Misterios del año nuevo

No comprendo a los que utilizan la navidad para mejorar sus &#34relaciones interpersonales&#34 con s
Max Clip

Siempre que vienen estos días al final de otoño y, lenta pero segura, se acerca esta versión mexica del "crudo invierno" –¿cuál invierno?, me pregunto: dura dos semanas y la inversión térmica lo convierte en una especie de primavera seca– recuerdo una curiosa escena que tuvo lugar hace años, durante el "brindis de navidad" que organizaba la empresa en un lamentable salón de fiestas, y que dio lugar a uno de los más comentados misterios de la temporada. Creo que la memoria de aquel pavoroso festejo es de las pocas cosas que me ponen de buen humor, cuando veo que mi oficina es invadida por las esferas, los renos y las campanas de plástico, los focos de colores y la sutil pestilencia de los ubicuos arbolitos.

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No crean que la celebración fue espantosa sólo porque era navidad. En realidad se trataba de una época un poco triste: el país se debatía una vez más en las dificultades económicas y la compañía utilizó como excusa esa caída para reducir dramáticamente el monto de lo que, tradicionalmente, solía ser un generoso aguinaldo. Por cierto que la crisis fue superada, pero la disminución del aguinaldo se ha mantenido (qué curioso: lo mismo sucedió con las tenencias de los automóviles).

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En fin, lo que quiero decir es que no había mucho de qué alegrarse. Personalmente, la sola llegada de este ingrato periodo ya me pone de mal humor, pero encima durante el festejo había que tolerar, a ritmo de música caribeña, los horribles canapés y las atroces bebidas nacionales.

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Entre los convidados estaba José, recién incorporado a la firma. Hosco y retraído, egresado de la carrera de contabilidad, llegó al brindis como una quinceañera a su baile. Supongo que, igual a lo que les pasa a ciertos adolescentes, el tipo midió mal las "cucharadas", pues en menos de una hora ya traía una genial borrachera que rápidamente lo estaba convirtiendo en amigo de todos los presentes.

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Así como no entiendo las celebraciones navideñas –y mucho menos aquellas que organizan las corporaciones, en las que a veces gastan el equivalente al presupuesto de una dependencia estatal–, tampoco comprendo a los que las agarran como pretexto para mejorar sus "relaciones interpersonales" con sus compañeros de trabajo.

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Ese día José festejaba su ingreso a las filas del empleo, consciente de su buena fortuna. A los 10 minutos ya tenía "secuestrado" a uno de los gerentes de Operaciones, discutiendo quién era el responsable de los "errores de diciembre". Media hora después, era el dueño de la pista de baile. Su popularidad sólo competía con la de las máscaras de látex del ex Presidente de moda que se vendían en cada esquina. Para colmo, con "generosidad impar" la empresa sorteó un televisor a color. ¿Y quién creen que se lo ganó?

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Eufórico, José casi no podía aceptar su buena suerte, así que siguió bebiendo, hasta que alguien lo tuvo que sacar a la fuerza del baño de mujeres, donde había amenazado con desnudarse (reclamado que le pusieran música techno). Otros me han dicho que esa escena es falsa y que, en cambio, habría deambulado de mesa en mesa exhibiendo –quizá un par de ocasiones– sus "partes nobles".

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Como sea, el tipo fue el último en abandonar el local, televisión en mano. Nunca supimos si el aparato era de buena calidad, pues esa misma noche lo asaltaron en el taxi que lo llevaba a su casa. Tampoco logramos esclarecer por qué José no se presentó a trabajar la siguiente semana y renunció a principios de enero.

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Los más maliciosos aseguran que su breve trayectoria en la organización confirma su conducta "indecente", si bien todos hablan de oídas y nadie fue testigo de los hechos. Yo creo que, en todo caso, habrá descubierto su verdadera vocación y decidió olvidarse de la contabilidad y la carrera corporativa.

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