Los ejecutivos también lloran

Depresión, alcohol y alta dirección ... ¿elementos para una nueva epidemia?
Héctor Zagal

La depresión será en el año 2020 la segunda causa de discapacidad en Occidente, según Juan José López Ibor, siquiatra ibérico. En España, la depresión afecta a cuatro millones de personas; así lo afirma el gabinete de estudios sociosanitarios Bernard Krief, cuyo objetivo es procurar el diagnóstico precoz de esta patología.

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Sin embargo, la actitud de los directivos de empresas ante la depresión es ambigua. Oficialmente, suele trivializarse. La depresión es considerada como un “invento” de sicólogos, pretexto para no producir resultados, excusa para disminuir el ritmo de trabajo. El resultado: muchos talentos ejecutivos se quiebran.

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La alta dirección reconoce, de modo informal, la importancia del padecimiento. Miles de empresarios y ejecutivos la sufren: insomnio, agotamiento, hipersensibilidad y lo “resuelven” a su manera: alcohol, explosiones de carácter, jubilaciones prematuras. El desconocimiento de las causas, naturaleza y síntomas de la depresión es un problema evadido en varias organizaciones. Ni todo cansancio es depresión ni todo desánimo es falta de carácter.

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La depresión somatizada suele tener un mal diagnóstico. En ocasiones se esconde tras un dolor de espalda, de cabeza, molestias gastrointestinales, resfriados frecuentes, incluso dermatitis. Los pacientes con tales signos son sometidos a múltiples pruebas diagnósticas en busca de un origen puramente físico, cuando en realidad es algo más complejo.

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La depresión es un asunto que concierne al director de recursos humanos, a los CEO’S y a los consejeros de dirección. Esta anomalía produce estragos en las organizaciones. ¡Bajas sicológicas en las filas!

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El concepto sobre la depresión ha variado en los últimos años. Afortunadamente, los prejuicios contra la atención siquiátrica disminuyen. Sin embargo, muchos pacientes se niegan a reconocer su mal, pues consideran que serán catalogados como “locos” y truncado su desarrollo en la empresa.

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Otros, se autoculpan: piensan que es falta de personalidad, de reciedumbre. También los hipocondríacos y, para colmo, cientos de seguros médicos no cubren esta clase de enfermedad que, paradójicamente, en no pocas ocasiones puede considerarse como “enfermedad laboral”. El paso requerido es informar y concienciar a los altos ejecutivos del tema, sus repercusiones en la organización y los medios para disminuir la incidencia.

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Síntomas
Como todo padecimiento, la depresión también admite grados. La depresión mayor puede incluir el sentimiento de inutilidad, desesperación, disminución del apetito y del peso o aumento anormal, detrimento de la objetividad, resfriados frecuentes, colitis, diarrea o estreñimiento, insomnio o dormir demasiado, falta de interés en actividades antes agradables, opresión precordial, taquicardia, irritabilidad, ansiedad, uso excesivo del alcohol, lágrimas fáciles, resentimiento, carencia de concentración, indecisión, fatiga, pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio, disminución de fe, ruptura social.

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La depresión mayor es un trastorno del estado de ánimo con sentimientos severos y prolongados de tristeza. Un indicador tangible es la reducción acelerada de la eficiencia laboral. Sin embargo, a veces la depresión puede devenir de un activismo patológico. El cuadro es complejo. Un workoholic está deprimido; la ansiedad se canaliza trabajando sin medida.

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Tropiezos, fracasos y trastornos
Después de la muerte de un ser querido o un cambio social (por ejemplo el matrimonio de los hijos) el ánimo se “deprime”. Es una reacción normal y sana. No es motivo de vergüenza: los ejecutivos también lloran.

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Lamentar la muerte del cónyuge es casi un deber habría que sospechar de quien se alegra cuando muere su pareja. La depresión no es tampoco el “sentimiento de fracaso” por haber sido despedido o no haber alcanzado determinados resultados. Aunque, efectivamente, se trate de fallas.

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Un profesional maduro los reconoce, puede sentirse triste y pone los medios para superar la baja de ánimo y el tropiezo. El trastorno comienza cuando dicho estado síquico no es remontado y se prolonga indefinidamente, con una tendencia a incrementarse.

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Es importante advertir que los síntomas suelen ser contradictorios (insomnio o somnolencia). El diagnóstico no corresponde al interesado, al jefe inmediato, ni a recursos humanos, sino al médico especialista. Ciertamente, nuestra civilización del confort –vivir bien sin el menor esfuerzo– hace que “la depresión” se convierta en un fantasma que vaga en las organizaciones.

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Es tentador invocar una “pseudo depresión” para eximirse de responsabilidades: el estudio entre los adolescentes; las obligaciones familiares en casa o la constancia en el despacho. La fortaleza está de moda en los gimnasios y las personas estamos escasos de carácter sólido en la empresa, la universidad y la familia.

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La dirección “firme” se confunde con terquedad y grosería. Sea como fuere, “no pueden pagar justos por pecadores”. Es un deber moral y una estrategia indispensable de los directivos detectar y encausar los casos de depresión. Aristóteles se preguntaba, tres siglos antes de Cristo, por qué los grandes políticos, científicos y artistas eran proclives a la “melancolía”. Con mal entendida exigencia, el director puede consumir torpemente a sus mejores talentos.

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Causas de la depresión
Entre los factores sicológicos que pueden desatar la depresión se encuentra una pérdida grande (fallecimientos, despido), dependencias inmaduras, relaciones interpersonales conflictivas, alto nivel de estrés.

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Los antiguos lo decían: un arco funciona tensionando la cuerda. De ahí proviene su eficacia para lanzar flechas. Sin embargo, si la cuerda está permanentemente tensa, se rompe o se distiende. El nivel de estrés de una organización debe ser nivelado por la dirección general. Una empresa no puede vivir en estado de emergencia continuo. El síndrome de Titanic –naufragio inminente– no es un estilo de gobierno permanente, sino emergente.

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Alcoholismo, empresa y depresión
Se calcula que 70% de la población mundial consume alcohol y que 20% es adicta. Alrededor de 20% del ausentismo laboral está relacionado con el alcoholismo y lo mismo sucede con uno de cada tres accidentes en el trabajo.

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Sus consecuencias en la alta dirección son profundas, aunque poco tangibles: reducción de reflejos y capacidad intelectual, aumento del riesgo en la toma de decisiones, falta de motivación, deterioro de las relaciones con subordinados y, en última instancia, pérdida de la objetividad y del dominio de sí mismo.

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Los CEO'S son un grupo de alto riesgo de alcoholismo. Por un lado, tienen pretextos: las tareas de representación, las negociaciones. Por otro, están sujetos a un estrés permanente. El consumo de alcohol parece atenuar esas tensiones. Para colmo, en Latinoamérica, ingerir ciertas bebidas como el whisky es símbolo de status. El alcoholismo no es exclusivo de mandos intermedios y obreros.

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Confluyen dos peligros en el estilo de vida de los ejecutivos. El riesgo de la depresión y la tentación de “curar” sus síntomas con alcohol. El resultado es desastroso. De tan ordinario, sólo se detecta en el largo plazo. Cuídese.

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