Manuel Camacho Solís <br>No podemos can

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Desde sus oficinas en una desdibujada Fundación para la Democracia y el Desarrollo, Manuel Camacho Solís busca su lugar en la política mexicana.

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Calificado por algunos como oportunista y ambiguo, duramente atacado por sus posiciones políticas y por haberse atrevido a criticar al mismo sistema que alguna vez le dio la Regencia de la ciudad más grande del mundo, Camacho rechaza haber “pateado el pesebre” y sostiene que mantuvo una posición de cuestionamiento y hasta de rechazo a muchas de las reformas económicas del régimen salinista, como la “desmesurada” apertura comercial o el déficit de la cuenta corriente. Quizá por ello, razona, fue tachado como “populista” por algunos de sus ex compañeros de gabinete.

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A pesar de no ocupar ningún cargo público, el ex comisionado en Chiapas y efímero canciller es un fantasma cuyas opiniones siguen espantando a la clase política y a no pocos funcionarios de la actual administración.

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A continuación, una versión editada de la larga charla que sostuvo en exclusiva con EXPANSIÓN a principios de este mes.

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¿Qué hace Manuel Camacho hoy día?
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Estamos analizando la situación que vive el país y pensando en las soluciones a sus problemas. Esto nos exige estar atentos, a través de los medios, de las decisiones que toman el gobierno y los distintos sectores, pero también nos obliga a volver a pensar en los grandes temas del país, en la economía, a leer y estudiar lo que ha ocurrido en estos años en otras partes; nos ha obligado a viajar, a estar en contacto con grupos con los que no habíamos tenido comunicación en los últimos años, como los inversionistas del exterior.

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Creo que esto ha sido muy útil, pero hay un propósito único: entender mejor la realidad y tratar de tener mayor claridad sobre lo que se necesita.

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¿Qué lecciones fundamentales recogió después de su experiencia en la regencia capitalina?
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Entender el lado humano de la administración, la economía y la política. Lo que ahí cuenta son los resultados sobre las condiciones de la gente, en sus colonias, en sus empresas, en la calle... Ahí aprendí a no confundir los fines del gobierno con los instrumentos, con las evaluaciones macroeconómicas. Ahí mide uno día a día los resultados: o baja o sube la delincuencia, o se encuentra la solución o se enquista un problema. Me imagino que en una empresa es semejante: uno tiene que fijarse en los resultados y no en los instrumentos de medición, aunque en el gobierno los ámbitos de relación son más amplios.

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¿Algún aspecto concreto que podría haber funcionado de otra manera?
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La parte ética la vivimos todos los días. Es decir, con frecuencia se tenía que optar entre usar la fuerza pública o dedicarle seis horas más a la negociación o al diálogo; usar la fuerza pública o correr, a veces, el riesgo personal de salir a la calle y entrar en contacto con quien estaba totalmente en contra del gobierno. Preferí respetar los derechos humanos y laborales y la vida de la gente a proceder con otros métodos con los que no estaba de acuerdo.

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En términos administrativos, los gobiernos son centros de negocios. Así, uno tiene que decidir si trabaja para la política o quiere hacer negocios en el gobierno; es una decisión que, de veras, uno tiene que reiterarse todos los días, porque 70% de la gente que va al gobierno lleva el propósito de hacer un negocio, lo cual a mí me parece legítimo para quien quiera hacer el negocio, pero no para quien está en un cargo público.

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Precisamente, tiempo después de que usted dejara la regencia empezaron a ventilarse algunos asuntos, como la cuestión de Ruta 100 o la duplicación de placas para el transporte público. No conocemos sus respuestas a esto.
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No dudo que haya habido hechos de corrupción en distintas áreas del DDF. Es un gobierno muy grande y estoy seguro que había casos en algunos de los bajos niveles, entre otras cosas debido a los bajos sueldos que tienen los servidores públicos. Pero tengo la seguridad de que el equipo central del que yo me rodeé no fue gente que se dedicó a enriquecerse. La prueba es que todos los que estuvimos trabajando en esas actividades estamos aquí con muy poco dinero y con muchos problemas.

