Los misterios del peso

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Cuauhtémoc Sánchez

El peso se deprecia. ¿Son buenas, o malas noticias? Los exportadores dirían que son excelentes: el valor en dólares de sus productos disminuye y, así, sus bienes tienen mayor oportunidad de ser comprados en el extranjero. El resto del pueblo se preocupa. En las últimas décadas ha visto que las devaluaciones lo empobrecen. Cada peso del salario que recibe vale menos. Siente como si lo robaran. Al perder valor su dinero, el mexicano común se da cuenta de que aquel juguete chino que quería comprarle al hijo ya cuesta más caro. La señora que va a la tienda encuentra más alto el precio de la falda filipina que quería adquirir. Hasta lo hecho en México resulta más costoso. Algunos productores nacionales tuvieron que hacer un gasto adicional por los insumos importados. Gradualmente, los trabajadores presionan a los patrones para que incrementen los salarios. Cuando esto finalmente suceda, los costos laborales subirán, eliminando la ganancia en competitividad que supuestamente se había obtenido con la devaluación.

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Más que evaluar la conveniencia de los ajustes en el tipo de cambio según quién se beneficia y quién se perjudica temporalmente, mientras se ajustan los precios relativos (incluyendo el salario), lo verdaderamente útil es pensar si el valor del peso promueve el bienestar en el largo plazo o sólo lo distorsiona; es decir, si, en el fondo, está subvaluado, o sobrevaluado. Ambas cosas hacen daño al país, son injustas y propician la ineficiencia.

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Una moneda por debajo de su valor real significa regalar el trabajo de los mexicanos, a cambio de unos cuantos billetes verdes. Mientras el país parece un superexportador en las grandes cuentas nacionales, la gente tiene menos frijoles en su plato. Por otra parte, una divisa sobrevaluada saca del mercado a empresas eficientes que luchan en mercados domésticos o internacionales altamente competitivos, donde pequeños márgenes hacen la diferencia entre vender y no vender. Si a éstos se los come un peso artificialmente caro, se desmotiva al buen empresario, se cierran centros de trabajo productivos y se genera desempleo.

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Por ello, más vale que la moneda esté en su nivel verdadero; ni más, ni menos. Si para ello se necesita depreciar, qué bueno. Imagínese que estuviera alta porque el gobierno gasta demasiado y se ve obligado a ofrecer tasas de interés elevadas para hacerse de recursos. Tales réditos atraerían suficientes capitales golondrinos para mantener el peso artificialmente fuerte. ¿No sería maravilloso si hoy estuviera bajando gracias al compromiso de Hacienda de mantener una estricta disciplina fiscal? Ojalá que así sea.

-El autor es especialista en política industrial.

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