Los paraísos perdidos

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Ricardo Medina

La ilusión de que “todo tiempo pasado fue mejor” ha sido persistente en la historia humana. La memoria, diría un clásico, tiende a la apoteosis y recordamos como maravillosos días y años del pasado que no lo fueron tanto; que como los de hoy tuvieron en realidad sombras y luces, claros y oscuros.

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Esta nostalgia es comprensible aun cuando nos brinde informes falsos sobre el pasado. Lo que resulta difícil de aceptar es la falsificación acerca de la historia inmediata, la mitificación de ese pretérito que es apenas ayer y del que aún tenemos clara memoria. Lo que resulta inconcebible es que se nos diga que apenas hace unos años vivíamos en el paraíso.

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Tal es el caso de los “nuevos paraísos perdidos” que se nos ofrecen en los discursos de la prosaica política. Escuchando a los críticos pertinaces de ese fantasma contemporáneo que llaman “neoliberalismo”, uno se sorprende de lo maravilloso que debió ser el pasado inmediato cuando ese monstruo (el -neoliberalismo) no había sentado sus reales: la humana pobreza no existía, la miseria estaba arrinconada como anécdota romántica en los libros de -Víctor Hugo o de Charles Dickens, el mundo y los hombres eran justos y bondadosos, el cielo era más azul, el pasto más verde y conductas tales como la corrupción, la ambición desmedida, la mentira, eran excepcionales.

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Por supuesto, no hay tales paraísos extraviados apenas ayer. Se dice, por ejemplo, que en México los gobiernos “neoliberales” (me imagino que refiriéndose a Miguel de la Madrid y sobre todo a Carlos Salinas de Gortari) endeudaron a este país con el extranjero. Los fríos datos estadísticos muestran lo contrario (en el lapso que va de Luis Echeverría a Ernesto Zedillo, el campeón del endeudamiento fue José López Portillo y el gobierno que menos deuda contrajo en el exterior fue el de Carlos Salinas de Gortari), pero ello no obsta para que la retórica política siga alimentando el mito del paraíso perdido.

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Se añora como idílico el tiempo en el que el PRI lanzaba a la palestra candidatos debidamente -digitalizados por el señor del supremo poder y estos candidatos obtenían triunfos fáciles en las contiendas electorales. Otro falso paraíso perdido.

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Se elogia el tiempo en el que los “empresarios nacionalistas” de México, debidamente pertrechados con la protección gubernamental y a salvo de la odiosa competencia extranjera creaban empleos por doquier, pero se olvida cuidadosamente la servidumbre a la que tales empresarios “nacionalistas” sometían a la población consumidora que tenía que comprar poco, caro y de mala calidad.

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Tal parece que hemos descendido a una especie de infierno en el que las empresas tienen que persuadir al consumidor, a un averno en el que reina la demoniaca “publicidad comparativa”, sea que se trate de servicios telefónicos, de fondos de pensiones, de productos de limpieza o de ofertas de entretenimiento o información. Un paso más y diremos que la libertad es pecaminosa y que el paraíso perdido era aquél en el que se nos ahorraba la molestia de decidir responsablemente quién habría de gobernarnos, qué consumir, qué leer, qué ver y cómo comportarnos.

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Hay un terrible y trágico engaño en todos esos falsos paraísos perdidos. La libertad es un don divino, la libertad asemeja a Dios. Por la libertad somos copias en busca afanosa del original que nos hizo a su imagen y semejanza. Sin libertad no podemos amar ni agradar a Dios. La perversión detrás de estos falsos paraísos perdidos en los que se nos ahorran las molestias de la libertad es que se nos exhorta a bendecir la pérdida de lo más valioso.

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He cometido el peor de los pecados
-Que un hombre pueda cometer. No he sido
-Feliz. Que los glaciares del olvido
-Me arresten y me pierdan, despiadados.
-Mis padres me enfrendraron para el juego
-Hermoso y arriesgado de la vida,
-Para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
-Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
-No fue su joven voluntad. Mi mente
-Se aplicó a las simétricas porfias
-Del arte que entreteje naderías.
-Me legaron valor. No fui valiente.
-No me abandona. Siempre está a mi lado
-La sombra de haber sido un desdichado
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-- Jorge Luis Borges-

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El autor es colaborador de TV Azteca y El Economista

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