Mandiles al poder

Tira ese libro de Sun Tzu y prueba con el management de las amas de casa.
Hillary Johnson *

Hace un año, me nombraron editora de un periódico pequeño. Nunca antes había tenido personal a mi cargo; en realidad, nunca había trabajado en una oficina y las únicas personas que había tenido a mi cargo de una manera u otra eran de mi familia inmediata. El término “a cargo” en sí implica un sentido de obligación militar, pero yo manejaba mi pequeño grupo familiar siguiendo  un modelo más típicamente maternal, confiando más en las artes femeninas de negociación, persuasión, construcción de consenso y recompensa que en cualquier otro método que se asemejase a la fuerza o intimidación.

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En mi nuevo empleo, encontré un ambiente de oficina tan acogedor y amistoso como un campamento de los soldados de la Confederación en los duros días de la Guerra Civil.

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El estilo de management que se usaba allí desde hacía mucho tiempo se basaba en un comportamiento agresivo, militarista, masculino. Los miembros del staff me contaban que pocas veces se los felicitaba por su trabajo (el halago estimula la debilidad), a menudo se los enfrentaba entre sí (divide y vencerás) y la falta de cortesía y la humillación a los subordinados se consideraban prerrogativas del rango (una reprimenda cada tanto era una medicina efectiva).

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Una joven escritora se quejó de tener que buscar café para su jefa todos los días.

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Aun así, estando en el rol de tener varios empleados a cargo y con  la programación de una producción semanal, seguí el consejo de un amigo, un gerente con muchos años de experiencia, y tomé una copia de la Biblia moderna del management, el libro de Sun Tzu El arte de la guerra.

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Se sabe que el único modelo válido de comportamiento en el lugar de trabajo es el del campo de batalla, ¿cierto? Si no, miren la reciente popularidad del programa The Apprentice,  en el cual hombres y mujeres por igual se masacran unos a otros en el ring para lograr la aprobación, con pulgar arriba, del emperador Donald Trump. Sin dudas, este modelo de conducción más que militarista nos devuelve a la época de los gladiadores.

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Al abrir El arte de la guerra esperaba encontrar el eje de sabiduría que se podía transferir al lugar de trabajo; en cambio, lo que encontré me asustó tanto como la película Heathers (Escuela de jóvenes asesinos) en aquellos años en los que me estaba recuperando de la escuela secundaria.

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“Todo lo concerniente a la guerra se basa en la decepción”, leí. Mucho más aún para la buena guerra. “La velocidad es la esencia de la guerra”, leí más adelante. “Aproveche la falta de alistamiento de su enemigo, ábrase camino usando vías inesperadas y ataque por donde su contrincante no haya tomado precauciones”. Y mi favorito en mi carácter de nueva directora de un grupo de seis personas fue: “Arroje a sus soldados a una posición cuando no hay escapatoria. Elegirán la muerte sobre la deserción”.

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Nunca sería militar. Y realmente, pensé enojada, ¿por qué debería serlo?

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Pero fue recién el día en que derramé jugo de mango sobre mi blusa favorita cuando encontré de casualidad la herramienta que me demostraría que tenía el poder para ser una gerente brillante en todo el sentido de la palabra y que todo el know how que necesitaba estaba más a mano que mi propio patio trasero.

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Al buscar la solución para remover manchas (“use detergente, pero nunca jabón sobre manchas”), me encontré cayendo  de cabeza a un libro llamado Bienestar del hogar: Arte y ciencia del cuidado del hogar, de Cheryl Mendelson, una mujer que cuando no está ejerciendo la abogacía o dando clases de filosofía en la Universidad de Columbia se divierte organizando su casa.

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Bienestar del hogar, publicado en 1999, es un libro muy serio acerca de la limpieza, la cocina, la organización y, en general, de cómo generar las condiciones de dicha doméstica. Pero Mendelson no es Eloísa; además de dar instrucciones explícitas sobre cómo hacer de todo, desde una carga de lavado bien organizada hasta el formulario migratorio para contratar una niñera sueca, ella vuelve con pasión y filosofía sobre su profesión, citando con total libertad a Homero y a Witold Rybczynski según lo indica la ocasión.

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Al levantar la vista de la obra maestra de Mendelson, después de horas de inmersión, sentí que finalmente había encontrado el plumero (iba a decir el arma secreta, pero sonaría muy militar): un libro que parecía tener una solución sabia para cada problema de management.

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En síntesis, el librito cruel de Sun Tzu junta polvo en un estante de mi oficina, mientras que el tomo de 900 páginas de Mendelson me sirve como la fuente de cada una y todas las metáforas del management.

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“La democracia devolvió la vida a la cocina.”
En este aspecto, nuestros hogares están mucho más adelantados en el tiempo que nuestros lugares de trabajo.

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“En los hogares sin servicio doméstico de hoy,” escribe Mendelson, “en donde las cocinas brillantes, de dulce aroma, están  equipadas con los aparatos más novedosos para ahorrar trabajo, la cocina se ha transformado en un arte que cualquiera puede sentirse orgulloso de dominar.”

