Los caprichos económicos de México

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Roberto Salinas León

En 1998, varios analistas financieros caracterizaron la eventual devaluación del real en Brasil como fuente de “apocalipsis económico” en la región. El temor llegó después del colapso del régimen cambiario brasileño. En México, las principales variables sufrieron fuertes descalabros y el horizonte para 1999 se complicó.

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El pesimismo resultó un espejismo. El choque por la devaluación del real se convirtió en motivo de optimismo. Es el fenómeno de la “desvinculación”: al flotar el real, la paridad mexicana dejó de ser el principal amortiguador de los movimientos financieros de la región. En vez de contagio, surgió la discriminación entre economías con malos fundamentos (como Brasil) y economías con argumentos más sólidos (Argentina, México, Chile). El efecto “samba” resultó una bendición, y no causa de catástrofe.

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Las cosas pintan bien: las tasas de interés han bajado, el peso se ha estabilizado y la inflación muestra un rumbo hacia abajo. El flujo de capital extranjero está premiando las bases macro, la disciplina fiscal, la relativa restricción monetaria y el compromiso con la continuidad. Es la versión “bonita” del optimismo. En realidad, las mejores expectativas obedecen más a factores externos: boom económico estadounidense, alza de petro-precios y menor riesgo financiero internacional.

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Se abrió una oportunidad para fincar el optimismo en causas estructurales, en iniciativas como la desregulación de la electricidad, las reformas laboral, fiscal, financiera, la aprobación de autonomía cambiaria y demás. La marea alta debe ser motivo para acelerar los cambios pendientes en la agenda de reforma y no para la complacencia. La coyuntura puede cambiar, al igual que en el transcurso del sexenio. La burbuja accionaria al norte de la frontera puede reventar, el “ciclo político” puede complicar las expectativas, y los temores históricos de un Y2K cambiario en el último año del sexenio pueden causar un giro brusco en la economía.

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La pregunta obligada es: ¿es realista el optimismo? La respuesta, muy mexicana, es “sí, pero no”. El gran problema de nuestra economía es la falta de predecibilidad, que se origina en las debilidades institucionales. Las tasas de interés han bajado, la paridad se ha apreciado, pero no existen garantías de que esta tendencia será duradera. El daño no es tanto si se revierten las tendencias, sino que estas tendencias son cortoplacistas, víctimas de abruptas variaciones.

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Esta falta de predecibilidad es reflejo de que las expectativas son caprichosas, que la marea financiera depende más del momento y menos de las bases estructurales. Ello destruye el cálculo económico a largo plazo. No sorprende que los actores económicos reclamen una serie de cambios radicales, como dolarización, controles de capital u otras “varitas mágicas”. La lección del auge que atravesamos es que no hay sustituto para la reforma fundamental que exige la economía mexicana –ni un cambio de tipo, o un tipo de cambio, ni mucho menos una coyuntura favorable en las mareas financieras–.

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