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Respecto de acusaciones específicas a mi persona, no ha habido una sola, ni podrá haberla, porque yo no hice un solo negocio ni me fui a robar un solo peso del gobierno de la ciudad, ni de ningún puesto por los que he pasado en mi vida. Vamos, ni siquiera me dediqué a aprovechar información que pude tener para utilizar mis ahorros y ganar dinero en la bolsa o en especulación de algún tipo. En el minuto que se requiera, estoy dispuesto a decir qué tengo y de dónde viene.

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A pesar de que ha existido un enorme interés por encontrar irregularidades, ni a mi equipo ni a mí se nos ha podido demostrar un solo hecho de corrupción. Por eso ando por la calle con toda tranquilidad. Por eso puedo hablar con cualquier empresario; porque ellos, primero que nadie, sabían que las grandes inversiones en la ciudad no iban a ser a cambio de algo. No hay ningún empresario en este país que pueda decir “a Camacho le dimos” o “Camacho participó”. Y eso es algo que ayuda mucho cuando uno sale del gobierno.

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¿Quién o quiénes tienen ese enorme interés de encontrarle algún trapito sucio?
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Ocurre que la gente resulta más papista que el Papa. Me consideran enemigo del Presidente, por lo que a veces los segundos y terceros niveles, incluyendo a algunos que fueron gentes cercanas a nosotros, tratan de encontrar todo lo que pueden para demostrar sus nuevas lealtades. Es algo que siempre pasa y no hay que darle mayor importancia. Es propio de algunas naturalezas humanas débiles.

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Carlos Salinas sostuvo que la reforma económica debería anteceder a la política. Citaba el caso de Gorbachov y lo que había sucedido en la URSS. Hoy, se le sigue dando prioridad a los cambios económicos por encima de los políticos.
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Creo que toda esta reflexión desde el principio estuvo equivocada. Se quiso establecer una vinculación muy simple entre reforma económica y reforma política, si deberían ir al mismo tiempo o una primero que otra. Desde mi punto de vista, no se aclaró con profundidad el tipo, la estrategia y los tiempos de la reforma. Y la mejor prueba es que siempre se utilizaba la comparación con Gorbachov. Él fracasó en la reforma económica para la cual, si se quiere, no tuvo tiempo, pero fracasó todavía más en la política; es decir, liberalizó el régimen soviético, pero arruinó a su país y estableció una estrategia que llevó a la fragmentación de la propia URSS.

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¿Es demasiado tarde para sacar adelante una reforma política?
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La reforma política tiene que ser la adecuada, y no una reforma política per se. En México, cuando Gorbachov estaba de moda, hacíamos la analogía. Cuando cayó, servía lo mismo como argumento para justificar que no se hubiera hecho antes la reforma política, sino la económica. Hay que discutir en qué medida se hizo correctamente la reforma económica y cuál era la reforma política que la hubiera consolidado mejor, dando al país menores dificultades en los años subsecuentes.

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¿Entonces, qué faltó?
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Creo que faltaron, para ponerlo con toda claridad, algunas cosas en el paquete económico y muchas más en el político.

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En lo económico, visto en retrospectiva, faltó una política industrial. Todos estuvimos convencidos de que había que fortalecer al mercado de nuestro país, lo cual me parece indispensable, pero ¿cómo lo íbamos a fortalecer? No creo que haya sido conveniente hacer una apertura tan rápida. Ya hay suficiente evidencia internacional para afirmar que México pudo haber obtenido, a cambio de su apertura, otras ventajas. Pudimos haber tenido una política industrial como la de los países a los que queríamos imitar, los del sureste asiático, donde hay un evidente apoyo a las industrias y a las exportaciones, donde se utilizan, si se requiere, instrumentos de política comercial, monetaria o fiscal. Es decir, tienen una claridad de propósitos y no una confusión entre los propósitos y los instrumentos. Ahí hubo una deficiencia muy clara.

