Mens sana in corpore...de mango

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Las estatuas griegas hablan por sí solas: el culto al cuerpo es más viejo que el caldo... Y es falso que sea exclusivamente femenino, aunque es cierto, que, tradicionalmente, es la mujer quien le dedica más tiempo...

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Pero la tendencia cambia: los gimnasios se reproducen como hongos, y los hombres se preocupan cada vez más por estar en forma. Eso está muy bien, y a la mujer le conviene, sino fuera porque, por lo general, a ellas –además de músculos– se les antoja un sinnúmero de cualidades, que no siempre se forjan con base en ejercicio... Aunque sea en diferentes versiones, la mujer sigue soñando con el príncipe azul.

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Día tras día, en cualquier gimnasio o club deportivo se puede contemplar cómo sudan –rodeadas de horripilantes máquinas de tortura– decenas de jóvenes y no tan jóvenes, que han decidido dejar de lado el deporte en grupo, para dedicarse a esa parte del cuerpo que, consideran, necesitan fortalecer. Y no lo hacen sólo por ellos. El hombre se vuelve coqueto: ha decidido gustar. Como la mujer, dedica horas a su belleza y gasta cantidades astronómicas de dinero en clubes, gimnasios y equipo.

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El problema es que “esa” parte que ellos reconstruyen, no es necesariamente la que primero atrapa la atención de la mujer. El hombre cultiva bíceps y tríceps, adora su abdomen de “lavadero” y aspira a tener más hombros que Terminator. A la mujer le fascina que un robusto galán la envuelva en sus robustos brazos... Pero nada como unos glúteos musculosos para conseguir que se derrita. Sí, señores: la primera mirada que ella le dirige se posa justo donde termina su espalda... Esto no sería preocupante si no fuera porque la mayoría de las féminas, además, presta gran atención a ojos y manos..., y en un gimnasio lamentablemente no se puede hacer nada por ellos.

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Afortunadamente, este no es un problema sin salida. Ternura e inteligencia siguen ganándoles a los cuerpos musculosos. Es verdad que el amor entra por los ojos, pero cuando sólo entra por ellos, tiende a salir demasiado rápido. Quizá lo ideal sería que proliferaran las bibliotecas y las florerías, al mismo ritmo que los gimnasios...

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