitar que sigan saliendo más trapos sucios, las instituciones se mostraron de acuerdo en cambiar sus prácticas de análisis y también sus actividades con el fin de ayudar a las corporaciones a salir a Bolsa, otro rubro que les deja generosas comisiones y no siempre es transparente para el inversionista. Pero el renovado código de ética que había promulgado este año el sector no fue considerado suficiente.

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Las nuevas reglas
Justo cuando estaba en duda la autoridad de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés), el órgano encargado de regular y castigar si fuera necesario a los bancos de inversión, Spitzer supo aprovechar el momento político para saltar a la palestra y convertirse en el policía de Wall Street. El organismo, presidido por el ahora defenestrado Harvey Pitt, prefería reforzar las normas existentes, pero se tuvo que subir al carro del procurador y pugnar por un cambio de fondo. El directivo se vio obligado a renunciar el pasado 5 de noviembre.

La negociación entre Spitzer y las firmas de inversión para llegar a un arreglo global no se zanjará sólo mediante un mero acuerdo monetario que compense a los maltrechos y supuestamente engañados inversionistas, sino que resultará en un nuevo esquema regulador. La cuestión es que aún no se sabe muy bien qué opción prevalecerá y muchos vaticinan que aún faltan meses antes de llegar a una decisión definitiva.

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La primera alternativa que se barajó fue exigir la escisión de los departamentos de análisis y constituirlos en empresas separadas, con el fin de que no estén sujetos de forma directa a los intereses de los bancos para los que trabajan. Pero ese esquema tiene un gran problema: hoy día el análisis no se cobra y, por lo tanto, nadie sabría cómo rentabilizar esas empresas. Así, se generarían muchos menos informes de los que ahora se producen, sin ninguna garantía de mejor calidad.

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“Pero las entidades necesitamos a los analistas”, comenta un ejecutivo de un connotado banco de inversión, quien cree que una escisión de los departamentos de análisis no generará ni mayor confianza, ni mejores estudios. Esta opinión es compartida por la mayor parte del sector y muchos descartan tal opción por considerarla inviable; los clientes deberían pagar por las recomendaciones y, además, “nadie conoce el valor real que se puede otorgar a un departamento de análisis”.

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Sin embargo, Citigroup sí cree en esta alternativa: tras ser la más reciente víctima de la cruzada de Spitzer, el mayor grupo financiero del mundo quiso dar el ejemplo y anunció por su cuenta que separaría su departamento de análisis de Salomon, y para dirigirlo fichó a Sallie Krawcheck, ex directora general de Sanford C. Bernstein & Co. y considerada una de las profesionales más íntegras e intachables del mundo financiero. De esta forma Sanford Weill, el director general del gigante bancario, busca congraciarse con las autoridades, pero se ha enemistado con todos sus competidores por elegir una medida que muchos consideran inviable por ruinosa.

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Las propuestas incómodas
El pasado 8 de octubre, Philip K. Ryan, director financiero en Credit Suisse Group, la filial del banco de inversión Credit Suisse First Boston, fue el primer ejecutivo en plantear algo que nadie más quería mencionar en el sector: no la escisión, sino la completa desaparición de los departamentos de análisis. “La investigación de compañías es excepcionalmente cara y no tiene un modelo de negocio en sí mismo”, dijo durante una conferencia bancaria en Londres.

Pero eliminar el rubro de los grandes bancos podría resultar contraproducente para los pequeños inversionistas, precisamente aquellos a los que se busca proteger, ya que sólo podrían acudir en busca de consejo a firmas independientes que, aún con menos competencia, encarecerían los ya de por sí exorbitantes precios de sus investigaciones. También obligaría a los inversionistas institucionales a contratar sus propios analistas, lo que a su vez encarecería la gestión de fondos. Además, Credit Suisse First Boston, por ejemplo, cubre de forma regular 2,200 emisoras distintas, y eso es imposible para una pequeña firma independiente, por lo que muchas compañías cotizantes dejarían de recibir seguimiento de su desempeño y perderían bursatilidad.

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Si no es la escisión ni la desaparición, ¿qué queda? El 29 de octubre, el procurador y la SEC presentaron a los bancos un plan radical, el mayor cambio regulatorio jamás ocurrido en Wall Street desde 1975, año en que se desregularon las comisiones de correduría. La propuesta pedía a las entidades que crearan y financiaran un panel independiente de analistas cuyas recomendaciones estarían totalmente desligadas de los informes que seguirían sacando los propios analistas de cada institución, los cuales serían considerados más como “publicidad”.

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El plan –que se fraguó gracias a la intervención del presidente de la Bolsa de Valores de Nueva York, Richard Grasso– no termina de contentar a nadie. Primero, porque no hay quien se ponga de acuerdo en cómo dividir los enormes costos que implica sufragar el grupo autónomo.
El precio del arreglo entre Spitzer y los bancos de inversión bien podría superar $2,000 millones de dólares para las entidades. De ellos, un tercio iría como compensación a los inversionistas agraviados, mientras que el panel de analistas independientes costaría $1,000 millones en cinco años y sería financiado con la aportación de $50 a $100 millones de dólares por cada organización. ¿Pero quién pone una u otra cantidad?

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¿Qué tan efectiva sería esta comisión imparcial de investigadores intachables? Son muchos los que dudan de sus resultados, ya que al final los analistas “independientes” seguirían cobrando de sus bancos primigenios. En todo caso, intentaría eliminar los conflictos de interés, pero eso es supuestamente lo que ahora los bancos, con la imposición de nuevas reglas, dicen que están haciendo.

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La cruzada contra las compañías de inversión ya dio frutos. En las elecciones del pasado 5 noviembre, Spitzer fue reelegido para el cargo con una mayoría abrumadora de 67% de los votos. La caza de brujas en los bancos lo ha vuelto popular.

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¿Pero qué hay de los pequeños inversionistas, los que tienen que salir ganando de toda esta batalla? Por ahora, no mucha novedad. Si acaso, toda esta batalla lo único que está favoreciendo es aún más incertidumbre en el sistema, lo que contribuye a que se siga posponiendo la recuperación del mercado.

Al final, a decir de los integrantes del sector, el sistema no es tan malo tal como estaba planteado, siempre y cuando se cumplan las normas. “Hubo excesos, pero como en cualquier otro sector –comenta un ejecutivo–. Es difícil que se vuelvan a repetir.”
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