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La otra deficiencia fue haber pensado que con sólo abrir la economía íbamos a tener crecimiento. Esto no se da -per se y puede resultar incluso lo contrario: que con una gran apertura se dé un cierre de la actividad económica y un retraso en el crecimiento. Y el cambio en estas expectativas puede tener consecuencias sobre el conjunto de los factores monetarios y los equilibrios macroeconómicos del país.

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Hay que analizar con seriedad la parte económica. Hoy sigue siendo válido preguntarse si el ajuste macro, por sí mismo, dará el crecimiento; o si necesitamos, además del ajuste y de la estabilización, una política de promoción de crecimiento, donde el Estado ya no juegue el papel que jugó hace tiempo, de intervenir en la producción, pero donde apoye a la industria: a la grande para que exporte mejor, a la pequeña y mediana para que se asocien con la grande y puedan sobrevivir y crear los empleos, y que, en una perspectiva de largo plazo, puedan realmente estar en condiciones de competir.

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En la parte política, está demostrado que habría una percepción más clara de los riesgos sociales y políticos si se hubiera apostado más a la democracia y no a la consolidación del sistema del PRI, dados los riesgos que eso implicaba para la estabilidad de la economía y la política del país.

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Cuando se habló de apertura, ¿tuvo esta postura de oposición?
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Era muy complicado. Cualquier discusión económica que no correspondiera con el modelo y el programa que se estaban instrumentando, de inmediato era rechazada como “populismo” o uno era acusado de “enemigo” del modelo. El dogmatismo llegó a tal punto que el solo cuestionar al déficit en la cuenta corriente ya era una blasfemia, y uno era acusado de “populista”.

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Finalmente, lo que importaba era si habría empleo, crecimiento, mejoría de salarios, y no simplemente registrar los balances macroeconómicos como la demostración del éxito del programa económico. El éxito de la economía está en la realidad. Los números son un reflejo, pero no el objetivo que se debe perseguir.

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No me dediqué a criticar las decisiones porque mi función era otra, pero hice las preguntas en su momento. Cuando escribí -Cambio sin ruptura, todo mundo aplaudía lo que se estaba haciendo y, simplemente, hice una especie de crítica muy moderada: nos equivocamos al no haber hecho una política industrial, ¿no será que debíamos haber fortalecido más el ahorro interno?, ¿no será que el exceso del déficit de la cuenta corriente representa un riesgo muy grave para el país? Esa crítica causó grandes molestias, porque alguien se atrevía a estar en desacuerdo.

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Hay una discusión fundamental: reforma económica, sí; responsabilidad fiscal, sí; pero al mismo tiempo claridad y capacidad de un gobierno para promover el desarrollo, apoyando a las empresas grandes y pequeñas. Es decir, capacidad del gobierno para hacer su tarea, no sólo de administración imparcial, sino la defensa de los intereses nacionales.

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¿Vivimos el fin del modelo neoliberal?
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No, hay un claro fracaso de las políticas que no tuvieron responsabilidad fiscal en los años 70, algo que me parece ya ni tiene caso volver a discutir. Pero también hay el fracaso de algunas de las políticas que se emprendieron desde 1982 y 1985, y de 1995 hasta la fecha.

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Mi opinión es que, en vez de volver a tachar todo el modelo, como lo hicimos en el pasado, y convertir esto en una discusión ideológica, discutamos qué es lo que se quiere y qué es lo que se puede hacer. Discutamos qué tipo de instituciones públicas son las que necesitamos. En la medida en que hemos ideologizado las cosas, hemos reducido su efectividad. ¿Por qué en vez de ver quién está a favor o en contra de las privatizaciones, no discutimos la forma de la privatización, sus resultados, sus regulaciones? El capital prefiere un gobierno que interviene en algunas cosas con claridad, a un gobierno que entrega todos los activos y después no puede garantizar el futuro del desarrollo, ya no digamos de la economía, sino ni siquiera del sector donde los nuevos inversionistas están participando.

