Los delirios

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Ricardo Medina Macías

Se dice que un delirio es un trastorno psíquico en el que se sufren alucinaciones. Tal vez deliro, pero me parece que estamos rodeados de personas que deliran.

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Así me lo hizo notar hace unos días el Gordo Basurto, al describirme a una serie de personajes, públicos y privados, de quienes cotidianamente tenemos noticia.

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Para empezar, el Gordo me habla de don Rigoberto de la Mora, un muy adinerado hombre de negocios (de esos que aparecen en las listas de los hombres más ricos) presidente del consejo de administración de un banco y de varias empresas.

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–En realidad –me dice el Gordo–, Rigoberto es un buen tipo. Me atrevería a decir que la única diferencia entre nosotros son un par de miles de millones de dólares y eso es justamente lo que hace a Rigoberto tan antipático.

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Se podría pensar que el comentario del Gordo está dictado por la envidia, pero es justamente lo contrario. Los millones de don Rigoberto lo atormentan de varias formas y configuran el peculiar delirio del adinerado.

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Este delirio consiste en el convencimiento (verdadera alucinación) de que el dinero lo puede todo y de que hay que mostrar que el dinero se tiene no por suerte o azar, sino porque uno es genial y extraordinariamente laborioso.

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Estas alucinaciones, como es natural, convierten a don Rigoberto en un hombre insoportable para quienes lo rodean.

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Como cree que el dinero lo puede todo, don Rigoberto suele exigir a sus subordinados cosas imposibles. Parece pensar cosas como la siguiente: “Yo no me gasté $1,827.3 millones de dólares en la compra de este banco para que ahora me digan que no puedo tener un sistema infalible de asignación de créditos”. Como sus subordinados y consejeros no quieren perder sus muy bien remunerados trabajos, nadie se atreve a decirle a don Rigoberto que ni con todo el dinero del mundo se puede comprar la infalibilidad. A la postre, la frustración es permanente porque el dinero no compra la perfección absoluta.

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En su otra faceta, el delirio del adinerado consiste en la persuasión de que su dinero es algo así como una medalla olímpica, prueba de que él hace su mejor esfuerzo y posee una inteligencia privilegiada. Esto hace que don Rigoberto, o don Carlos o don Zutano, en lugar de disfrutar su dinero, lo sufra y se esfuerce en demostrar que trabaja como el que más... El resultado es que vive al borde del infarto, con una úlcera gástrica nada envidiable y que sus empleados y consejeros también pretendan estar siempre agobiados por múltiples trabajos...

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Hay muchos otros tipos de delirios. Tenemos, por ejemplo, el delirio del burócrata incomprendido. Una amiga de Clotilde, llamada Leopoldina, lo padece en grado extremo.

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Leopoldina, que desde su infausto nombre parecía destinada por sus padres al sufrimiento, está convencida de que desprecian su trabajo, que consiste en hacer con perfección inútiles informes de actividades para sus jefes. Como los informes son perfectamente inútiles, son también perfectamente despreciables. Pero esto último Leopoldina, una mujer con tres maestrías y que habla con soltura cuatro idiomas, es incapaz de percibirlo. Leopoldina resulta insufrible para sus subordinados e incluso para sus jefes. A los primeros les exige cosas absurdas y les reprocha, secretamente, ser simpáticos y despreocupadamente felices y a los segundos los culpa por el estancamiento de su prometedora carrera.

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En el terreno de la política, me hace notar el Gordo, hay ejemplos encantadores de otro tipo de delirios. Tal es el caso de la megalomanía de Manolito (el nombre es ficticio para no herir susceptibilidades) quien cree que el universo gira en torno a él y que descifra señales ominosas o venturosas específicamente dirigidas a su excelente persona en cualquier acontecimiento, ya sea que se trata de una acumulación de nubes o de una reforma electoral.

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Su contraparte perfecta, que en cierta forma alimenta los delirios de Manolito, son los delirios de Emiliano, quien cree que Manolito representa un extraordinario peligro para el país y su estabilidad. De esta forma, Emiliano parece dedicar sus mejores esfuerzos a combatir a Manolito, y sin darse cuenta descuida otras tareas más importantes.

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Alucinados, estos hombres y mujeres construyen una realidad de ficción en la que quieren hacer vivir a sus contemporáneos.

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¿Podría el excelente psiquiatra que es el Chango Sarabia curar a estos pobres hombres y mujeres de tantos delirios?

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El autor es director editorial de noticiarios de TV Azteca y colaborador de El Economista.

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