Menos EU, ¿más UE?

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Los editores

Tras una serie de diferencias que por momentos parecían irreconciliables, finalmente se han desatorado varias de las trabas que existían para que sea posible un acuerdo comercial entre México y la Unión Europea (UE). Anteriormente no se había alcanzado un consenso porque los funcionarios mexicanos deseaban un rápido y simultáneo acuerdo comercial, político y de cooperación, mientras que los representantes de la UE condicionaban la parte comercial a un avance en los otros dos puntos. La cautela mostrada por los europeos habrá servido de virtuoso freno de cara a la excesiva precipitación de los negociadores mexicanos, demasiado ansiosos por apuntarse lo que sería un éxito político, pero de dudoso alcance mediato para el bienestar comercial y económico de los mexicanos.

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¿Por qué dudoso? A simple vista, el acercamiento comercial con un mercado que, en su conjunto, iguala en tamaño al de Estados Unidos y Canadá, es muy benéfico. La diversificación del comercio exterior mexicano, que tanto depende del vecino país del norte, es un paso necesario para evitar cualquier chantaje proteccionista que ponga en jaque a los productores mexicanos.

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Eso está muy bien, pero siempre y cuando nuestros negociadores no acudan ufanos a las reuniones para vender a los europeos un país de desarrollo tecnológico y económico que por ahora sólo existe en sus ilusorias cabezas. Si se obstinan en mostrar la cara amable de México –esto es: sus escasas empresas punteras, sus saneadas cifras macroeconómicas y su tremendo potencial de crecimiento del PIB– terminarán firmando un acuerdo que, una vez más, sólo beneficiará a una pequeña parte de los mexicanos, mientras el resto veremos, a lo sumo, cómo los exhibidores se llenarán de queso camembert y juguetes valencianos sin por ello tener una posibilidad real para devolverles la pelota con nuestros propios productos.

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El acuerdo debe implicar un reconocimiento por parte de la UE de nuestra posición real como país en desarrollo. Así, se garantizará la inserción de los productos europeos sólo en aquellos mercados mexicanos que tengan probabilidades de competir con ellos. De otro modo, importaremos sofisticadas mercancías a cambio de devaluadas exportaciones de guayabas, mangos y papayas.

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¿Catastrofismo proteccionista? Sólo hay que recordar el ejemplo de Grecia, país que en 1980 ingresó “de lleno” a la entonces llamada Comunidad Económica Europea, a pesar de contar con unas condiciones insuficientes de desarrollo social e industrial.

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No hay que hacer cuentas alegres: incursionar con menores aranceles en Europa será mejor, pero no será la solución a nuestros problemas de exportación si en la práctica las políticas internas siguen apostando a perpetuarnos como país productor de materias primas y no promueven una mayor integración industrial que nos ayude a competir con productos intermedios, al menos.

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Por ahora, más bien pareciera que vamos otra vez hacia el camino de fieles importadores de productos finales.

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