Misterios privados y cosa pública

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Ricardo Medina Macías

En noviembre de 1987 la devaluación enloqueció temporalmente al Gordo Basurto. Por fortuna, el Gordo recobró la sensatez y, gracias a la abrupta caída del peso que preparó el terreno a la "era de los pactos", abandonó su incipiente equivocación de yuppie financiero por su auténtica vocación de filósofo tras el mostrador de una mercería.

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El Gordo conserva la serenidad en medio de esta nueva tormenta que nos dispensó el inefable Jaijo Serra en vísperas de Navidad. Lacónico, el Gordo recuerda a Séneca: "Cuando el nauta no sabe a qué puerto se dirige, todos los vientos son contrarios".

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El punto vital, en esta y otras materias de interés público, es saber a qué puerto vamos. Y por ahora los mortales comunes y corrientes no tenemos clara la ruta. Es más, no sabemos si la nave pública va o viene, si sufrió un mero incidente en su camino o si ha virado de rumbo y de especie.

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Por ejemplo, argumenta mi amigo, a la fecha seguimos sin saber si fue una devaluación buscada o un desenlace inevitable. Algunas voces en el gobierno aseguran que no había otro remedio y que no se ha perdido la continuidad del programa económico; otras voces oficiales endulzan el episodio diciendo que ayudará a bajar tasas de interés, estimular exportaciones y corregir el desequilibrio de la balanza comercial.

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Ante esto uno queda con la agobiante sensación de que seguiremos a merced de todos los vientos. Los grandes asuntos públicos que nos afectan a todos siguen estando estrictamente privatizados en México. Esto no es nuevo, pero es muy irritante y explica por qué ha ido creciendo exponencialmente la desconfianza de la sociedad hacia el gobierno.

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Hay un verdadero catálogo de asuntos públicos, cuyas explicaciones últimas permanecen en un ámbito tenebroso: no sabemos si Pedro Aspe declinó estar en el gabinete o el nuevo presidente decidió prescindir de sus servicios. El tema no es baladí ya que tanto los inversionistas nacionales como los extranjeros consideraban al ex secretario de Hacienda como una garantía de solidez en la conducción macroeconómica. A lo mejor Aspe es un mito genial, pero si así fuera el nuevo gobierno haría bien en demostrarlo.

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Más grave aún, y según intuyen algunos economistas avezados en el manejo de las cifras macroeconómicas, no sabemos si las prendas de tan buenos economistas en el sexenio pasado sólo fueron instrumento para simular bonanzas que no existían y sostener bonitas fachadas sin cimientos. ¿Cuál era el monto real de las reservas de divisas el 20 de diciembre? ¿De veras tenemos equilibrio fiscal? ¿No valuamos la gravedad de los problemas hasta que el techo de la casa se nos vino encima?

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No sabemos si el gobierno dialogará o guerreará en Chiapas. Tan enmascarado como Marcos está el auténtico rumbo que seguirá el gobierno en el conflicto del sureste. Desde luego no sabemos los motivos del subcomediante pero tampoco estamos ciertos de los motivos del nuevo gobierno. Lo único cierto es la injusticia secular que ha sido terreno abonado para este conflicto.

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No sabemos si el modelo económico de los últimos seis años se considera fracasado o ha sufrido sólo un percance.

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Conocer la cocina, donde se guisa todo lo que comeremos y saber los argumentos de los cocineros para poner más sal, reducir la dosis de mantequilla o utilizar más hierbas de olor, es un derecho de los comensales.

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Cuando menos debemos saber si comemos liebre a la naranja o gato teñido. De otra forma, tenemos la penosa situación de estar en un restaurante extraño y ajeno (chino, francés o polaco), en el que los nombres misteriosos y ampulosos, en la carta, a veces sólo esconden un modesto consomé de pollo o un pedazo de carne muy condimentado.

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La privatización de los asuntos públicos es el terreno fértil para que florezcan formas bastardas de la vida pública, como la publicidad a la vida privada de los personajes públicos (que nos debiera interesar un rábano), o la arrogancia de los pocos hombres de la tribu que aseguran tener acceso exclusivo y privilegiado a los hombres del poder.

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Tal vez el problema empieza por haber separado a los hombres públicos del resto de la comunidad, como si fuesen seres excepcionales, diosecillos a los que los simples mortales no podemos comprender cabalmente.

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Por algo Chesterton decía que esto del gobierno, en una democracia, es cómo sonarse uno las propias narices o el ayuntamiento de los sexos, cosas que siempre es mejor que los mortales hagamos por nuestra cuenta.

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El autor es egresado de la licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana, periodista especializado en economía y finanzas y director editorial del diario El Economista.

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