Los dilemas de la transición

México experimenta las transformaciones más importantes de su historia reciente. ¿Hacia dónde de

Detrás de los shows de los precandidatos (de todos los colores y sabores) en busca del rating de popularidad, se esconde una realidad digna del más profundo análisis: en el umbral del siguiente milenio, México vive la transición de mayor importancia de la historia moderna. Se dice fácil, pero esto implica redefinir nuestro futuro.

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¿Qué país queremos? Esa es la pregunta clave. Evidentemente, hay tantas respuestas como mexicanos, pero interpretamos que nadie, defienda la bandera que sea, estará en desacuerdo con que debemos construir un país que permita a su sociedad participar del banquete de la riqueza, es decir, sembrar una a una las condiciones óptimas para cosechar prosperidad. No es admisible ya que se defina a México como un país pobre. No lo es. Más bien, ha sido subadministrado, o mal administrado.

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Una nación con una geografía tan privilegiada, con tal presencia de recursos naturales y con un sinfín de ventajas competitivas no puede cruzar la puerta del siglo XXI con tantas carencias. Es inadmisible. Pero no podemos pretender un nivel de bienestar mínimamente decoroso sin consensar un gran acuerdo nacional que incluya en su agenda, de entrada, la voluntad política para resolver de manera eficaz los conflictos, mejora inmediata de los programas de educación, planes ambiciosos de desarrollo de las cadenas productivas para la creación de plazas de trabajo bien remuneradas, reactivación del crédito a tasas competitivas, reforma fiscal integral que estimule el nacimiento, la reproducción y el crecimiento de empresas, más y mejor infraestructura, competencia económica y seguridad para todos los ciudadanos de este país.

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Quienes pretendan gobernar México deben tener claro que la sociedad entera reclama oportunidades. Si la historia se ha encargado de desterrar las tentaciones paternalistas y populistas, queda abierta entonces la vía de la economía de libre mercado, pero que en un país con las desigualdades de este, debe llevar consigo un alto contenido social. Hemos ido, al parecer, de un extremo a otro sin lograr resolver los problemas más apremiantes que afectan a la nación. Debemos insistir en el desarrollo de un modelo que considere estas características, que responda con mayor prontitud a las demandas legítimas de todos sus habitantes.

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Basta de mitos y de justificaciones que sólo empañan la instrumentación de programas eficaces y de largo plazo. México, insistimos, no es un país pobre. Sin embargo, llega a la era de la globalización y el boom de las tecnologías de información con la mitad de su población sumergida en la pobreza. Sólo nos resta exigir imaginación al poder (o darle poder a la imaginación, que es lo mismo) para transitar con el acelerador a fondo por el sendero del desarrollo inclusivo y sostenido. No hay vuelta de hoja.

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