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La experiencia de todos los países que han tenido éxito nos demuestra que necesitamos instituciones con capacidad para promover el desarrollo regulado, en función del interés de la sociedad. Es decir: mercado sí, pero con instituciones públicas que funcionen. En vez de cancelar al Estado, debemos ver dónde debe participar. Y ya no en la producción, sino en el cumplimiento de sus tareas, como garantizar seguridad y defender el interés público a través de su capacidad regulatoria.

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Algunos diputados priístas, que el año pasado levantaron la mano para incrementar el IVA, ahora se manifiestan en contra de la políticas neoliberales...

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El asunto se está manejando con una gran confusión. El país ya no puede volver a los tiempos de la irresponsabilidad fiscal y monetaria, ni de la intervención del gobierno en la propiedad de la empresas.

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Pero me parece importante destacar que en la aplicación de las reformas de los últimos 10 años del llamado “neoliberalismo” hubo decisiones que no dieron los resultados esperados, y hubo un manejo dogmático de políticas, más que una evaluación económica y social de sus efectos. Era conveniente que el Estado se saliera de algunas áreas, que privatizara, pero no por ello había que reproducir las estructuras oligopólicas del pasado, o no tenía que hacerse sólo para lograr el mayor ingreso fiscal, postergando el interés de los consumidores. Había que abrir la economía, pero con una política industrial, en donde caben formas de protección a las actividades productivas del país para que se consoliden en la economía global. Los sudcoreanos protegieron más de 20 años su industria automotriz para competir con las grandes firmas internacionales.

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Los excesos son malos. La intervención pública le costó mucho al país. El dogmatismo en la aplicación de la apertura liberal también le ha costado. La responsabilidad, hoy, es reconstruir las instituciones públicas para que el Estado sea un buen promotor del desarrollo en una economía de mercado. Los excesos dogmáticos, como los que se han llevado a cabo en el centro de Europa terminan siendo malos negocios hasta para los inversionistas extranjeros más conservadores. Recuerdo una plática reciente con la directora de una gran empresa europea de electricidad. Me dijo: “Ya no tenemos interés en entrar a esos países que nos quieren convencer con ideología; lo que necesitamos es tratar con gobiernos serios que sepan a dónde van, qué quieren de sus sectores productivos y que establezcan reglas claras.”

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Esta discusión se ha visto cancelada por la crisis, la cual obligó a que se emprendieran programas de ajuste que, de alguna manera, buscan estabilidad y crecimiento económico. Pero nadie sabe bien hacia dónde apunta finalmente el -Zedilloshock. Si tuviera la opción de emprender un programa, justo ahora, ¿a qué le apostaría?
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Lo primero sería analizar qué se pudo haber hecho, en distintos momentos de 1994, para corregir los problemas que ya traía la economía, y qué más se pudo hacer en 1995. Más allá de los intereses de corto plazo, el país necesita llegar a un balance sobre qué fue lo que no funcionó en el pasado y cuáles fueron los errores que se cometieron al principio de esta administración.

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Pero ese ya no es el punto. En este momento, lo que definitivamente le conviene al país es la estabilización más rápida posible. En la medida en que se generen condiciones de confianza para los inversionistas, ello redundará en un menor sacrificio interno durante este año y el próximo, y facilitará la recuperación. En la medida en que se generen condiciones, como las que hasta cierto punto se están generando, que permitan que vuelva el capital al país, que puedan bajar las tasas de interés, que haya tranquilidad en los mercados cambiarios, eso es positivo. En ese sentido, apoyo completamente la política del gobierno de lograr una estabilización rápida y generar condiciones de confianza de la inversión.

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Lo que me parece que falta es una reflexión sobre cómo crecerá la economía en el futuro, porque lo de este año será un rebote de 2 ó 3% de crecimiento, muy concentrado en unas cuantas industrias que están exportando. Es decir: este crecimiento no tendrá un impacto favorable en los grandes agregados de empleo y bienestar de la sociedad. Pero el país no puede carecer de una estrategia de desarrollo para el futuro.

