Los chambadictos

Hoy, es casi imposible armonizar el trabajo con la vida familiar.
Max Clip

Una de las quejas más frecuentes que escucho entre quienes sucumben en los pantanosos terrenos corporativos es que su trabajo les deja muy poco tiempo para sus familias o parejas. En realidad, no sé de qué se quejan: ya el vivir en esta ciudad y trasladarse por ella para, por ejemplo, ir a comprar un paquete de cigarrillos, deja muy poco tiempo que dedicar a cualquier otra cosa, incluyendo el trabajo.

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Sin embargo, creo que hasta cierto punto tienen razón y me consta que a veces es imposible armonizar las responsabilidades de un alto puesto ejecutivo con la abigarrada vida familiar. ¿La comida de cumpleaños de tu mamá? Lo siento, pero unos clientes nos cayeron de sorpresa y hay que llevarlos a las pirámides. ¿El partido de futbol de Juanito? No puedo, me enjaretaron un juego de golf con los nuevos socios japoneses. ¿La pastorela en la que Susanita sale de ángel? Imposible, la semana que viene hay una nueva colocación de acciones y en el Consejo de Administración necesitan los estados financieros actualizados, pero sácale un video con la cámara. ¿Nuestra cena de aniversario? Me vas a matar, pero nos enteramos que mañana la competencia lanza una nueva campaña de anuncios y tenemos junta con la agencia para analizar la situación, ¿te importa mucho si lo cambiamos de día?

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No, no son excusas ficticias ni mucho menos: son argumentos reales que les he escuchado a compañeros reales. Y francamente, es muy triste sentir que del "otro lado" no existe la misma comprensión, que con irresponsable ligereza se nos tacha de workaholics –¿o cómo llamarlos ¿trabajólicos?, ¿chambadictos?–, pues los reclamos y las acusaciones, lanzados con la única intención de lastimar y hasta humillar al esforzado empleado, pueden provocar un efecto contrario. Esto es, que ante la incomprensión familiar los ejecutivos, ahora sí, terminen refugiándose en el trabajo. Me consta que muchos de mis colegas no son (o no eran) adictos al trabajo; el trabajo es adicto a ellos.

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Las paradojas no terminan ahí. Una regla no escrita establece que el perfil ideal de un alto empleado incluye tener una relación estable o, mejor aún, estar casado, tener responsabilidades, etcétera. Pero ¿cómo se puede mantener algún tipo de vínculo permanente cuando muchos ni siquiera tienen tiempo para encontrar una pareja?

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Existen, claro, excepciones a la regla, como la que voy a describir, aunque no estoy seguro que sea un ejemplo a seguir. El señor A-1 –por respeto a la intimidad evitaré dar los nombres de los protagonistas– ocupa un cargo directivo en cierta conocida empresa y era, hasta hace relativamente poco, un resignado soltero a pesar de haber cumplido sus felices 40 años. Cuando sus amigos, preocupados por la cantidad de tiempo que gastaba en su oficina, le preguntaban si alguna vez consideraría contraer matrimonio, con cierto cinismo A-1 respondía que ya estaba casado con su compañía.

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Pero a todo santo le llega su fiesta, y en una cena de beneficencia A-1 conoció a A-2 –igual que él, ella ocupa un empleo eminente; como él, se educó en el extranjero; y como él, alegaba que no tenía sentido desposarse cuando su vida le pertenecía a los dueños de la firma en que trabaja– y el flechazo fue instantáneo. Como si se tratara de una fusión corporativa, un día reunieron a sus amigos cercanos y nos dieron la noticia no de que se iban a casar, sino de que ya se habían casado. Creo que lo único que les faltó fue enviar un boletín de prensa o imprimir un folleto.

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Sin embargo, la unión de A-1 y A-2 fue desde el principio un caso aparte. Menos ingenuos y con mucha cabeza fría, decidieron que a ambos convenía mantener sus respectivas casas –las oficinas de cada uno están en extremos opuestos de la ciudad– y que su vida en común debía reducirse a convivir (cuando fuera posible) los fines de semana, alternando la sede: uno en casa de A-2, el siguiente en el departamento de A-1. Matrimonio a distancia, le dicen.

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Vino, entonces, la pregunta obvia: ¿para qué se casaron? La respuesta nos ha dejado pasmados: sólo querían formalizar su unión y tener el resguardo de un contrato. Yo no sé qué piensen ustedes, pero ahora sé que un día, cuando decidan tener hijos, los van a "descargar" de internet.

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