Los talleres de Reynosa

Aquí están algunos de los héroes que crearon este gran centro de producción.
Sam Quiñones / Reynosa

Vicente Castañeda, Armando Garza y Jorge Wong son hombres de empresa con muchas cosas en común. Una de ellas, los televisores Zenith. Otra, que cada quien es dueño de una compañía difícil de localizar.

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La de Castañeda está en una calle de gran actividad, en un edificio que parece no tener puerta; la de Garza, en una colonia donde no hay placas que indiquen el nombre de las calles; la de Wong, en otra donde los caminos no tienen pavimento. Nada en el exterior de estas construcciones indica que lo que hay adentro sean empresas que fabrican maquinaria, con equipos cuyo valor asciende a cientos de miles de dólares, y que compiten internacionalmente.

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Una vuelta por Reynosa, Tamaulipas, y aparecen a la vista las 150 maquiladoras extranjeras que transformaron a esta población fronteriza en una masiva ciudad de un millón de habitantes: Nokia, Panasonic, TRW, General Motors y General Electric, entre otras.

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Menos visible, sin embargo, es un ejército de compañías mexicanas generadas por esas mismas maquiladoras. Regados por toda la ciudad hay más de 200 talleres que diseñan y fabrican crecientes cantidades de maquinaria que las maquiladoras necesitan para su actividad productora.

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El tamaño y la capacidad de estos talleres varían enormemente. Muchos son pequeños y algunos apenas sobreviven. Otros, en cambio, han crecido y tienen la certificación ISO 9000 o están en vías de obtenerla. Sus dueños y el personal son todos mexicanos altamente capacitados.

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Esto inició entre 1995 y 1997 y es sumamente importante, opina Herber Ramírez, director de Desarrollo Económico del municipio. Se trata de trabajos que requieren un alto grado de capacitación, no de simple ensamble manual. Y se trata de negocios de mexicanos.

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Impulsados por el desarrollo de las maquiladoras, los talleres metalmecánicos de Reynosa han crecido hasta dar empleo a entre 1,000 y 1,500 personas en la ciudad.

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El conjunto de esos dos centenares de pequeñas empresas, según estimaciones de sus dueños, factura una cantidad superior a $40 millones de dólares al año. Algunos talleres, a los que mejor les va, llegan a tener ingresos cercanos a $4 millones mensuales.

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Con todo, más que la regla, son una excepción. Las compañías nacionales tradicionalmente han proveído 2% de los insumos usados por las maquiladoras para su producción.

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El modo como los talleres de Reynosa salieron adelante también ilustra el porqué ha sido tan difícil para las firmas mexicanas beneficiarse del vasto poder adquisitivo de las maquiladoras.

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Lo que frena a los dueños de los talleres son obstáculos totalmente independientes de su capacidad como empresarios; al contrario, su espíritu de negocios es el que les permite superarlos. Uno es la carencia de financiamiento a tasas de interés competitivas. Otro es la incapacidad del municipio de proporcionar la infraestructura y los servicios necesarios para el desarrollo. Además de que en la frontera los costos son más altos, la demanda de calidad es mayor y la competencia internacional comprime constantemente los márgenes de utilidad.

Así las cosas, el hecho de que tantos talleres hayan surgido aquí para abastecer a las maquiladoras con maquinaria, piezas y refacciones es una historia de monumental esfuerzo empresarial.

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El cenit de Reynosa
Todo empezó en Zenith Corporation hace dos décadas. Se calcula que 70% de todos los talleres de la ciudad son propiedad de técnicos que se adiestraron en dicha empresa cuando laboraban allí. Otros cientos más de empleados trabajaron y aprendieron en la compañía.

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El corporativo llegó a Reynosa a mediados de los años 70, cuando era el principal productor mundial de televisores. Los aparatos se vendían como pan caliente y las organizaciones bajaban sus costos para competir. La firma comenzó a trasladar su actividad manufacturera a la frontera. Con el tiempo, construyó tres plantas en el municipio.

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Como parte de su programa de reducción de costos, en 1982 la organización puso en marcha una división para el mantenimiento de su maquinaria de producción y la fabricación de refacciones. “Teníamos 9,000 personas, pero ni una sola refacción”, recuerda Ramírez, quien fue también director de Personal en dicha multinacional durante muchos años. “Así que las hicimos para sobrevivir.”

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En ese entonces, en Reynosa no había ni con mucho el número de técnicos que requería el taller de maquinaria, de manera que los ejecutivos de Zenith visitaron las escuelas técnicas del sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz. Ahí contrataba graduados del Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios (Cebetis), en ocasiones a la clase completa de graduados. Pronto, los hijos del campo dejaron los pueblos de agricultores como Ciudad Mante, en Tamaulipas, o Naranjos y Cerro Azul, en Veracruz, para ingresar a la división de Refacciones y Mantenimiento de la corporación.