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Hay algunos elementos de estrategia de desarrollo que han sido definidos en el Plan Nacional de Desarrollo. En efecto: el país necesita más ahorro, necesita aumentar su productividad, necesita una incursión eficiente en el mundo exterior, pero lo que no tenemos es cómo vamos a lograr los resultados. Hablamos de economía, de buscar tres o cuatro cosas muy importantes: crecimiento, empleo, bienestar y salarios, es decir: una esperanza de futuro.

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Con que me digan que el problema es el ahorro y la productividad, no me resuelven el problema. El diagnóstico es correcto, pero la propuesta es incompleta. Para mí, el punto central está en tener una estrategia activa de promoción industrial y de servicios para el crecimiento del país.

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Creo que el país tiene oportunidades: algunas abiertas por el TLC, otras que podemos ganar y otras más que no hemos explorado en el sector servicios. Y esto es algo que no puede verse en términos de balances macroeconómicos, como una fotografía en números, sino como una película en la que se toman decisiones y se va generando una nueva dinámica. Estamos en un mundo de expectativas; hay que aceptarlo, entenderlo y aprovecharlo en favor de los objetivos del país.

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El año que terminó fue de ajustes económicos. Por las elecciones legislativas de 1997, este será un año de amarres políticos. ¿Será el año del regreso activo de Camacho a la política?
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Las decisiones que voy a tomar este año y el entrante no las tomaré de manera individual. Necesito ver cuáles son los espacios reales que habrá en la reforma política del país, si vamos nada más a un acuerdo de cúpulas o a una reforma política real. Necesito ver cuáles serán las posiciones de los partidos y la situación general. Si dentro de todo este contexto mi participación es útil, voy a participar en la política.

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Ya no me interesa llegar a un cargo público sólo por llegar. Me interesa contribuir a la salida política del país. En ese sentido alguien pensará que soy demasiado ambicioso. Lo soy. No me interesa la posición si no es útil para un propósito político, como contribuir a la generación de los nuevos consensos, de la nueva seguridad que México necesita para transitar con éxito a su desarrollo en los próximos años.

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Si no hay eso, no vale la pena competir por una posición. Prefiero quedarme aquí, estudiando, viajando, dando conferencias en el mundo. Si es luchar por una causa política, ahí estaré.

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Hay dos tipos de lucha. La defensiva, si las cosas se descomponen en el país, si se violan de manera recurrente los derechos humanos, si se cierra el sistema político, en la que uno debe luchar por la defensa de las libertades y los derechos humanos. Si este no es el clima, y hay indicios de que no lo será, entonces trabajemos en la construcción de las nuevas instituciones políticas que México requiere. Me refiero a instituciones que respondan, que puedan ser vigiladas por la sociedad y por la opinión pública. Salgamos de todo este desastre tan grande de pérdida de legitimidad institucional, que no puede ser permanente sin gravísimas consecuencias para nuestro país. Ahí puede estar la tarea. Si para eso uno puede ser útil, ahí vamos a estar.

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Hay indicios, dice, de que los acuerdos no serán -cupulares...
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No, hay indicios de que en vez de irnos por una cerrazón, puede haber una lucha política crecientemente democrática. Hubo mayor respeto a las elecciones que en años anteriores. Si se sigue abriendo el espacio electoral, como fórmula de reajuste de las funciones del presidente, creo que a partir de ello se puede construir una plataforma de cambio más ambiciosa, responsable y bien pensada. Si se abre ese espacio, ahí voy a estar. Si no se abre, voy a defender los derechos humanos y la libertad de este país.

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¿Cuáles son esas instituciones que hacen falta en México?
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Hacen falta dos cosas fundamentales: una, cambiar el régimen político, lo cual quiere decir un nuevo equilibrio en las instituciones políticas del país; dos, adecuar las instituciones de la administración pública a las nuevas necesidades de la sociedad en los terrenos del desarrollo, la política social, la justicia y la seguridad pública. Esa tarea de construcción institucional de gobierno es central. Con las solas elecciones no resolveremos estos problemas. El punto central del momento que vive México es qué se vale y qué no se vale, no sólo respecto del pasado, sino del presente y del futuro. Es una tarea claramente normativa e institucional.

