Los mundos virtuales de la sociedad tele

La paradoja del siglo de la información es que nunca ha habido más datos ni se han asimilado menos
Jaime Septién*

En el mundo virtual nada tiene consecuencias. Se puede ingresar a una plática de varios usuarios de internet, insultar a los contertulios y hacer mutis sin que a uno le rompan la cara. En el mundo real es otra cosa: el que insulta (aunque sea con la bocina del coche) la paga. Y las modificaciones que se introducen en una situación cualquiera, por iniciativa propia, acaban dando (buenos o malos) resultados, de los que el sujeto se tiene que hacer cargo.

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Muchos se preguntan la razón del éxito que ha obtenido Harry Potter. No es ningún secreto. La autora ha olfateado el leit motiv original de los niños de esta época: la noción de poder hacer que ocurran cosas sin necesidad de participar directamente en ellas; sin comprometer los dientes en una trifulca, por ejemplo. La magia del protagonista de este best-seller es tan sencilla como inoperante en el mundo real: volar en escoba o cambiar mi nariz de sacacorchos por una de Mel Gibson pueden ser sueños de los muchachos de hoy.  La saga potteriana –que parece infinita– les da la oportunidad de cristalizarlos.

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El asunto de fondo, según Giovanni Sartori (Homo videns, Taurus) es que los niños actuales –adultos mañana– rompen la “lógica lineal” de los textos en los que aprendimos durante el último medio milenio, y trabajan, frente a los hechos, como cuando se meten a la web para hacer su tarea: a la hora que les da su regalada gana, sin respetar autor, citas, derechos, principios y finales. “¿En pro de qué? Por lo que se nos cuenta, en pro de una infinita libertad de creatividad.”  Un chico entra a la hora que quiere, modifica como quiere y se sale cuando quiere de un hipertexto colgado en la Red. ¿Es un creador de nuevos productos culturales? La verdad, no: lo único que hace es apropiarse, sin asimilarlo, el trabajo ajeno.

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El fin queda justificado: al día siguiente la tarea está sobre el escritorio del profesor.  Pero esa tarea no pasó en medio del muchacho. Como suele decirse, no se le pegó nada, igual que esos modernos cereales ultrainteligentes, que son tan ligeros que tal que entran, salen del organismo, sin dejar secuelas (o nutrientes) en el que se los comió. No en balde Ignacio Ramonet llama a la televisión, y por extensión a la pantalla de la computadora, “la golosina visual”. Rica para verse, sin actividad del receptor para ingerirse y sin consecuencias (aparentes) al desecharse. Un acto de magia: tengo al mundo en la yema de mis dedos y puedo modificarlo hasta la náusea, con tal de que quiera hacerlo.

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Lamentablemente, la naturaleza opera en sentido contrario. También la ciencia y el lenguaje. Son tercos en hacer persistir las causas y los efectos; obcecados en presentar el principio antes que el fin; recurrentes en que a toda acción corresponde una reacción. Los chicos de la sociedad teledirigida (dirigida a distancia por lenguajes anónimos, “vendedores de humo”, les dice Sartori) corren peligro de considerar que pueden estirar libremente su brazo sin importar las narices del otro.

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*El autor es periodista; director de El Observador y articulista especializado en medios de comunicación.

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