Misa en los pinos

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Como por dogma, se acabarán en este país las riñas y diferencias de opinión entre sectores sociales. Desde el pasado 13 de agosto, luego de impartir los sermones de rigor y estampar su firma en el acuerdo que da vida a los “Principios para la Nueva Cultura Laboral en México”, líderes empresariales y sindicales son ahora buenos amigos. Ambos sectores se dedicarán a trabajar armónicamente para cosechar mayores logros en beneficio de sus representados y del país.

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Lástima que, buenas intenciones aparte, la ceremonia de marras, tan parecida a un misa de tres ministros, esté envuelta en un cierto aire de farsa.

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De entrada, quienes firmaron el acuerdo —que supone, como por milagro, un cambio de actitud general frente al trabajo— viven una crisis de representatividad tal, que carecen de credenciales para asumirse como auténticos líderes sectoriales.

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Por si fuera poco, las cámaras empresariales y los sindicatos son las primeras organizaciones en oponerse a la libre afiliación de sus miembros. Con la firma, se repiten los viejos vicios de acuerdos cupulares, de “carro completo”, sin la libre manifestación de las bases y los disidentes. ¿Esto es parte también de la “nueva” cultura laboral?

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El fin que dicen perseguir empresarios, trabajadores y gobierno es crear nuevos esquemas de productividad, que se traduzcan en la generación de mayores y mejores fuentes de empleo. No obstante, en el acuerdo hay más verborrea que mecanismos concretos que hagan posible alcanzar las metas propuestas.

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¿Cómo se puede pensar en elevar la productividad del trabajador mexicano cuando se mantiene intocada la cultura del salario mínimo? Sobra decir que el mini salario, más orientado al control político que a asegurar un mínimo nivel digno de vida, es un franco obstáculo para el desarrollo.

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La obsoleta Ley Federal del Trabajo queda, eso sí, sin cambio. A pesar de que abundan las voces que llaman la atención sobre el hecho de que esta legislación requiere modificaciones, autoridades y cúpulas mantienen oídos sordos. Pero está visto que los temas tabú, aunque inhiban el desarrollo de las empresas, no tienen cabida en celebraciones tan sacras.

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Para lo que sí hay espacio es para el protocolo, para tomarse la foto con el Presidente y prometer la generación de miles de empleos. ¿Se trata de un acto más de fe?

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