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Se ha especulado sobre el posible ingreso de Camacho -al PAN...
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En ningún momento he considerado la posibilidad de ingresar al PAN. Ni yo me lo he planteado, ni ellos me lo han propuesto. Existe simplemente una muy buena relación con el PAN, como tengo buena comunicación con el Partido de la Revolución Democrática y con los demás partidos y grupos políticos y sociales del país. Pero no he pensado en ingresar a ninguno de los partidos políticos existentes.

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¿Qué razones fundamentales lo llevaron a renunciar al PRI?
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Yo diría que son dos. Una, que estoy totalmente convencido que México necesita un cambio político de fondo, lo cual implica un cambio fundamental del PRI. La otra es algo circunstancial: yo ya no vi que hubiera la posibilidad, el espacio, la voluntad de hacer ese cambio al interior del PRI. Si hubiera encontrado el espacio, mi primer objetivo habría sido contribuir a esta reforma interna, porque he pensado que cambiar al PRI implica cambiar al resto del sistema.

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Además, uno tampoco acepta ir a donde no lo invitan y se convirtió en un problema de dignidad personal.

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¿Vive el PRI una coyuntura pasajera o un derrumbe total?
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Hay gente que cree que el PRI ya se acabó. Yo lo vería con más serenidad. El PRI conserva presencias muy importantes en todo el país y tiene capacidad de recuperarse si hace bien su tarea política, si escoge buenos candidatos y si la economía mejora. Pero al mismo tiempo el PRI, hoy, sí puede perder una elección nacional. De acuerdo con las últimas encuestas, la diferencia entre el PRI y el PAN ya es muy pequeña. Esto quiere decir que en una elección nacional mucho dependería de candidatos, alianzas y circunstancias.

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Al país no le conviene que el PRI se recupere bajo el viejo sistema. Después de todo lo que hemos vivido, eso está muy claro. La reproducción del proceso político sexenal ya resulta demasiado costosa para la economía y el país en su conjunto. Desde mi punto de vista no se debe perder la oportunidad de cambiar los equilibrios políticos del país, para garantizar un proceso político mucho más estable y responsable del que hemos tenido frente a la sociedad. Tuvo sus ventajas en sus momentos, pero hoy sus costos son enormes.

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¿Cree que el presidente Zedillo, pese a todas las críticas que se le han hecho de debilidad, se encamina a una reforma del sistema?
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No menosprecio las capacidades políticas del presidente, a pesar de todas las cosas que se han dicho y de las posiciones que ha tenido su gobierno respecto de mi persona. Lo que pasa es que vivimos dos paradigmas políticos: en uno, las cosas que hace el gobierno son error tras error; en el otro, si uno trata de entender el modelo político que sigue el gobierno encuentra errores, pero no tantos.

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Trato de entender cuál es la lógica política que hay detrás de las decisiones y, para mí, hay una especie de contraste, que ha sido frecuente en la historia del país: a un gobierno que ha sido muy activo le sigue un gobierno que llega a apaciguar las tormentas. Eso ha ocurrido, y estamos en un proceso de reducción de expectativas en todos los órdenes. A veces no hay definiciones, pero eso es algo útil para la supervivencia del gobierno y la estabilidad política. Como quiera, hemos transitado por años muy difíciles sin grandes confrontaciones sociales y políticas. Eso demuestra que algo está funcionando. Si es o no lo que el país necesita, ese es otro asunto; pero tiene lógica.

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¿Existe algún régimen de la Revolución con el que encontraría un paralelo?
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Tengo dos en mente y no quisiera llegar a una conclusión prematura. Lo quiero ver en el mejor de los sentidos. Concedamos toda la oportunidad a este gobierno por beneficio del propio país. Veámoslo como un ruizcortinismo que llega a meter orden en una situación que se había salido de los cauces.

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El punto es si el país puede aguantar cinco años más sin una acción de cambio, de conducción que genere confianza y levante el ánimo. ¿Puede el gobierno tener una primera fase de reducción de expectativas y después asumir un liderazgo político de nuevo tipo, o ya no tiene las posibilidades ni los espacios políticos para hacerlo? Esas son las grandes preguntas.

