Mi vida digital

Las nuevas tecnologías ayudan a combatir la soledad y, además, muchos dicen que son buenas herrami
Max Clip

Hace tres años salí de esa compañía. Cuando llegué ahí, recuerdo que lo primero que recibí, además de la enorme lista de expectativas sobre mis responsabilidades, fue una agenda electrónica, un celular y un radiolocalizador, además de mi correo de voz, mi correo electrónico y, por supuesto, mi PC.

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“¿Realmente necesito todo esto para vender plumas?”, pregunté. La respuesta fue inequívoca: “Como gerente senior de marca, debes estar localizable las 24 horas del día y los 365 días del año.”

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Caray. El mundo es extraño. Por más que me lo advirtieron, nunca imaginé que al firmar un contrato estaría obsequiando mi vida completa a la empresa. Pero, bueno, dicen que para crecer y desarrollarse hay que “documentar” un compromiso que no respete ni el Día de las Madres ni la Nochebuena.

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“Si en el año vendes más que los otros 16 gerentes –me dijo, sonriente, quien entonces era mi jefe–, te llevarás un pequeño bono y ganarás un viaje a la planta para conocer de cerca la operación.”

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Por cierto: la planta estaba a 24 kilómetros de Gómez Palacio, Durango. Aunque algunos se quejaban del premio, yo le busqué el rostro amable: dicen que el contacto con el desierto ayuda al encuentro de uno mismo, sobre todo porque las noches son frías y el cielo estrellado. Si lograba vencer a mis colegas, podría llevar mi agenda, mi celular y mi radiolocalizador; cualquier sensación de soledad sería anulada por la magia de la tecnología.

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Estas son las cosas bonitas de nuestro fin de siglo. A veces, cuando mi jefe me pedía que me quedara hasta tarde, “por si algo se ofrece”, mataba el tiempo navegando por Internet y buscando amistades en los chats. Sé que no debía hacerlo en la oficina, pero alguien me aseguró que también era una buena manera para no ser etiquetado como tecnófobo. Y es que, aquí entre nos, durante mis años universitarios desarrollé más de tres argumentaciones teóricas irrebatibles en contra del veloz tren de las nuevas tecnologías, y la triste sensación de insuperable rezago que provocan en los seres humanos. Cuando apenas dominas un programa, el señor Gates ya diseñó un nuevo ambiente con el que aquél es incompatible. Ante esta incompatibilidad tecnológica, el hombre se vuelve “incompetente-incompetente”. Y nadie puede andar por la vida como un perfecto papanatas.

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Por eso decidí conectarme al mundo. Si no puedes contra el enemigo, únetele, reza el refrán. ¿Cómo ir en contra de la corriente? Cuando estaba en esa empresa y recibí el primer reporte de ventas, quedé en último lugar y, en la columna de comentarios, decía que me encontraba en total desventaja sobre los otros gerentes por “la deficiente aplicación de las tecnologías en los procesos de ventas”. Dios santo. Ni siquiera mencionaba como posible causa mi reciente ingreso a la compañía y la supuesta curva de aprendizaje. Vaya, esas cosas que le enseñan a uno en la universidad. ¿O ya no enseñan eso?

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“La tecnología es enemiga de la demora. Señor Clip: todas esas herramientas que la empresa le ha otorgado no son un adorno. Úselas, y úselas bien.”

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Mi jefe era un hombre franco y muy directo. Por algo era el director de mercadotecnia. Por eso me acerqué lo más posible a V. Ramírez, un gerente que se las sabía de todas todas en el universo de las nuevas tecnologías. Entre otras cosas, me recomendó comprar una supercomputadora para mi casa, por aquello de estar conectado con la oficina. Dice que a él le ha resultado muy bien. De hecho, el se ganó el viaje. Y el que a buen árbol se arrima... bueno, esa es otra historia.

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La única duda que todavía guardo de aquella época es si no será precisamente por tanta nueva tecnología que el mercado requiere menos plumas. Pero mi jefe me contestó qué no sé nada acerca de tecnología. Por eso no pude conocer Gómez Palacio.

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