Metáforas del jefe. El juego de las sil

Siempre hay algo chocante en la figura de jefe.
Max Clip

Recuerdo que, cuando era niño, uno de los sujetos a los que más odié –con esa pasión sin palabras que parece exclusiva de la infancia– fue un cuate que, año tras año, al inicio de cursos, se autoproclamaba cabecilla de una pandilla compuesta por siete u ocho mocosos con vocación de rebaño. El tipo era chocante y hábil cual político en desgracia, y su liderazgo era tan natural como las jícamas con chile que vendían a la salida. Le bastaban un par de minutos del primer recreo para decidir, con instrucciones precisas, quién iba a ser por el resto del año el portero del equipo de futbol, quiénes serían los defensas y los medios, y quiénes compartirían con él la gloria de ser delanteros (los únicos autorizados para anotar goles).

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Ya no recuerdo cuántas veces se repitió la misma escena, cuántas veces le convidamos de nuestro sándwich, refresco y papas, además de prestarle el suéter y ayudarle con la tarea que nunca hacía. Claro, de vez en cuando surgía un brote aislado de rebelión que él manejaba con singular maestría. Dependiendo de la fuerza del opositor, instintivamente decidía convertirlo en su nuevo "mejor amigo" –distinción que duraba dos o tres días, lo suficiente para destrozar la credibilidad y la autoridad moral del revoltoso– o sin decir "agua va" lo aislaba del grupo, aplicándole la "ley del hielo" (práctica a la que el resto del rebaño se sumaba rápidamente y sin ningún tipo de autocrítica).

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Aunque no logro recordar su nombre, aquel condiscípulo me dejó una imagen indeleble de lo que significa ser líder de un grupo de personas y, con el tiempo, un rechazo patológico a la figura de jefe. Yo creo que, por eso, ahora me da tanto remordimiento de conciencia ponerme al frente de la "tropa" y darle órdenes: recordarle lo que debe hacer, insistirle en que termine sus pendientes, enseñarle que la responsabilidad y la eficiencia tienen sus recompensas, y aplicar sanciones cuando el caso lo amerita. Me veo a mí mismo haciendo mi trabajo y me viene una punzada en la boca del estómago, que desde mi infancia asocio con el sentimiento de culpabilidad. Bien dice el dicho: "En casa del herrero, azadón de palo."

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Esto de ser jefe –título pomposo que mis subordina- dos insisten en repetirme, cuando apenas me dedico a coordinar sus esfuerzos– creo que a veces se parece al triste papel del encargado de poner la música en el juego de las sillas. Participo del relajo, pero de lejos: lo organizo, le doy forma para que los demás den vueltas al compás del ritmo que elijo casi a mi capricho. Mi posición debe ser neutral y me está prohibido ponerme de un lado o del otro. Lo más importante: soy un accidente del juego, un pretexto para que los demás realicen su mejor esfuerzo. Desde fuera, parece que quien mejor se la pasa es precisamente aquel que se recrea con los tiempos y las angustias del rebaño que le da vueltas a las sillas. Un, dos, tres: llegaste tarde, mano, ni modo; cuatro, cinco, seis: te atarugaste y te ganaron el lugar, pa’ la próxima; siete, ocho, nueve: hay que moverse rápido, sin pensar. La moraleja siempre es la misma: el que se fue a la Villa…

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Pero al final del juego, el único que nunca tuvo una silla dónde sentarse fue precisamente el que ponía la música, y si algo resultó mal, ya sabemos de quién es la culpa siempre. Luego, hay que levantar el desorden que dejan los demás y no olvidemos que para que todo este tinglado fuese posible, hizo falta que alguien convocara a la concurrencia con una idea meridiana de lo que había que hacer. En el mundo corporativo, sin embargo, hay otra diferencia, pues mientras los demás comentan con carcajadas las incidencias de la jornada, alguien debe ir a rendir cuentas de lo que se hizo y de lo que no. Está por demás preguntar quién es el que no se divierte.

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Nota aclaratoria: redacto estas líneas mientras preparo mi primer reporte trimestral como director. Es sábado por la tarde, soy el único tarugo que vino a trabajar y me muero de hambre. Afuera llueve.

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