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El Presidente está actuando de manera racional, dentro de su propio contexto, personalidad y valores. Pero esto no es suficiente para el conjunto del sexenio, ya que el país necesita inclinarse en una dirección muy clara, que no puede ser sólo la estabilización de todo.

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En su momento, distintas personas consideraron que no era viable para la presidencia porque espantaba a los inversionistas. En sus viajes, usted se ha reunido con hombres de negocios como George Soros. Parece que hay una corriente de opinión que piensa que a Camacho le sobra lo que a Zedillo le falta. ¿Qué opina usted de eso?
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Me acusaron de “populista” por dos razones: primero, porque andaba en la calles con la gente. Valió la pena andar en la calle, para eso está uno en el gobierno: para resolver los problemas políticos y ver lo que la gente quiere. Si en esta ciudad, 75% de la población es pobre y uno decide no tener contacto con los pobres, pues me parece que uno no es un gobernante para esta ciudad o para este país, sino para Bélgica.

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La segunda razón, porque hacía preguntas, como las que decía hace un momento; o les recordaba que vivimos en un país complejo, con raíces muy profundas, porque pedía cuidado en los equilibrios políticos, y que no despreciáramos a la oposición. Todo eso era molesto, porque no cabía en el -modelito. Y bueno, el problema es que el modelito no fue suficiente para lo que este país necesita.

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Por todo eso me llamaron “populista”, no por los resultados. La ciudad mejoró sus finanzas, se hicieron bien las cosas, privatizamos de manera distinta los servicios de agua potable, etcétera. No fue por los hechos; me llamaron “populista” por las preguntas y las imágenes. No soy populista. Soy un hombre que cree que debe haber un gobierno que promueva de manera mucho más resuelta el desarrollo y el crecimiento, que no se olvide del asunto de la justicia.

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Se le reprocha haber “pateado el pesebre”, y criticar a un sistema por el cual llegó a la Regencia; como no resultó el candidato presidencial, entonces habló en contra. ¿Qué dice a esto?
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Desde siempre hice públicas mis ideas. No empecé a hablar en noviembre de 1993. Hablo y escribo desde mi paso por la universidad y no me arrepiento. Sí dije las cosas una y otra vez al interior del gobierno. Fui leal al Presidente al decirle lo que veía, y mis compañeros del gabinete son testigos de que yo tenía puntos de vista distintos, aunque hasta cierto punto seguí las reglas. Pero sólo hasta cierto punto, y en parte por eso no fui el candidato.

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Hice dos apuestas: una, ganar la confianza del Presidente, porque esa era mi convicción y porque pensé que me sería útil; la otra, que para mí fue fundamental y no estuve dispuesto a sacrificar, ganar la confianza de la opinión pública. Trabajé en eso y la gente con gran sabiduría de la política me dijo muchas veces que me estaba equivocando, porque no se llega a la presidencia tomando en cuenta a la gente y a la opinión pública; la única popularidad que cuenta es con el presidente de la República. Pero para mí lo importante era tener el apoyo social, porque si llegaba a ser presidente, sin ese apoyo sería imposible hacer los cambios.

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El día que se presentó el destape hice exactamente lo mismo: seguir y no seguir las reglas, establecí una diferencia con lo que se estaba haciendo y la hice pública, sin romper por completo para evitar provocar una crisis política, por ello acepté un cargo en la propia administración.

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¿Mantiene su relación con Salinas?
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No, desde mediados de noviembre de 1994 no he tenido ninguna comunicación ni contacto con él.

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Los colosistas han sido especialmente enfáticos en la petición de juicio político a Salinas. Otras organizaciones aseguran tener pruebas de su participación directa o indirecta en el crimen. ¿Cuál es su punto de vista en esta cuestión?
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Respecto del caso de Colosio, se tiene que proceder conforme a la ley y actuar. Este es el punto. Yo no tengo ningún elemento y sigo confiando en la buena fe del procurador general.

