Max va al infierno. De visita

Cuando la eficiencia es el nombre del juego.
Max Clip

Esto que escribo les llega gracias al milagro conjunto de la ciencia y la técnica. Físicamente, ahora mismo estoy a cientos de kilómetros de distancia de la muy honorable ciudad de los palacios, pero por las virtudes dispensadas a un número indeterminado de líneas de programación, a los microprocesadores y los enlaces telefónicos –sin contar otras decenas de elementos que sería fastidioso enumerar– soy capaz de enviar casi instantáneamente el presente texto para su puntual publicación en esta revista. Todo con el fin de decirles que el infierno es un lugar en donde no pasa nada.

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Me explico: estoy prácticamente en el centro del estado de Kansas, en el corazón de Estados Unidos de América, donde nuestros asociados de este lado tuvieron a bien establecer su centro de atención a clientes. Como el optimismo y un franco deseo de conocimiento mutuo se han apoderado de la voluntad de nuestros jefes, ni tardos ni perezosos nos embarcaron a media docena de ejecutivos en un avión para que conociéramos estas instalaciones y aprendiéramos la manera como operan el negocio nuestros recién estrenados socios. Los directores, sin embargo, no tuvieron empacho en viajar a las oficinas centrales, ubicadas en el corazón de Manhattan.

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La ciudad es pequeña y el número de sus habitantes no supera 800,000. Poco después del atardecer, las calles y los centros comerciales se quedan vacíos y prácticamente todos los moradores se retiran a sus hogares, para procurarle unas horas de "tiempo de calidad" a sus familias. ¿A poco no suena emocionante? Ni se imaginan qué días y noches tan amenas me he pasado por acá, viendo la tele hasta la medianoche mientras vacío el contenido del servibar de mi cuarto.

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Las oficinas de nuestros asociados constituyen uno de los negocios de mayor envergadura en este villorrio, que si bien parece estar ubicado en medio de la nada, ofrece todas las comodidades que las modernas tecnologías pueden ofrecer. Creo que muy pocos pueblos han invertido tanta fe en la técnica como el estadounidense. Una juguetona leyenda popular asegura que son nuestros "primos", pero dudo que siquiera lleguemos a estar emparentados en el tercer grado.

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Eficiencia es el nombre del juego. Aunque el día que llegamos nuestro vuelo aterrizó pasadas las 10 de la noche y no logramos registrarnos en el hotel hasta casi medianoche, en punto de las siete de la mañana siguiente nuestros anfitriones nos esperaban frescos como lechugas para desayunar –un magro plato con cereal, yogur y frutas, acompañado de un jugo de naranja con sabor sospechoso y un café aguado– en los más apurados 15 minutos de mi vida. Luego nos encaminaron hacia el centro de atención a clientes: un edificio gris, de aire kafkiano, ubicado en las afueras de la ciudad. Time is money, parecían decirnos con su prisa y su eficacia a prueba de imprevistos.

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Llevo cinco días por acá y ya extraño mi contaminada ciudad, el desorden de sus embotellamientos y los olorosos puestos de los ambulantes; extraño que a veces las cosas no funcionen, que tarden en componerse y que casi por un acto de magia vuelvan a funcionar. Ah, y otra cosa: extraño las montañas: ni la cancha del Estadio Azteca es tan plana como este lugar.

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Ayer le comenté varias de estas impresiones a uno de los ejecutivos que forma parte del grupo de viajeros. Mientras le confiaba mis añoranzas, él asentía compasivamente con su cabeza; sin embargo, la sensación de solidaridad se me vino abajo cuando sin miramientos me contestó que mis ideas eran típicas de personas subdesarrolladas y tropicales, y que no tenía remedio.

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Faltan tres días para que emprendamos el regreso y cada jornada es peor que la anterior: insulsas demostraciones de productos, presentaciones eternas en PowerPoint, discursos motivacionales, almuerzos en 20 minutos con el infaltable sandwich de pavo. De buena gana fingiría un súbito ataque de asma con tal de abandonar este infierno y regresarme lo antes posible. Pero me aguanto y desde ahora estoy planeando una ligera variación: que el año que entra, los que vengan a Kansas sean los jefes y "la tropa" nos vayamos a Nueva York.

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