Los peros del Pronafide

Si bien el programa pone énfasis en las dificultades para generar el ahorro que requiere el país,
Alejandro Castillo

En la primera quincena de junio se dio a conocer el Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo 1997-2000 (Pronafide), el cual se presentó como un documento que resume los objetivos, estrategias y acciones que deberá seguir la política hacendaria para alcanzar las metas del Plan Nacional de Desarrollo.

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Toda la exposición del Pronafide gira en torno a la necesidad de producir las condiciones más adecuadas para fortalecer el ahorro interno –público y privado–, de modo que éste sea la fuente fundamental para financiar la inversión y que el ahorro externo sólo participe en forma complementaria.

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Aunque el Pronafide pone énfasis en las dificultades para generar el ahorro que requiere el país, en sus líneas básicas coincide con el diagnóstico de los problemas nacionales que se hace en el Plan Nacional de Desarrollo.

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Por ejemplo, el documento apunta que en los últimos 20 años el país no ha contado con el ahorro suficiente para llevar a cabo las inversiones que sustenten su crecimiento. En particular, llama la atención la forma en la que aborda el periodo de 1988 a 1994. El análisis crítico que se hace de aquellos años pareciera llevar implícito un cuestio­na­miento a las políticas aplicadas en la presente administración.

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El Pronafide reconoce que en ese periodo se presentaron condiciones especialmente favorables en cuanto a la captación de ahorro. Entre otras, señala que la renegociación de la deuda externa redujo la carga correspondiente y permitió acudir a los mercados internacionales de capital y captar ahorro del exterior. A su vez, el hecho de pagar menores intereses dio lugar a un mayor ahorro público. La venta de empresas públicas también produjo recursos no recurrentes, mismos que se utilizaron para reducir la deuda pública interna. A eso se agrega que la entrada de capitales foráneos fue la más elevada en la historia de México.

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Sin embargo, reseña el Pronafide, debido a la apertura comercial, la desre­gulación de las operaciones financieras y la creciente sobrevaluación del peso, la mayor parte de esos recursos se destinó a la adquisición de bienes de consumo importados. Incluso, la combinación de esos elementos dio lugar a que la inversión realizada en el sexenio salinista se dirigiera “de manera excesiva” hacia los sectores del comercio y los servicios. En esas circunstancias, en 1994 el ahorro interno apenas representó 15% del Producto Interno Bruto (PIB).

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Todo ello, junto con el alza de las tasas de interés internacionales, llevó a la crisis devaluatoria de diciembre de 1994. Para hacerle frente se aplicó una política que, mediante la contracción del gasto público, el poder adquisitivo y el crédito, corrigió el saldo en cuenta corriente y forzó el ahorro interno, de modo que en sólo dos años éste pasó a representar 20.4% del PIB.

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¿NO SE APRENDEN LAS LECCIONES?
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Como ha ocurrido con otros programas gubernamentales, en el Pronafide se propone que la economía crezca a tasas que permitan generar las plazas laborales suficientes para quienes se integran a la población económicamente activa. Por supuesto, en la base de ese propósito están los objetivos de ahorro e inversión.

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Así, el documento reseñado establece que el ahorro interno, como porcentaje del PIB, deberá crecer de 20.4% en 1996 a 22.2% en el año 2000. Por otra parte, el ahorro externo en relación con el PIB aumentará de 0.5% en 1996 a 3.2% a fines de siglo. Por supuesto, ese porcentaje se compara con un PIB mayor, el cual se espera crezca a una tasa promedio anual cercana a 5% entre 1997 y el año 2000.

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Para lograr ese crecimiento del ahorro, el Pronafide se compromete con algunos objetivos que considera determinantes, tales como la estabilidad macroeconómica, finanzas públicas sanas, tasas de interés reales atractivas y mayor eficiencia del sistema financiero. Sin duda, dichos propósitos son loables, aunque se pretende darles un trato semejante al que se les dio durante el salinismo. Por ejemplo, se vuelve a dar prioridad a la estabilidad de precios, sin aclarar si ésta se basará –como parece ocurrir hasta ahora– en manejos monetarios o en un aumento sostenido de la productividad y eficiencia económica, como debiera ser.

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En lo que se refiere al ahorro público, el programa reitera la necesidad de contar con un sistema tributario neutral, equitativo y competitivo, pero no dice cuándo se va a poner en marcha ese esquema –que, en teoría, deberá contribuir a terminar con la evasión fiscal y la economía informal–, el cual se ofreció desde principios del sexenio.

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El documento tampoco aclara de qué manera se logrará que el sistema financiero se consolide como un “agente promotor del ahorro interno y medio idóneo para la asignación de los recursos hacia la inversión”, sin incurrir en las fallas registradas en los últimos años y sin convertirse en un simple promotor del consumismo.

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A eso se agrega que tampoco define cómo se evitará, en un esquema de libre flotación, que los flujos de capitales especulativos propicien –como ha ocurrido en este año– una sobrevaluación del peso que ocasiona los “concomitantes deterioros insostenibles en la cuenta corriente” que se observaron en el pasado reciente.

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En fin, falta aterrizar el Pronafide.

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