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Respecto del balance de todas las actuaciones del licenciado Salinas, creo que la realidad y los hechos han sido muy duros. Para él mismo debe ser muy difícil todo lo que está viviendo. Yo tomé la decisión, hace mucho tiempo, de establecer una diferencia política con él. No tengo nada más que agregar.

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Su relación con los medios...
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Tengo ahí dos o tres enemigos muy identificados, pero no son enemigos personales. Entiendo que es la lucha política pero, a pesar de que soy un perdedor en la lucha por el poder, tengo la fortuna de contar con muchísimos amigos y respeto en los medios más influyentes en México. Además, tengo muy buena comunicación con los medios del exterior. En ese sentido, soy un político afortunado: perdí, pero conservo la posibilidad de que me tomen en cuenta.

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A dos años de distancia de su actuación como comisionado para la Paz en Chiapas, que culminó con una renuncia en la que inculpó directamente al entonces candidato Zedillo sobre el fracaso del diálogo, ¿encuentra señales de avance hacia la paz?
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Aquí hay que hacer una aclaración: en ningún momento culpé a Ernesto Zedillo por mi renuncia. Más bien, señalé que sus juicios sobre mi desempeño como comisionado hacían insostenible mi labor. De eso ya pasó un año y medio. Ya habrá visto el gobierno que la paz total e inmediata no era posible. Y habrá valorado la utilidad de la tregua para las elecciones de 1994 y para todo lo que hemos vivido. Ya vio que una posición de persecución tiene costos altos y que el camino de la política es el más razonable para los intereses del país. La solución del problema exige de un replanteamiento general de las relaciones de gobierno, sociedad y comunidades indígenas en Chiapas y, desde luego, de cambios políticos nacionales que contribuyan a materializar la salida política al conflicto.

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¿Cuáles serán los mayores retos de este país para el próximo siglo?
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Tenemos 15 años muy difíciles por delante. Es el momento de la absorción de los rápidos crecimientos demográficos que tuvimos en los 70. De 1995 al año 2010, el mercado de trabajo en el país crecerá a un ritmo equivalente a la explosión demográfica que tuvimos en los 70, por arriba de 3%. Si en los próximos tres lustros no logramos organizar los asuntos básicos de manera adecuada, el país vivirá el siglo XXI en condiciones sumamente adversas.

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¿Cuáles son esos temas básicos? El crecimiento y el empleo, en primer lugar. Si no logramos consolidar una estrategia de crecimiento viable, sostenida, no tendremos posibilidad de éxito. Ya acarreamos las crisis de los años 70, de la década perdida post deuda, y la de 1994. O arreglamos eso, o nada va a funcionar.

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Segundo: el país no puede dejar de lado el asunto de la justicia. La economía no va a funcionar si no mejora la educación, si no hay seguridad, es decir: sin un sistema de mercado con justicia creciente. Es muy importante seguir reformando nuestras políticas sociales sectoriales y manejar los instrumentos de política económica para apoyar al empleo, a las pequeñas y medianas empresas, al campo.

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Un tercer asunto central es el de los recursos naturales y el medio ambiente. No nos podemos esperar hasta 2010, porque de eso depende la viabilidad de nuestro crecimiento y el bienestar de la población en las décadas subsecuentes.

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Hay un cuarto punto, que me parece fundamental: la organización del gobierno, de la administración, la promoción, la normatividad. Es decir: la reforma de las instituciones, el régimen político, y lo que se refiere a definir qué queremos hacer frente al mundo.

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Los 15 años que vienen son los decisivos, y no tenemos mucho margen para equivocarnos.

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¿Dónde se vislumbra Manuel Camacho en el año 2000?
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Lo que más me gustaría es que se pudieran tomar este año o el entrante las decisiones que el país necesita. De no ser así, ya no importa quién gobierne al país en el año 2000, porque tendrá que seguir administrando una crisis creciente. Lo mejor que podría ocurrir sería generar un proceso de reflexión, discusión y acuerdos con todos los sectores para el mediano y el largo plazos.

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