Los viejos tiempos de la nueva economía

El último grito de la moda: descubrir fraudes, golpearse el pecho y ¿seguir igual?
Joaquín Fernández / Nueva York

Estados unidos asiste consternado al declive de sus corporaciones. No hay semana que no traiga consigo un nuevo escándalo y anuncie la seria amenaza de desaparición de compañías que hasta hace poco parecían monolitos tan arrogantes como invencibles. El conglomerado industrial Tyco International; las empresas de telecomunicaciones WorldCom, Adelphia Communications, Global Crossing y Quest; la biofarmacéutica ImClone Systems; la tecnológica Xerox; las energéticas Enron y Dynegy; e incluso la sacerdotisa de las amas de casa estadounidenses, la impoluta Martha Stewart, todas enfrentan serios problemas con la ley por inventar utilidades y dejarse tentar por comportamientos que nunca figuraron en los manuales de ética. ¿Han tañido las trompetas del Apocalipsis? No, simplemente ha sonado la campana que marca el fin de un ciclo o, como dirían los más proclives a mitificarlo todo, el fin de una era.

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Primero se derrumbaron los ídolos más brillantes pero con pies de barro, las flamantes compañías de tecnología e internet que, como los ambiciosos Ícaros y Narcisos que fueron, vivieron unos efímeros minutos de gloria antes de ser sacrificados. Luego llegó el turno de los titanes inquebrantables, como la energética Enron, la séptima empresa privada del país vecino, que a su vez causó la desaparición de Arthur Andersen, la principal firma auditora del planeta, que prefirió archivar sus trucados informes con el muy efectivo método paperless de la incineración.

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Hace más de dos años, antes de que comenzara toda la debacle, ya se habían detectado fraudes contables multimillonarios en el titán de los viajes y sector inmobiliario Cendant, la cadena de farmacias Rite Aid y la firma de reciclaje Waste Management, pero nadie les prestó mucha atención: fueron consideradas excepciones triviales en un contexto de auge bursátil sin precedentes, auspiciado por las punto com. Si el dinero fluía con tanta facilidad, ¿qué necesidad tenían las organizaciones de mentir acerca de sus resultados?

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Basta con fijarse un poco para darse cuenta de que en realidad hay pocas diferencias entre la caída estrepitosa de las Starmedia o Patagon y el derrumbe de Enron, Tyco o WorldCom. Las primeras ascendieron al Olimpo con la ayuda de “ingenuos” analistas, las segundas se mantuvieron en él con la complicidad de aviesos auditores, pero todas estas compañías pecaron de lo mismo: escudadas en un optimismo desproporcionado, sacrificaron toda racionalidad económica e incluso mintieron para garantizarse una cotización estratosférica, que no correspondía con su actividad real. Las partidas contables, más que diagnósticos fiables de la salud financiera de la empresa, fueron manipuladas para ofrecer siempre la faz más amable del negocio que les permitiera superar los ya de por sí pasmosos resultados del trimestre anterior.

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El leit-motiv de “la avaricia es buena” que prodigó en los 80 Michael Milken y que institucionalizó su alter ego hollywoodense, Gordon Gekko/Michael Douglas en la película Wall Street, se convirtió en los 90 en “la irresponsabilidad es mejor”, lema basado en las posibilidades ilimitadas de expansión que veían las agrupaciones en un ámbito favorable a la liberalización de mercados. Los 80 fueron los años de los escándalos con bonos chatarra y delitos de información privilegiada, pero también sirvieron para descubrir con mucha razón que los directivos no debían descuidar el valor de sus acciones so pena de ser defenestrados por algún ambicioso broker, ducho en los ardides de la ingeniería financiera.

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Durante la década pasada las empresas entendieron la lección y la aplicaron tan a rajatabla que se pasaron. El nombre del juego era “creación de valor para el accionista”, y no pudo llegar en un contexto más radiante para la unión americana: la era Clinton marcó la reivindicación de Estados Unidos como claro vencedor de la Guerra Fría, su definitiva imposición tecnológica y empresarial sobre sus rivales Japón y Alemania, y el triunfo de lo que se ha llamado globalización, que en realidad consistió más en la libre circulación de capitales y la expansión sin límites de sus imperios corporativos. Fueron los tiempos de la “exuberancia irracional”, como tan lúcidamente los resumió Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal.

