Los negocios por afición

Primero con sus hermanos, después sin ellos, este empresario ha creado un imperio de tiendas depart
Javier Martínez Staines

Si alguien cree que detrás del explosivo crecimiento de las empresas de Olegario Vázquez Raña existen sesudas estrategias y largas sesiones de planeación, vive en el error.

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El propietario de Grupo Ángeles y de Cía. Hermanos Vázquez, entre otros cientos de empresas de nombres más discretos, es –polémicas a un lado– un hombre con olfato. Y con mucha suerte. Donde pone el ojo, pone la bala. Quizá porque toda su vida ha practicado el deporte del tiro (de seis a ocho de la mañana, religiosamente, mide su puntería, al tiempo que aprende a ganar y a perder, “aunque me gusta más ganar”), difícilmente falla cuando detecta una oportunidad de negocio. “No sé, pero debo haber comprado y vendido unas 100 empresas. En todas he tenido éxito.”

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El mejor ejemplo, quizá, es la manera en que compró el Hospital Humana del Pedregal, para convertirlo en el Ángeles. Vázquez Raña acudió una comida, en la que un amigo le preguntó sobre el valor de su avión privado. “Me sentí ofendido y le dije que si quería comprar uno, que hablara a la fábrica.” La respuesta del amigo fue que, por menos de lo que valía el avión, Vázquez Raña podría comprar el Humana y evitar que 1,000 personas perdieran el empleo. “Yo de medicina no sé absolutamente nada; así que, si tanto te interesa, mejor cómpralo tú”, fue lo último que replicó Vázquez Raña, antes de abandonar la reunión.

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Pero apenas abordó su auto, tomó el teléfono y llamó a su médico de cabecera (José Luis Ibarrola, hoy director del Ángeles) para pedirle un cálculo de lo que tenía en equipos el hospital. El doctor ubicó la cifra entre $8 y $10 millones de dólares. Vázquez Raña lo citó a la mañana siguiente en las puertas del Humana. “Había cinco coches en todo el estacionamiento. Vacío. Mandé a uno de los choferes a medir el terreno de lado a lado e hice un cálculo automático del valor del inmueble. Entré a buscar al director y quisieron darme una cita a los 15 días, por lo que me metí a la brava a la oficina y le dije: ‘No te preocupes, no pasa nada, sólo vengo a comprar el hospital’. Incrédulo, discutimos un rato, pero acabó creyéndome y haciendo una cita con el presidente de Humana Corporation en Estados Unidos, donde hicimos la transacción al día siguiente.”

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Ese es el estilo Vázquez Raña. Los negocios por afición.

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Adiós a los abonos (y a los hermanos)
La historia de la creación de Grupo Hermanos Vázquez no dista mucho de los azares conjugados alrededor de Grupo Ángeles.

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Era 1945. El padre del clan fundaba lo que entonces se llamó Almacenes Hermanos Vázquez, una modesta tienda de muebles que se sustentaba en la venta en abonos. “Mis hermanos y yo fuimos los revolucionarios –evoca don Olegario–. Como no nos gustaba salir a cobrar los abonos, allá por 1952 se me ocurrió la idea de vender al contado, lo cual era poco típico para la época. Para que funcionara, nos planteamos vender casi al costo. Y funcionó.”

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Si algo ayudó –y aquí es donde llega el factor suerte, siempre tan cerca de Vázquez Raña– fue la creación de Aurrerá, a fines de esa misma década. Ni tardo ni perezoso, este sabueso de los negocios se transformó en el proveedor oficial de línea blanca y electrónica para la cadena de autoservicios.

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Ahí comenzó el despegue. Aurelio, Sara, Apolinar, Mario, Olegario y Abel Vázquez Raña –los dos primeros, ya fallecidos, nunca participaron del negocio– ingresaron a las grandes ligas del comercio, luego de que el padre les diera la bendición. Se evidenció el pacto filial entre los últimos cuatro. Fue un contrato casi notarial: nadie ajeno al clan podría ingresar a la sociedad, de no ser bajo un permiso especial del resto de los hermanos.

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En 1973, las cosas comenzaron a cambiar. Don Olegario sufrió un secuestro, y ese drama puso sobre la mesa familiar la idea de la flexibilidad: abrirse un poco más a otros negocios. Y fue Mario quien se lo tomó más a pecho. Unos cuantos años después, ya con la Organización Editorial Mexicana bajo el brazo, buscó a los hermanos y dijo: “Señores, el poder no se comparte.” O sea: optó por la prensa y cedió sus acciones en los otros negocios.

