Los empresarios están gordos

Siete de cada 10 ejecutivos mexicanos tienen sobrepeso. Los excesos de comida no sólo afectan a la
Norma Lezcano

¿Sabes lo que es el food craving? No es una patología. Quienes lo padecen no se pueden considerar enfermos. La psicología laboral, en un intento de descripción ajustada, comenzó a llamar a este nuevo fenómeno del mundo corporativo “síndrome del comedor emocional”.  Estudios realizados en Estados Unidos y Canadá lo identificaron como food craving o compulsión emocional a la comida. Se trata de la distorsión de los hábitos alimenticios que padece un creciente número de altos ejecutivos, los cuales se ven atrapados por el deseo constrictivo de acceder a un determinado tipo de comestibles por efecto de un estado emocional.

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Alertas
Con 44 años, 30 kilos de sobrepeso, varias empresas textiles bajo su dirección y una jornada laboral de no menos de 12 horas, Juan Armando R. llegó a la consulta con la nutrióloga cuando advirtió que sus análisis clínicos mostraban parámetros más deteriorados que los de su padre, de 73 años.

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El ejemplo vale como referencia de una realidad que afecta en México al 70% de la gente que ocupa cargos de dirección general y jefaturas de departamento. El doctor Héctor Bourges Rodríguez, director del departamento de Nutrición del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, afirma que “50% de los 1,100 encuestados en el Distrito Federal por una consultora privada reflejó colesterol alto”. El estudio se realizó el año pasado y demostró también que “10% tiene tensión arterial alta y 5% glucosa elevada”.

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Evidentemente, algo no se está digiriendo bien en la empresa moderna, y esta es una realidad que excede el escenario nacional. Datos de la Confederación Iberoamericana de Directivos Sanitarios (Cidis) indican que la mayoría de los ejecutivos de entre 30 y 35 años tienen problemas cardíacos. “El nivel de combatividad entre los altos empleados ha aumentado. Ahora son más jóvenes quienes ocupan puestos ejecutivos y la competencia entre ellos es mucho más fuerte”, argumenta Juan Rovirosa, presidente de la institución. Un informe del European Institute for Health Care completa la descripción del escenario: “Los más estresados son los mandos intermedios, porque lo que origina mayor estrés es la excesiva rivalidad entre los profesionales de la misma compañía.” Sin duda, un territorio fértil para que prosperen los comportamientos compulsivos, como “adaptaciones inadecuadas frente a la presión, el estrés y el conflicto”, tal como explica el doctor Eduardo Herrasti Aguirre, docente de la Facultad de Psicología de la UNAM.

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El alimento, un refugio
Como una especie de droga inocua, presente en las trincheras de las oficinas, los alimentos se están transformando en un refugio emocional y, a la vez, en enemigos silenciosos de los ejecutivos y empleados. No es la calidad de la comida la que representa el riesgo, sino la relación viciosa que el individuo, preso de una agitación determinada, genera con ella.

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“El alimento actúa como un medicamento que altera a nivel hormonal y neuronal, y por lo tanto los estados de ánimo; y viceversa, por un estado de ánimo se recurre a cierto tipo de alimento”, explica la nutrióloga y psicóloga Guadalupe Díaz Reyna.

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El individuo que padece el food craving no se aproxima a los alimentos en función de la necesidad de nutrición o del placer, sino para “facilitar la disminución de la angustia”, añade.

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El hambre nada tiene que ver en este proceso. Todo comienza cuando por los altos niveles de estrés el individuo genera cortisol, una sustancia que bloquea en el sistema nervioso el punto de saciedad. Así, queda abierta la puerta para un consumo sin límites. Mientras el sujeto se mantiene estancado en la emoción que invalida su capacidad para dar respuestas creativas a la presión, la competencia y el conflicto, no encuentra otra salida que huir hacia determinado tipo de alimento que lo compense emocionalmente. “Esto se define como una conducta ‘en contra de uno mismo y a pesar de uno mismo’. No es el deseo de darse a uno mismo en la torre, sino que hay una fuerza, desde lo emocional y bioquímico,  que impide frenar”, explica la especialista.

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El círculo vicioso
Mientras más se estudia este fenómeno, menos se generaliza. Así, por ejemplo, se advirtió que no todos los comedores emocionales son obesos, aunque tengan riesgo de seguir ese camino. A su vez, a cada estilo de comportamiento que se despliega como respuesta ante el estrés le corresponde un tipo determinado de comida que lo gratifica. El alimento funciona como un parche que oculta las razones de la verdadera problemática. “Genera euforia, excitación, calma o liberación, produce un pico de satisfacción y luego el sujeto vuelve a caer en un valle profundo”, indica Díaz Reyna.

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Este efecto tiene explicación química: “Cuando se ingieren azúcares refinados, harinas blancas o algún alimento que produce una descarga fuerte de azúcar en la sangre, se eleva el nivel de serotonina, que es un neurotransmisor que hace sentir placer –asevera la nutrióloga Yolanda Vélez–. Pero, como el cuerpo no puede tener niveles elevados de azúcar, actúa de inmediato la insulina, transformándola en grasa.” Cuando baja el nivel de azúcar, desciende el estado de ánimo, el individuo se vuelve a sentir triste y reincide.

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Este es el punto en el que el comportamiento del ejecutivo cae en la inmovilidad: espera que cambie el jefe, las condiciones de mercado, la situación económica o las relaciones con el equipo de trabajo. “Asume una posición de víctima, espera que todos los cambios se produzcan afuera. El alimento-refugio hace que nos atasquemos y no advirtamos que es uno quien debe moverse”, señala Díaz Reyna.

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En el proceso de este círculo vicioso la empresa empieza a sumar costos: por falta de creatividad y productividad de su gente; pérdida de oportunidades; gastos médicos para la atención de afecciones físicas derivadas de las distorsiones alimenticias y ausentismo. Un solo dato demuestra la gravedad de la situación: del total de las bajas anuales por enfermedad, 39% tienen como causa la angustia, según cálculos realizados por especialistas en medicina laboral.

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Hay escapatoria
“El plan de alimentación es un proceso, no una circunstancia”, observa Díaz Reyna. Desde esa óptica, salir de la compulsión emocional hacia los alimentos en situaciones de estrés y presión laboral no se logra en un par de días. “Es un entrenamiento continuo que debe llevarnos a identificar la compulsión, reconocer las emociones que la causan, dejar la culpa de lado y hacernos de herramientas para cambiar de hábitos”, sostiene.

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En forma coincidente, el psicólogo Eduardo Herrasti Aguirre, especialista en temas de liderazgo, asegura que la “salud mental es una responsabilidad personal”. Sin embargo, la analiza en íntima vinculación con el compromiso de los liderazgos organizacionales.

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A su juicio, éstos “se han quedado congelados dentro de la empresa en un esquema de teoría de la productividad, [que llevó a promover al interior de los equipos de trabajo] un sistema de competencia en el que no se esgrimen habilidades, sino astucia para bloquear al otro”.

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“Los ejecutivos y empleados están contendiendo entre sí en un campo de batalla. Así surgen como adaptaciones inadecuadas ante la presión, comportamientos –agresión, evasión, depresión, compulsión– que implican actitudes de derrota anticipada”, afirma el experto.

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Según esta matriz de pensamiento, el modo de abrir una oportunidad de cambio para impedir que la compulsión alimenticia emocional siga deteriorando el rendimiento laboral de las organizaciones, es generando líderes capaces de inspirar en sus empleados la autodisciplina, “como método y camino de autoconocimiento”.

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