Madurez: un largo camino

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Ricardo Medina Macías

Yo perdí la fe en Freud el día que escuché a dos secretarias discutir si el hijo de una de ellas tenía complejo de Edipo.

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Esta confesión la hizo el Chango Sarabia y yo imaginé la escena: un par de señoras entradas en años, vestidas con faldas ceñidas y de colores vivos, masticando chicle y diciendo cosas como: Ay manita, me salieron unas manchitas requete raras en el brazo, ira, ¿no será cáncer de piel, tú?

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Hiciste bien, le contesté al Chango.

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Hay que reconocer que en el mundo contemporáneo, trivializado y frenético, este tipo de revelaciones forman parte de ese proceso que conduce a lo que llamamos "la madurez".

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Por ejemplo, yo perdí la fe en el sistema educativo el día en que Genarito Godínez, con "puros dieces" en toda la primaria y la secundaria, llevó a la quiebra, por inepto, la filial mexicana, proverbialmente próspera, de una empresa internacional.

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Durante años, en la escuela había sido el arquetipo del alumno ejemplar. En una ocasión, sólo logró un nueve y solicitó encarecidamente volver a presentar el examen. Desde luego, obtuvo un 10 que le mantuvo impoluto su expediente.

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Educadores y padres nos lanzaban, como exorcismo de nuestra pereza, el ejemplo de Genarito. Nos fastidiaban, desde luego, pero le acabaron haciendo más daño a Genarito.

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Con ese currículum, consiguió becas y excelentes trabajos, hasta escalar la cima: la presidencia de una empresa multinacional. Ahí empezó la debacle...

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Por el contrario, el Pocholo Domínguez, alumno desastroso si los hay, siguió el itinerario inverso. Se había ganado a pulso la fama de "chamaco incapaz" -como decía mi abuela-, al grado que el día que en clase me reí estruendosamente de un chiste contado por el Pocholo perdí los premios de moral y de conducta y, con ellos, mi única esperanza de ser por una vez al menos alumno distinguido del "glorioso" Instituto México. El chiste, según recuerdo, ni siquiera era especialmente procaz o irreverente, pero el solo hecho de ser contado por el Pocholo le dio, a los ojos de las autoridades, el carácter de afrenta a los más caros valores de la civilización occidental.

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Pocholo fumaba a escondidas, profería palabrotas que hubieran abochornado a los pudibundos colegas de La Jornada, copiaba durante los exámenes, hacía la pinta y, en fin, desafiaba al establishment de la escuela marista con su sola presencia episódica en las aulas.

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Hoy el Pocholo es un destacado diputado federal, famoso por su seriedad, elocuencia y buen sentido. Cuando sube a la tribuna, sus intervenciones son saludadas con reverencia y entusiasmo. Dudo que sea un prócer de la patria o que su historial sea impecable, pero, como se suele decir, el Pocholo "ya la hizo".

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Tal vez valga la pena aclarar que algunos envidiosos señalan que ha disfrutado del padrinazgo de un politicazo dinosaúrico e intocable, que es su papá.

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La pregunta, entonces, es inevitable: ¿funciona nuestro sistema educativo? y, más específicamente, ¿qué género de educación nos puede garantizar que los brillantes y cumplidos alumnos de hoy, no fracasen al tomar decisiones en la vida real? Hasta ahora nos ha ido más o menos bien, pero cualquier día puede pasar una tragedia.

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Imagínese, por ejemplo, a un secretario de Hacienda que decide devaluar la moneda y ni siquiera sabe que el propio gobierno que representa ha colocado multimillonarias cantidades de deuda nominada en dólares. ¿Se imagina el problemón? Dan escalofríos de sólo pensarlo.

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- A ver, Godínez ¿por qué hiciste esta burrada?, preguntaría el jefe.
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Pos, es que nadie me avisó que los Tesobonos también contaban para la calificación, ¿qué tal si presento otra vez el examen?

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Claro, en esos casos uno se pregunta dónde están los asesores y para qué cobran tan caro.

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Otra opción es el burocrático deslinde de responsabilidades:
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Oye, es que mi antecesor me dejó la oficina hecha un desastre, con decirte que mi secretaria apenas acaba de descubrir qué hay que hacer para que el teléfono dé línea. Si te digo.... hay cada gente.
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Oiga, doctor Mejía Barón, a mí no me avisaron que había que saber tirar penales.
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Y en mi contrato no dice que teníamos que ganar a chaleco.

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En fin, que descubriendo estas cosas y perdiendo la fe en asuntos triviales, como en Freud o en el sistema educativo, se adquiere madurez.

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Bueno, eso espero.

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista.

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