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Sus palabras me llevaron a pensar: La pequeña compañía que presido se parece más a una familia tumultuosa que a un campamento militar armado. Y, por mi parte, definitivamente prefiero traquetear la cocina proverbial, cocinando ideas al estilo potaje, a sentarme en una sala de conferencias generando estrategias con mis subordinados.

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Del mismo modo, mis objetivos como gerente ¿no serían mejores si considerara a mi oficina más como una cocina que como un cuartel de guerra y si estimulara un sentido de igualdad y placer tanto en el proceso como en el resultado?  El primero de muchos entendimientos culinarios.

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“Aprende a preparar una comida sin mirar un libro de cocina.”
Lo que Mendelson quiere decir, si no me equivoco, es que una receta o manual no es sustituible por el dominio. Sólo a través del total dominio una tarea se puede convertir en un gozo y una responsabilidad en una expresión de arte.

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También entendía que uno nunca debe aceptar el conocimiento convencional de cómo debe llevarse a cabo una tarea. Si en vez de darle a alguien la receta le pides que investigue, aprenda las habilidades y produzca un resultado aceptable, entonces nunca escucharás las palabras “sólo estaba obedeciendo órdenes” (¿no les suena al clásico Homero Simpson?).

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“Antes el lavado se hacía los lunes, después del día de descanso, porque era una tarea tan agotadora que se necesitaba estar fresco y descansado para poder llevarla a cabo.”
Aprendí del tratado de Mendelson sobre lavado de la ropa que al no programar las tareas correctamente yo estaba perpetuando el caos.

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Ella sugiere que el lunes es aún el día para el lavado ya que sigue siendo el momento en el que posiblemente se está menos cansado. Siendo yo misma una persona que siempre planea lavar el jueves pero inevitablemente estoy muy cansada para hacerlo ese día (y es mucho más fácil correr a la plaza comercial a comprar ropa interior), comprendí la verdad en estas palabras.

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También me di cuenta que estaba haciendo lo mismo en la oficina al seguir con la política de reuniones editoriales semanales los miércoles por la tarde, una vez que se enviaba a imprimir el periódico. Siempre estábamos exhaustos y teníamos poca energía creativa como para llevar a la mesa de trabajo. En ese momento ya era demasiado tarde para hacer cambios significativos para la próxima edición y era muy pronto para pensar en la de la semana siguiente.

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Entonces, reconociendo la sabiduría de Mendelson, cambié nuestro “día de lavado” a los lunes, cuando todos estaban frescos. De repente las reuniones tenían sentido porque había tiempo y energía para decidir nuevas ideas, cambiar fechas de cierre, proponer historias. La calidad de nuestro periódico creció de acuerdo con la calidad de estas reuniones y nuestra vivencia subjetiva de la semana de trabajo mejoró considerablemente: ya no nos sentíamos a merced de nuestro horario.

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“ No es lo mismo comer algo que hacer una comida.”
Quizás se me podría conocer como “la gerente de una hora”.

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Invierto mucho tiempo en sociabilidades innecesarias, jugando a la anfitriona en mi oficina, donde tengo una olla eléctrica junto con el resto de los accesorios para el té, entre los cuales no es menos importante un cómodo sillón. Cada vez que alguien entra a mi oficina con las cejas fruncidas y la boca abierta, digo preventivamente, “¿quieres una taza de té?”

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Independientemente de la respuesta, esto genera una pausa y establece el tono de la discusión que vendrá. Si, como sucede a menudo, el empleado viene a quejarse de alguien o de algo, el té que le ofrezco hace que sutilmente se concentre más en la expresión de sus propios sentimientos que en la expresión de la agresión.

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Él o ella termina desahogándose en vez de atacar, lo que da como resultado un “uff, ahora me siento mejor”, sin haber hablado mucho sobre nada en particular.

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A pesar de que esto puede verse como una interferencia a mi valioso tiempo, estoy convencida de que a largo plazo consume menos tiempo que dejar que las hostilidades escalen al punto en que yo tenga que seguir con un cubo de agua al dragón que lanza fuego por todo el pueblo.

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“Evita pasearte con cuchillos.”
Mendelson aconseja sobre los peligros de correr con tijeras o con cuchillos. “Es muy probable que te cortes, tanto con una cuchilla muy filosa como con una desafilada,” dice. “En el primer caso, un simple roce rasgará la piel; en el último, puede que presiones tanto que la cuchilla se deslice por tu mano con mucha fuerza.”

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Podría decirse lo mismo de la tecnología, desde los teléfonos y fotocopiadoras hasta el software: acércate mucho al extremo filoso y te arriesgas a rasparte o pellizcarte, pero si eres demasiado torpe puedes eventualmente provocarte una herida importante.

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Cometí este error cuando me di cuenta que el personal del departamento de Publicidad y del departamento Editorial discutía y peleaba constantemente para usar la única cámara digital que había en la empresa. Primero compré tres cámaras digitales muy económicas que ya eran obsoletas cuando las enviaron y por lo tanto nunca sirvieron. Después decidí comprar una cámara de última generación con muchos accesorios que resultó muy difícil de usar.