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En un momento en que la política perdía protagonismo en favor de la economía y el libre comercio; en el que las firmas, en su papel de “creadoras de valor”, estaban haciendo rico a todo aquel que hubiera metido sus ahorros en Bolsa, era necesario mostrar héroes para repartir medallas. Y también para vender revistas y programas de televisión. Así pues, fuera las frías y distantes imágenes corporativas y las caras de ejecutivos grises y desconocidos. Todo había de ser lustrado en forma conveniente para adecuarse a los cánones del sacrosanto entretenimiento y los directores generales, o CEOs como se les conoce en el vecino país, se convirtieron en estrellas carismáticas. Esto fue en muchos casos en detrimento de la información seria y veraz, que perdió sano distanciamiento para convertirlo todo en historietas épicas.

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Este star system corporativo contribuyó a crear en algunos casos monstruos megalomaníacos, que se creían elegidos por los dioses y que ya casi no se sentían vinculados con los consorcios que regenteaban. Visto en perspectiva, queda ahora claro que dar tanto poder a una sola persona y a sus “recetas mágicas” redunda en un flaco favor al conjunto de la organización. Algunos, como los Roberto Goizueta de Coca-Cola o los Jack Welch de General Electric, salieron impolutos del embate protagónico. El primero murió en pleno reinado triunfal y el segundo llegó a la jubilación sin problemas, aunque ahora se descubran algunos trapos sucios sobre sus métodos de gestión y tenga que explicar un affaire extramarital. En ambos casos, se trata de gente que dedicó su vida a la compañía y que llegó a la cúspide ascendiendo desde dentro. No fueron fichajes glamorosos. Pero para lo que vale este argumento, tampoco lo fue el de Kenneth Lay, el siniestro ex director general de Enron, mientras que otros que sí fueron fichajes externos, como el de Louis Gestner en IBM, que parece haber sido fructífero tanto para la firma como para los inversionistas.

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Con la idea de adecuarlo todo a la época de la “creación de valor”, los sueldos astronómicos de los directivos fueron otorgados mediante el mecanismo de las stock options, u opciones sobre compra de acciones, lo que, por si quedaba alguna duda, dejaba aún más claro para el máximo responsable de la empresa que su tarea principal era preocuparse por mantener la cotización a alturas estratosféricas, so pena de quedarse sin la gigantesca zanahoria.

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Si a ello agregamos que durante esa época se generalizó la convicción –a veces muy justificada– de que un mundo sin la intervención gubernamental y con menos regulaciones era más ágil y próspero para todos, comenzó a imponerse el ideal de “cero regulación” que abanderan los defensores ultraístas del capitalismo, según quienes el sistema se controla a sí mismo debido a que el interés privado de cada una de las partes permite que al final prevalezca el bien común. Esto redundó, en efecto, en controles más laxos y por lo tanto en una actividad económica más ágil y dinámica, pero también ofreció oportunidades inigualables para saltarse todas las reglas a la torera. No todos los ejecutivos son estafadores, pero aquellos que sentían esa llamada interior tuvieron menos limitaciones para dejar rienda suelta a su auténtica vocación.

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Así pues, el coctel explosivo estaba servido: directivos cada vez más convencidos de su poder omnisciente, prioridad absoluta a la multiplicación del valor de la acción y controles externos cada vez más exiguos para garantizar el cumplimiento cabal de esa meta. Las prácticas irresponsables de ingeniería financiera con el fin de obtener recursos, que fueron tan comunes en los años 80, dieron paso a otro tipo de triquiñuelas: el camuflaje contable. Con la falta de estándares obligatorios para presentar resultados trimestrales a los inversionistas y con la excusa de que “la nueva economía necesita nuevas herramientas de cálculo”, muchas agrupaciones empezaron a mostrar sus cuentas a analistas e inversionistas en las que todos los problemas para cuadrar el presupuesto quedaban convenientemente olvidados. Fueron los tiempos en el que las ganancias antes de intereses, impuestos y demás gastos “molestos”  (EBIDTA) reinaban como valor supremo. Supeditar todo a este indicador permitió a muchos vanagloriarse de cuantiosos ingresos sin tener que dar cuentas de la acumulación de deudas. Y si el auditor o analista de turno pone la mano por debajo de la mesa, mejor que mejor.

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Finalmente tan exuberantes tiempos pasaron y explotó lo que se llamó la burbuja de internet, luego bautizada como burbuja a secas. Tras la estrepitosa caída de los mercados accionarios henchidos de promesas que no se cumplieron –y que la mayoría de los entendidos sabían que no llegarían–, comenzaron los problemas. Había que seguir mostrando resultados tan prometedores como antes para hacer que volviese a flotar el precio de la acción, y ahí es cuando todos los implicados multiplicaron las argucias contables o, simplemente, salieron corriendo.