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Esa controvertida operación casó, para siempre, el nombre de Luis Echeverría con el de Mario Vázquez Raña.

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-¿Hicieron negocios con el ex presidente Luis Echeverría? –se le pregunta a don Olegario.
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Jamás me ha interesado responder esta pregunta…
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Bueno, siempre hay una primera vez…
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Mire. Se lo voy a poner así: hasta donde yo sé, mi hermano Mario jamás hizo negocios con el licenciado Echeverría. No se lo puedo asegurar, pero conociéndolo, creo que nunca fueron socios.

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Especulaciones a un lado, Mario quemó las naves; al poco tiempo, el padre murió (1980), seguido de la madre (1983) y el pacto filial llegó prácticamente a su fin. Abel se asoció con un inversionista italiano e inició la aventura de K2, por lo que las acciones de Hermanos Vázquez quedaron en manos de Apolinar y Olegario, a razón de 33% para el primero y 66% para el segundo. “A partir de ahí fuimos muy claros: cada quien en sus compañías.”

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Sobre Abel, don Olegario medita un momento y habla: “Él es probablemente el más trabajador de todos, el más dinámico, el más lleno de ideas, pero –y me da pena comentarlo– no es buen administrador: si gana 100, se gasta 1,000. Además, le ha ido mal, porque después de vender su participación en Hermanos Vázquez se metió muy fuerte en lo de Banco Unión y, pues, todo se le vino abajo.”

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¿Apolinar? “Polo es muy conservador, aunque le gusta mucho viajar y la buena vida.”

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¿Mario? “Es una persona muy trabajadora y no gasta ni un quinto. Debe tener una buena fortuna.”

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¿Y Olegario?: “Siempre me he creído el mejor administrador de los cuatro hermanos. Incluso, cuando estuvimos en sociedad, el dinero siempre lo manejé yo. Conozco más o menos el tema de los negocios y, bueno, hoy soy el dueño del 100% de mis empresas, con la excepción de mi sociedad con Apolinar.”

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En 1998, sus empresas sumaron ventas por $4,400 millones de pesos, activos por $6,645 millones y pasivos casi inexistentes, con una planta laboral de más de 35,000 personas.

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Lo que sigue
Como en toda familia que se respete, hay que preparar la transición generacional. Y en eso anda don Olegario: su hijo primogénito y homónimo ya es hoy el director general de Grupo Ángeles.

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“Cuando mi hijo llegó aquí era un joven de 24 años, con la ambición terrible de los negocios –cosa que me encanta–; lo primero que me propuso fue entrar a la bolsa. Yo le respondí: ‘Sí, claro, tengo una bolsa de un lado y otra del otro, y me puedo cambiar el dinero de una a la otra’.”

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Después de la broma decidieron discutir el asunto en serio en Acapulco. La propuesta del padre al hijo fue clara: “Sé que el grupo irá a parar a la bolsa. No soy terco y no me opongo a la evolución. La juventud llega siempre con ideas nuevas y mejores. Pero, para hacerlo, debemos ser un grupo muy sólido, con cero deuda, porque no voy a entrar al mercado bursátil a financiar pasivos, sino porque de esa forma lograremos tener 30 o 40 hospitales más, en vez de cinco o seis.” Conclusión: sí a la bolsa si de ese modo se asegura una expansión rápida.

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Por lo pronto, don Olegario sigue adquiriendo hospitales: después del Ángeles del Pedregal vinieron el Mocel, el Metropolitano, el Hospital de México, además de las unidades del Ángeles en Las Lomas y en Querétaro, construidas por él.

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Queda claro, pues, que su apuesta más fuerte para el siglo XXI está en los hospitales. En tener todos los que pueda.

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“Tengo suerte –subraya–. Pero la suerte acompaña a la gente que trabaja, y yo lo he hecho toda mi vida de 12 a 15 horas diarias. Porque muchas veces no es el dinero el que lo mueve a uno, sino la motivación del trabajo y de la creación de fuentes de empleo.”

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Suerte, disciplina de trabajo y, sobre todo, mucho olfato. Son los negocios por la simple afición a los negocios.

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