Menos de un minuto

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Héctor Zagal

Hay lecturas que no se pueden evitar. Esto, a menudo, se toma como un pesar; las lecturas se vuelven obstáculos en el mundo de los negocios. El agitado ritmo de vida en la empresa invita a la lectura rápida y concisa. A menudo, esta lectura se vuelve superficial y descuidada. Ganar tiempo en lecturas de refilón puede ser contraproducente. Una lectura veloz, aunque podría ahorrarnos tiempo, también tiene la potencia de perjudicar gravemente los negocios. ¿Cuántas veces ha tenido que releer cuatro versiones distintas de un mismo memorándum supuestamente sintético? Todo porque no se comprendió a la primera.

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A mí la idea del vértigo me marea, pero parece encantarle a la mayoría de los mercadólogos: todo se pretende vender más rápido, más grande y mejor. La capacidad de leer es una de las actividades que sufren ante este panorama. En un mundo que exige gratificación inmediata resulta muy difícil vender ciertos productos, especialmente los que exigen tiempo, comprensión y concentración, como los libros.

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Ahora los cursos de lectura veloz abundan. Libros tan exitosos como Managing your reading de Phyllis A. Millar, promueven indiscriminadamente el skimming (la lectura de textos como si se trataran de notas periodísticas, una lectura que se fija sólo en palabras “clave”, una lectura por encimita). Los memorándum que no superan una cuartilla se aceptan con un entusiasmo sospechoso. Los diseñadores editoriales se refieren al texto con el espantoso nombre de la “mancha gris”. Las cliffnotes han desplazado a los libros, ir al grano se vuelve a menudo desinformación.

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Una persona lee de 200 a 250 palabras por minuto. Esta columna, por ejemplo, habría de leerse en minuto y medio por un estudiante de bachillerato (ya no digamos un ejecutivo). Haga el cálculo: multiplique las palabras por página con las páginas a leer y luego divida el tiempo empleado en su lectura. (ppm= pppxnp/t). Ésa es la diminuta cantidad de palabras que usted lee por minuto. Ahora pregúntese: ¿le convendría leer más rápido? ¿Lo desea? ¿No cree que sería más eficiente y mejor en su trabajo si pudiera leer sus informes o esta columna en 10 segundos? ¿En cinco? ¿En un nanosegundo? Imagine las posibilidades. ¡Sólo imagínelo!

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En un país donde se gastan $8 dólares al año para comprar libros y se leen dos per cápita anualmente, y donde, cuando se lee, se lee contra reloj, es difícil invitar a una lectura concienzuda que no sacrifique comprensión sobre rapidez. En efecto, las lecturas rápidas pretenden ir a lo esencial: sólo que, en ocasiones, lo esencial no puede explicarse en sólo dos líneas ¿han notado que los memorándum supuestamente sintéticos sólo producen más papeleo? También: entre menos se lea, más trabajo cuesta hacerlo. La comprensión no es rápida: un texto debe digerirse, como una buena comida. Explicaría más esto, pero ya no tengo espacio. Lástima.

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Comentarios a: hzagal@yahoo.com.mx

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