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En épocas más caballerosas, el capitán del barco era el último en abandonar el navío o, en su defecto, se hundía con él. Ahora es el primero en correr hacia los botes salvavidas. Y en ellos ya no hay sitio para las mujeres y los niños porque están repletos de los millones que el gerifalte ha acumulado a lo largo de los años y de los que, como es entendible, prefiere no desprenderse. Así fue como los trabajadores de Enron vieron evaporarse todos los ahorros que tenían depositados en sus planes de pensiones mientras sus directivos ya habían puesto pies en polvorosa con varias decenas de millones de dólares debajo del brazo.

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Según publicó recientemente el diario The Wall Street Journal, son cada vez menos los ejecutivos que aspiran a llegar a CEO de una empresa que cotiza en Bolsa. Es demasiada responsabilidad y riesgo como para poner en juego toda una carrera. Hasta hace poco, hacerse cargo de una firma con problemas era la oportunidad soñada para todo joven administrador que quisiera destacar en sociedad. Ahora, cualquier compañía se ve como una  posible bomba de relojería que nadie sabe cómo ni cuándo va a estallar. ¿Quién quiere un puesto de trabajo que implica hacerse cargo de dar la cara por agujeros contables dejados por el anterior equipo de gestión? Gap, UAL (la matriz de United Airlines), Polaroid, Tyco o Dynegy son algunas de las firmas que siguen esperando la llegada milagrosa de un nuevo ceo. ¿Algún candidato interesado?

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Además, con el contexto recesivo y la famosa recuperación económica ineludiblemente pospuesta, varias de esas corporaciones parecen paquebotes encallados difíciles de reflotar. El tamaño cuenta, pero esta vez para mal. El crecimiento desmedido de muchas de ellas, fruto de una confianza excesiva rayana en la irresponsabilidad y el ego exponencial de sus directivos, ávidos por multiplicar sus ganancias en stock options, han creado monstruos que ahora sólo se ven con posibilidades de sobrevivir si son cortados en pedacitos.

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¿Qué sigue? Hace seis meses en el diario The New York Times, Paul Krugman, catedrático de economía en la Universidad de Princeton, vaticinó que  escándalos como los de Enron y similares traerían más consecuencias en el largo plazo para Estados Unidos que los atentados del 11 de septiembre. ¿Así será? Primero, como ya sucedió durante otros finales de ciclos empresariales, veremos a muchos darse golpes de pecho y vaticinar una vuelta a los fundamentos económicos racionales, esos mismos que están instituidos desde tiempos inmemoriales, como la tontera de no contabilizar una venta hasta que se reciba el dinero. George Bush, que en un principio fue un adalid de la máxima permisividad a las agrupaciones –algo lógico cuando se sabe que tanto el mandatario como su segundo, Dick Cheney, se enriquecieron con prácticas similares durante su paso por la iniciativa privada–, ahora aboga por incrementar los controles y endurecer el castigo a los ejecutivos corruptos.

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De esta nueva economía, ahora difunta, quedarán algunas prácticas loables, como la búsqueda creativa de nuevos modelos de negocio que aprovechen la eficiencia de las recientes tecnologías. Pero quizás el nuevo esquema por venir –¿la renovada economía?– podría salir de ese nicho aún pequeño pero con cada vez mayor potencial formado por las llamadas empresas con conciencia social que, además de preocuparse por mantener alta la cotización de sus acciones, garanticen la noción de juego limpio frente a trabajadores, consumidores e inversionistas. ¿Pero no era eso lo que se suponía que ya hacían todos?, nos preguntamos los ingenuos.

-Como ya lo ha demostrado en otras ocasiones, Estados Unidos es un país que, cuando se ve obligado, no tiene miedo a reconocer sus fallos y exponer sus vergüenzas. El mismo afán que se puso en endiosarlo todo está siendo ahora empleado en derruir a los ídolos. Cuando se trata de garantizar la supervivencia del sistema, incluso los culpables colaboran. Al igual que sucedió a finales de los 80, es probable que durante unos meses mucha gente educada en universidades de postín tenga que presumir sus corbatas Hermés en la cárcel. Alguien rodará una película para expiar los abusos –ya se hizo una: Boiler Room, pero se adelantó a su época– y todo poco a poco volverá a su cauce, con nuevas normas, estilos y prácticas corporativas...

-El fin de muchos marca el principio para otros: la unión americana tiene ante sí una nueva oportunidad para enmendar los fallos y crear los fundamentos de una ética empresarial que garantice más transparencia y menos abusos. La pregunta es si tras esta debacle conviniese esperar menos “ingenuidad”, es decir, mayor responsabilidad, o si simplemente será caldo de cultivo para futuras reencarnaciones de Gordon Gekkos. Difícil de predecir.

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