Manualito de buenas esperanzas

En el muy político 2003 sueño con que este será el año de la gran transformación de México
Javier Martínez Staines*

La esperanza, dicen por ahí, es el recurso favorito de los ingenuos. Ahora que es febrero, y que al menos simbólicamente ya quedó atrás la cuesta del inicio de 2003, con el permiso de los lectores más pesimistas me voy a permitir vestirme de hombre lleno de esperanzas. Y conste que no recibí las gratificaciones que llegaron en diciembre al honorable Congreso mexicano (cosa que demuestra que en el gobierno no existen los bonos por desempeño, sino el puro empeño de los bonos).

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De entrada, en este año lleno de elecciones y sin cancilleres enojones, imagino a un Presidente de México más agresivo en su actuación y más lejos de ese hombre que ha gobernado al país en los últimos dos años, que parece hacerle honor cotidiano a aquel refrán que dice “¿A dónde va Vicente? A donde va la gente.” O sea: de aquí para allá sin ton ni son, como mala interpretación de la célebre canción de Facundo Cabral. Sin embargo, con sólo asomarme un poco al tema agropecuario, me doy cuenta de que no hay grandes cambios en el estilo personal de gobernar ni la eficacia es ya el sello distintivo en Los Pinos.

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Por supuesto, si voy a mantener la ingenuidad a toda costa, en 2003 concibo un Congreso lleno de senadores y de diputados competentes, responsables y comprometidos con el futuro de México, enfocados en la discusión con puntos finales, es decir, llegando a acuerdos para aprobar reformas estructurales importantes.

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La lista de pendientes en este país es larga. Y lo peor es que se alarga cada día que pasa. Sumido en la máxima candidez posible, me imagino de repente un bazar de soluciones fáciles a problemas complejos: terrenos aptos y solitarios para construir aeropuertos eficientes, periféricos flotantes que se mueven hacia donde lo exige el tránsito vehicular, plantas eléctricas que se construyen (y mantienen) solas sin importar quién las opera, 100 millones de mexicanos pagando impuestos en las fechas acordadas y, por supuesto, los más agudos problemas de pobreza solucionados en 15 minutos.

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Soñar no cuesta nada. Y menos en la cuesta de febrero. Aunque quizá lo que se requiera sea despertarse aun antes que Andrés Manuel López Obrador para que los sueños se transformen en realidades. ¿Será 2003 el año de México? ¿O de veras soy incurablemente ingenuo?

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y ha comenzado el año con muchos sueños. Quejas y sugerencias a: jstaines@expansion.com.mx.

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