Luzbel regresa por sus fueros

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El fin de siglo no dejará de traer consigo, como cada año, su media docena de pastorelas; las que tristemente se parecen tanto al mal vodevil, pero también esas que rescatan el verdadero espíritu de esta forma ritual del teatro mexicano y que permiten vivir, un diciembre a la manera tradicional.

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La pastorela –hay que saberlo para mejor disfrutar de esta batalla entre el bien y el mal– tiene sus raíces en el teatro franciscano de evangelización en donde, “religiosamente”, Luzbel regresa por sus fueros a hacer de las suyas, aunque todos sepan que finalmente saldrá derrotado y con la cola entre las patas.

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En estas historias siempre hay un grupo de pastores que, en el camino para adorar al niño Jesús, tendrán que luchar con los demonios, que les ponen toda clase de trampas, obstáculos y tentaciones. Pero el asunto tiene aún mayor profundidad. Los expertos en este género dramático señalan que la pastorela es la “puesta en escena” del Segundo Ejercicio de San Ignacio de Loyola, el que se llama de Las Dos Banderas y que manda: “Cierre los ojos e imagine dos ejércitos, uno de diablos comandados por Luzbel y otro de ángeles que lleva a la cabeza a Miguel (el Arcángel). Esos dos ejércitos tratan de apoderarse del alma del que hace el ejercicio.”

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Eso es exactamente la pastorela, la lucha entre estos ejércitos por apoderarse del alma de los pastores… Pero que no cunda el pánico. Al final, siempre ocurrirá la definitiva y completa humillación del diablo; pero sólo hasta el año entrante… que conste.

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Así pues, hoy que el siglo casi dobla la esquina, las tradiciones y el pasado cobran nuevos significados, por lo que por ningún motivo puede dejarse fuera de la agenda de diciembre un espacio para presenciar, con la familia, una pastorela con todas las de la ley.

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