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Para cientos de jóvenes la empresa de televisores fue la universidad a la que no podían acceder. Aprendieron a operar tornos, rectificadoras y fresadoras. Al principio diseñaban piezas pequeñas y luego avanzaron al trazado de partes de la maquinaria utilizada para fabricar televisores. Cuando las computadoras fueron incorporadas al diseño de ingeniería, los jóvenes técnicos también aprendieron a utilizarlas.

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A lo largo de los años 80, la producción local de la industria maquiladora creció enormemente. En su mejor época, Zenith producía unos cuatro millones de televisores al año. Los empleados talentosos hallaron oportunidades para aprender. Con el tiempo, la división de Refacciones y Mantenimiento llegó a dar empleo a más de 300 personas; se pensaba que era la más grande de su tipo en toda la frontera.

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“Lo veían a uno y sabían como aprovechar el talento”, dice Castañeda, quien entró a Zenith como ingeniero y ascendió a director de Ingeniería. “Nos daban la oportunidad de desarrollar todos los aspectos tecnológicos que habíamos aprendido.”

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Mientras tanto, la firma estaba luchando. La competencia de televisores japoneses y coreanos era cada vez más intensa. A finales de ese decenio, decidió diversificarse mediante la adquisición de firmas que hacían piezas para computadoras. La decisión resultó improductiva y las inversiones la abrumaron con deudas. Por fin, en 1995 fue adquirida por la coreana LG, que redujo el tamaño del taller de maquinaria y despidió a muchos de los ejecutivos. Hoy, la otrora poderosa Zenith sobrevive sólo como una marca.

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El nacimiento de una industria
Su muerte en Reynosa significó, sin embargo, el nacimiento de la industria de los talleres metalmecánicos. Los técnicos que habían llegado del campo lustros atrás habían trabajado en la corporación durante más de una década. Muchos de ellos aprendieron inglés y tenían relaciones amistosas con ejecutivos de diversas maquiladoras de la zona. Sobre todo, habían aprendido a satisfacer los requisitos de calidad y costo de la economía mundial.

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Algunos antiguos empleados de Zenith habían puesto en marcha talleres a principios de los años 90, y después de 1995 su número creció rápidamente; el acto de transformarse en empresarios era riesgoso para técnicos que durante toda su vida profesional habían recibido un cheque con regularidad. Pero los primeros talleres demostraron que podían competir en términos de calidad y costo, y las maquiladoras se manifestaron dispuestas a comprar a los mexicanos lo que habían venido comprando a los estadounidenses. Se corría la voz de quiénes se instalaban exitosamente. “Aquél puso su taller y trae camioneta nueva –recuerda Garza que decían–. O sea, nos dio por copiar: que si a aquél le fue bien, a mí me va a ir bien.”

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Los nuevos empresarios no tenían acceso a crédito bancario barato, dependían de sus propios ahorros y de préstamos de amigos y familiares. No obstante, los talleres de maquinaria podían echarse a andar con pocos recursos. “Era el negocio de más fácil acceso sin préstamos bancarios”, dice Castañeda. En Brownsville y MacAllen, en Texas, podían comprarse tornos y fresadoras usadas. Además, muchos compraron terrenos baratos en las recién formadas colonias de Reynosa.

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Garza, por ejemplo, que a base de esfuerzo y trabajo había ascendido hasta la dirección de la división de Refacciones y Mantenimiento de Zenith, dejó la compañía en 1997, y utilizó sus ahorros para comprar máquinas. Las puso en su garage y comenzó a visitar a sus amigos de las maquiladoras en busca de pedidos. Durante varios meses fabricó él mismo las piezas y luego contrató a unas cuantas personas. Nunca entró a un banco. “Se tiene la sensación –confiesa– de que si va uno al banco, perderá. Las tasas de interés son muy altas.” De modo que él ahorraba y compraba equipo.

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Castañeda fundó CETSA con cuatro empleados y una fresadora con 20 años de uso que compró en Texas. Él y su socio, Heriberto Monroy, pasaron los dos primeros años sin cobrar sueldo alguno, viviendo de sus ahorros y de los negocios familiares. Hoy en día su empresa tiene 80 empleados que diseñan y producen piezas para las maquiladoras automotrices. Su más reciente adquisición es una máquina computarizada, cuyo costo fue de $130,000 dólares. Se la vendió una compañía alemana que le dio dos años para pagarla.

