Los guardianes del reglamento

&#34Gruñones&#34 e &#34intolerantes&#34. Ambas palabras están tatuadas en el alma de los miembros
Javier Martínez Staines

Son los auténticos talibanes de las empresas: intolerantes, conservadores, ortodoxos y gruñones, muy gruñones. Suelen llegar a la sala de reuniones acompañados de una larga lista de quejas sobre los quebrantos a las políticas establecidas.

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Papelito habla. Sin ser abogados, son aún más vigilantes de las leyes que cualquier egresado de derecho. Así, van de un lado a otro despotricando contra todo y contra todos, con las tablas de los mandamientos (mejor conocidas como Reglamento interno de trabajo) bajo el brazo, cual si fuesen la reencarnación de Moisés en versión corporativa.

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Ayatolas de las reglas, los procesos y los procedimientos, los fascistas de la organización tienen un espíritu pavloviano que les incita a predicar incansablemente su filosofía de recompensa-castigo (aunque, dicho sea de paso, disfrutan mucho más la aplicación del segundo). Nada les ocupa más que encontrar las pequeñas grandes incongruencias que cometen los ejecutivos de otras áreas, porque ellos están convencidos de que su departamento se maneja con una impecable precisión científica y se percibe como un arroyuelo cristalino, sin favoritismos, excepciones, omisiones y demás características incómodas del ser humano. De ese modo, se deleitan disfrutando por anticipado del ritual establecido detrás de la palabra “consecuencias”. Hay que ser implacables: los errores nunca se deben perdonar.

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Si se mira de otro modo, estos personajes buscan estructura y reglas porque, en realidad, son profundamente desestructurados y desordenados. Llegan a extremos de exigir (ellos nunca sugieren: siempre ordenan) a su gente que apague sus máquinas lo más temprano posible y se vaya a casa, con tal de no ceder un ápice de terreno a los abusivos del departamento de al lado, que siempre pretenden contaminar a los castos con su ineficiencia.

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Tanta intolerancia se acumula en el cuerpo. Obvio: los talibanes de la disciplina en la compañía son los mejores amigos de las gastritis, úlceras, colitis y hernias. Tanto estrés les causa la ineficacia, la incompetencia y la incongruencia de los demás (reitero: ellos sí son eficaces, competentes y congruentes), que terminan absorbiendo todos los problemas de la corporación, incluso los más remotos.

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Al final, por supuesto, como ocurre con casi todos los predicadores fundamentalistas, acaban siendo víctimas de sus propias reglas. Ahí es donde, de repente, casi por obra de magia, se dan cuenta de que ellos también son seres humanos y de que la firma a la que pertenecen requiere algo un poquito más allá de reglas, procesos y procedimientos.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y se enternece con el estrés que sufren los talibanes corporativos. Comentarios: -jstaines@expansion.com.mx.

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