Los ecos de Mathias Goeritz

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Mauro Barona

Una de las exposiciones más completas que haya montado el Antiguo Colegio de San Ildefonso –más de 370 obras– es la que recupera de pies a cabeza a un artista insólito que sacudió al arte contemporáneo mexicano de un contagioso sopor. Su “creación –como apunta el cartel– dejó huella imborrable en las vanguardias estéticas del siglo XX”.

- De manos enormes –medía 1.93 metros–, Mathias Goeritz redimensionó la estatura del concepto del arte, como podrá constatarse en la muestra. Sus maquetas son semillas de construcciones que se medían por muchos metros cuadrados.

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- Goeritz llegó a México en 1949, luego de dejar en reposo su obra pictórica en Alemania, y de inmediato halló aquí un campo propicio para desarrollar borbotones de ideas. Cobró fama con las Torres de Satélite, que llevó a cabo al lado del arquitecto Luis Barragán, de quien fue amigo –aunque todavía persistan las disputas entre intelectuales por asignar la paternidad de ese proyecto–; con El Eco, en la Colonia San Rafael, para albergar un centro cultural que acabó convirtiéndose en un muladar, y el Centro Comunitario Alejandro y Lilly Saltiel, en Jerusalem, que aún deja boquiabiertos a escultores y arquitectos.

- El artista que dio nuevo sentido a la escultura urbana monumental, afirmó que “...el arte es una creación viva aunque sus creadores hayan muerto hace miles de años; la obra de arte se reconoce precisamente por su vida propia”.

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