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Conclusión: todos siguieron usando la cámara vieja. Debí haber eliminado la diferencia y comprar una segunda cámara que fuera exactamente igual a la que les gustaba tanto.

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“Los mejores hogares son aquellos organizados por la propia familia.”
De alguna manera, todos contratamos servicios externos, ya sea para procesar la nómina de empleados, para que nos vacíen los cestos de papeles o para hacer una línea de soporte técnico desde algún país más barato.

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En un capítulo sobre la ayuda en el hogar, Mendelson advierte sobre los riesgos de sobrepasar las propias habilidades. “La casa que puede ser llevada adelante por las mismas personas que viven en ella es la que tiene más aspecto de hogar; el trabajo doméstico en sí es placentero y reconfortante tanto física como emocionalmente.”

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Esto devela un gran misterio para mí: la razón por la cual la compañía en la que trabajo parece tener poca alma o identidad.

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Comenzó como una empresa familiar; luego, una persona la compró; después creció repentinamente, primero con la compra de unas pocas acciones por una segunda parte, después una tercera y una cuarta. Este crecimiento rápido trajo aparejado la contratación de personal para desempeñarse como servidumbre más que como miembros de una familia. Ciertamente esta gente no sentía que su trabajo fuera “placentero y reconfortante tanto física como emocionalmente.”

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A partir de esto concluí que las pequeñas compañías no deberían crecer más rápidamente que lo que puede crecer una familia, dándose tiempo para el noviazgo, la luna de miel, los periodos de gestación o las adopciones.

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A pequeña escala, ahora yo “flirteo” con los posibles empleados durante varias semanas dándoles tareas como free-lance antes de siquiera sugerir la posibilidad de un puesto como personal de la empresa.

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“Pero, ¿es hogareño?”
La sensación de hogar, explica Mendelson, tiene poco que ver con el orden o la limpieza, y más con el sentido de pertenencia que está dado por “el conocimiento de los hábitos del grupo familiar: un perchero donde esta persona quiere colgar su gorra, una canasta en donde aquél deja habitualmente sus llaves y todo lo que contienen sus bolsillos.”

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La abogada-gurú de las amas de casa advierte sobre lo negativo de un orden excesivo que puede llevar a sillones recubiertos en vinilo, esplendor o frialdad en extremo, todo lo cual resulta incómodo para vivir. ¿Cuántas oficinas has visto en las que hay mucho esfuerzo por crear una impresión a través del decorado y del estilo particular de un  tipo de gestión basado en una bravata dictatorial?

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Pareciera que se invierte mucha energía en asegurar que los trabajadores habiten un ambiente “profesional” o, lo que es aún peor, un ambiente “competitivo.”

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Esto nunca me pareció lógico. Si esperas que los trabajadores usen la misma energía para sacar a la luz un producto que para criar a sus hijos, necesitas estimular una sensación de hogar. Esta discusión sobre la sensación de hogar me hizo  tener en cuenta el tema de la belleza, por así decirlo.

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Para mí, tener una oficina bella significaba que todos estuvieran de acuerdo en mantener un buen nivel de comportamiento, no sólo les pedía que fueran corteses entre sí sino que se tuvieran auténtico cariño.

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Algunos contratistas independientes con los que había hecho acuerdos hicieron  berrinches tiempo después. Sus contratos fueron rescindidos rápidamente. Esto sirvió de mensaje para todos de que no habría malos modales en este grupo familiar.

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La gestión y la biología
Hace nueve años, The Economist publicó un artículo llamado “El dodo macho”, que anunciaba la llegada de la obsolescencia de la testosterona y la decadencia de  lo masculino como estilo de género dominante en la cultura humana.

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“En el imponente cambio que sufren las cosas”, declaraba el zoólogo autor del artículo, “la raza humana podría haber completado en breve su evolución desde un grupo beligerante de tribus románticas dominadas por hombres, hasta una pacífica y serena hermandad femenina devota de ir de compras y de organizar el grupo familiar, el arte más femenino de todos conocido hoy como economía”.

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En una cultura masculina, combatiente, donde la competencia determina la supervivencia, el débil siempre sucumbirá y probablemente eso sea bueno.

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Pero, ¿aquellos que llegan a la cima son realmente los más calificados, y aquellas compañías que sobreviven en el mercado realmente son  las mejores en lo que hacen? ¿O serán solamente los más cínicos y perversos entre los calificados y competentes? Este método burdo de selección  puede ser bueno para operaciones militares, pero no tendrá cabida en el negocio complicado y sutil de diseñar y dirigir una economía global unificada.

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Para ello la Madre Tierra y la Madre Naturaleza van a necesitar la ayuda de la Madre Economía. Y al único hombre al que se pedirá ayuda es al Padre Tiempo.

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* Hillary Johnson vive y trabaja en California. Copyright ©2004 Inc. Magazine. Distribuido por Tribune Media Services. Traducción: Silvia Durando.

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