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“Todo esto lo hemos hecho sin ningún préstamo –se jacta Castañeda–.  Los que nos han dado crédito son los proveedores gringos. Banamex y Bancomer son unos agiotistas. Yo vivo de mis proveedores, ellos me financian.”

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Además de la falta de financiamiento bancario, los nuevos talleres de maquinaria tuvieron que hacer frente a otra gran desventaja competitiva que algunos negocios mexicanos padecen: la falta de gobiernos municipales capaces. Pocos lugares del país exhiben tan vívidamente como Reynosa la diferencia entre el México del primer y el del tercer mundo.

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Las carencias de infraestructura
Los talleres usan tecnologías de clase mundial para diseñar y fabricar productos que satisfacen estrictos requisitos de calidad y fechas exactas de entrega. Han creado una floreciente economía. Reynosa es una de las ciudades mexicanas de crecimiento más rápido; los funcionarios locales dicen que es una de las que más ingresos fiscales genera al país.

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Sin embargo, de acuerdo con el sistema de gobierno municipal heredado de los años de gobierno priísta centralizado, esos impuestos no se quedan en la ciudad para financiar infraestructura.

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De manera que, en una ciudad con industrias de categoría mundial, la basura sigue siendo recolectada en carretones jalados por caballos. Un deficiente sistema de drenaje significa que una lluvia de una hora puede dejar lagunas en las calles citadinas. La mitad de las calles no están pavimentadas, y muchas de las que sí lo están tienen enormes baches que impiden el tráfico fluido. Este año, la ciudad cuenta con sólo $173 millones de pesos para todas sus obras públicas.

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De manera que, mientras muchos empresarios de talleres de maquinaria tienen la capacidad para competir internacionalmente, su futuro es obstaculizado y amenazado cada día por el sistema municipal débil, improvisado y carente de recursos.

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Hace un par de años, Jorge Wong descubrió el peligro que ello representa. Había llegado a la división de Refacciones de Zenith en 1984, procedente del Cebetis de Ciudad Mante, y tras salir de la empresa, en 1991, pidió un préstamo a su hermano y puso en marcha un pequeño taller con cuatro empleados y dos máquinas que había comprado a un distribuidor de MacAllen. Ahorró y logró convencer a los proveedores de que financiaran sus compras de equipo. Hoy tiene cuatro máquinas computarizadas de control numérico, que cuestan $130,000 dólares cada una, y 28 empleados.

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Sin embargo, en mayo de 2000 lo había perdido casi todo. Una tormenta tropical azotó Reynosa. El municipio no había construido drenaje en la colonia donde Wong tiene su taller, por lo que el agua no tuvo a donde dirigirse. Tampoco había quitado las hierbas y basuras del desagüe más cercano. El canal se obstruyó, la inundación de la colonia aumentó. La lluvia invadió casas, una escuela y el taller de maquinaria de Wong; el agua subió a más de un metro.

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La inundación dañó el sistema eléctrico de sus máquinas computarizadas. Tuvo que cerrar por dos semanas. El desastre le costó más de $100,000 dólares, que cubrió con préstamos de varios amigos. Desde entonces, Wong ha tenido que pagar para nivelar las calles contiguas a su negocio, así como para elevar 15 centímetros los pisos de su taller; todos, gastos que ha tenido que afrontar a causa de un gobierno municipal débil. Ahora, las personas que visitan el taller tienen que agacharse al pasar por cada puerta.

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El futuro de los talleres de manufactura de Reynosa no está asegurado a pesar del notable auge de los últimos años. Aunque siempre está el riesgo de que las maquiladoras abandonen México, el desarrollo de los talleres es una razón para que se queden; la exigencia tecnológica de aquellas grandes ensambladoras internacionales es cada vez mayor, y lo que ofrecen los talleres es justamente eso, alta precisión. Ahora, estos pequeños empresarios adiestran a los jóvenes técnicos como lo hacía Zenith hace varios años.

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Sin embargo, enfrentan amenazas y gastos que son ajenos a sus competidores de Estados Unidos, Canadá y Europa.

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A partir de enero, las maquiladoras tendrán que cerciorarse de que sus proveedores tengan el certificado ISO 9,000. Cuántos talleres podrán disponer del tiempo que requiere prepararse y de los $25,000 dólares que cuesta la certificación es una pregunta abierta.

Sin crédito más barato, los talleres no se pueden trasladar desde sus adversos sitios actuales a parques industriales. Tampoco pueden ingresar a mercados para máquinas de alta tecnología, que son más lucrativos.

“Si tuviéramos financiamiento, podríamos proveer partes electrónicas, microprocesadores, componentes y mucho más –asegura Castañeda–. Yo se cómo hacerlos. Pero no tengo dinero para comprar las máquinas con las cuales fabricarlos.”
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