Maten al mensajero

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Con la caída en picada de las cotizaciones y las enormes pérdidas que se han acumulado en el mercado accionario, el resentimiento abunda en Wall Street. Al principio todas las críticas se dirigieron a Alan Greenspan, a quien se acusó de romper el hechizo con "absurdos" aumentos de tasas destinadas a desinflar una inexistente burbuja especulativa. Cuando finalmente se reconoció la existencia de tal burbuja, los insultos recayeron en los analistas y los bancos de inversión por haberla creado.

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Es tanto el resquemor, que el Congreso de Estados Unidos estableció audiencias especiales para investigar la integridad de los analistas, una profesión que ha tomado especial protagonismo en los últimos 10 años, desde la masificación del mercado accionario. Convertidos en mesías de la pomposamente llamada "nueva economía", superestrellas como Mary Meeker de Morgan Stanley o Henry Blodget de Merrill Lynch surgieron de la nada para impulsar la subida del mercado a alturas estratosféricas. Internet era el becerro de oro y los analistas sus profetas.

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Es verdad que, entre tanta clarividencia, estos sabios futurólogos tenían el feo hábito de hablar bien de aquellas empresas que hacían negocios con el banco que les empleaba y no tan bien de las que se iban a la competencia. ¿Por qué? Porque la gran mayoría de los analistas recibe una parte sustancial de su sueldo en función del dinero que generan para la banca de inversión. Eso es como pagar a un periodista en función de los ingresos publicitarios que genera al medio en el que trabaja. Y al igual que existen legiones de reporteros que mienten para favorecer intereses privados, lo mismo sucede con los analistas. Pero esto ya se sabía. Entonces, ¿a qué viene santiguarse tanto?

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Mientras los analistas, en su calidad de oráculos de bienaventuranzas, predijeron pingües ganancias para todos y gran crecimiento que luego se cumplieron, nadie tuvo empacho en tacharlos de eminentes visionarios. Los congresistas los respetaban, los periodistas los mitificaban y los inversionistas se enriquecían. En cuanto las cosas empeoraron y las sonrisas se congelaron, todos han llamado a venganza.

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El problema es quién tirará la primera piedra: ¿los congresistas?, ¿los periodistas?, ¿los inversionistas?

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Durante estos años de vacas gordas en Wall Street ni los primeros han sido íntegros, ni los segundos rigurosos, ni los terceros cautos. Si por lo menos aprendiéramos la lección para la próxima vez... pero algo hace pensar que en el siguiente ciclo alcista encontraremos nuevos mensajeros que repitan sólo lo que nos apetece creer.

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