Los vientos que llevan a Chicago

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Cesar Pelli, Mies van der Rohe, Louis Sullivan, Frank Lloyd Wright son sólo algunos de los que han dejado su impronta en esta ciudad, auténtico catálogo de la arquitectura de este siglo. Y para comprobarlo basta un paseo por el río Chicago, a la altura de Dearbon Street o tomar el elevado (pulso fiel de esta metrópolis) de Ravens- wood para recorrer el circuito del centro (Loop), aunque con tiempo conviene una de las inteligentes visitas guiadas que organiza la Chicago Architecture Foundation.

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Eje productor y difusor de intensa vida cultural, la ciudad, cual bazar árabe, ofrece algo para todos:

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Desde el obligado alto en el Instituto de Arte –jamás agobiante por su depurado acervo– hasta una matiné dominical en el Music Box, con películas mudas y pianista a la vieja usanza. El Steppenwolf Theatre (fundado por el actor John Malkovich) y el Goodman son escaparates del arte teatral de avanzada. Y en cuanto a música, esta cuna del rock (nació en Hyde Park) y crisol del blues y el jazz, brinda infinidad de sitios, pero los conocedores acuden a Buddy Guy Legends o, mejor aún, a Mama Rosa’s, de modesto decorado (la mesa de billar es mayor que el escenario), pero incomparable calidad musical.

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Sin duda vale la pena el esfuerzo de conseguir boletos para las temporadas de la Orquesta Sinfónica de Chicago, entre las mejores del mundo, hoy dirigida por Daniel Baremboim y, por supuesto, para la Chicago Lyric Opera, de acendrado prestigio.

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Dar rienda suelta a las extravagancias es fácil en las tiendas a lo largo de la no en vano llamada Magnificent Mile. Y ya dados a la tarea de satisfacer exigencias sibaritas, cabe recordar que el mosaico étnico que identifica a esta ciudad se palpa en los incontables restaurantes con espléndidas selecciones del mundo entero, desde la inolvidable langosta en una humilde fonda vietnamita hasta el turbulento Fun & Food donde todos se dan cita (de las dificultades para entrar, se encarga Phillip, quien suele inventar espacios para los insistentes sin reservaciones).

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Eso sí, la mejor experiencia gastronómica es una degustación en Charlie Trotter, con ocho o nueve platillos, cada uno mejor que el anterior. Por cierto, si su interés rebasa el mero placer al paladar, un día reserve lugar en la cocina para desentrañar los misterios culinarios.

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Es innegable, Chicago es mucho más que negocios, Al Capone y caprichos climatológicos, aunque para responder a los súbitos cambios nunca está de más empacar anómalas combinaciones de bermudas, paraguas y abrigo de pelo de camello.

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