Moda y confección. Vestidos para la cri

Como en la historia de Penélope, los confeccionistas deshilvanan su predilección anterior a la dev
Dino Rozenberg

Después de seis años de pérdidas y quebrantos que amenazaron la existencia misma de la industria, los confec­cionistas mexicanos empiezan a ver la luz. Aunque en 1995 las ventas domésticas resintieron la contracción del mercado, la devaluación del peso les dio a la vez una considerable ayuda: abrió las puertas para la exportación y puso fuera de combate a gran parte de las importaciones. De este modo, la producción nacional ocupó otra vez los estantes de los autoservicios, las - boutiques y las tiendas departamentales. Pero la luz que se ve es todavía débil: con todo y la protección de un dólar rondando los $7.50 pesos, las ventas totales en 1995 resultaron 27.79% menores que las de 1994.

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Según explica Ramzy Casab, presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (CNIV), el Programa de Promoción de la Cadena Textil-Confección, instrumentado a lo largo del año pasado, permitió reducir el flujo de importaciones en 76%. El programa se apoyó en el aumento de los aranceles y la imposición de cuotas compensatorias a las importaciones procedentes de China y otros países.

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Gracias a estas iniciativas, y a pesar del alto costo del dinero en el circuito financiero, el resumen del año fue relativamente satisfactorio: las exportaciones crecieron en 136% y la balanza comercial registró una pérdida de $157 millones de dólares, cantidad bastante menor a la de 1994, que superó los $660 millones. La maquila de confección y ensamble también mostró un comportamiento positivo: en 1995 sus exportaciones aumentaron 68%, para totalizar $2,087 millones.

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Ventas a la baja
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Un estudio realizado por la CNIV revela que de 1987 a la fecha las ventas reales de la industria de la confección han caído en casi 50%, sobre todo por las agresivas importaciones realizadas al amparo de la apertura comercial. Debido a sus precios bajos, estos productos deprimieron los valores internos y les impidieron crecer al ritmo de la inflación. El efecto benefició a los consumidores finales, que en estos años obtuvieron una mayor oferta y con un desembolso menor, pero a costa del cierre de decenas de pequeñas y medianas empresas que surtían el mercado nacional. La tendencia, ahora, muestra una creciente concentración de la actividad industrial en empresas de mayor tamaño, tecnológicamente más eficientes y sobre todo con capacidad exportadora.

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Entre los factores que favorecen a la industria nacional, Casab menciona la subvaluación cambiaria, el bajo costo del factor trabajo, la caída drástica de las importaciones legales y el contrabando, y la desgravación arancelaria en el marco del TLC.

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“La devaluación alienta la competitividad respecto de la oferta importable y abarata relativamente la producción nacional en el exterior —explica—, mientras el precio de la mano de obra se ha reducido en términos reales y resulta atractivo para vender ensamble o maquila y hasta para atraer coinversiones o capital de riesgo extranjero”.

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La ley de las compensaciones también reconoce la existencia de condiciones desfavorables para el desarrollo industrial, entre ellas el bajo perfil tecnológico en sistemas de gestión gerencial, procesos de manufactura e ingeniería de diseño, donde todavía predomina el empirismo, y la administración no profesional. También son obstáculos la pulverización de la oferta, representada por más de 11,000 empresas (con 27 empleados en promedio) y el hecho de que los proveedores de materias primas y los clientes mayoristas impongan una serie de pesados condicionamientos en materia de plazos de pago, devoluciones y precios.

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Según la CNIV, en el ciclo de recuperación de sus cuentas por cobrar las empresas enfrentan un rezago promedio de 30 días respecto de sus cuentas por pagar. Los confeccionistas pagan a sus proveedores al cabo de 60 días, pero sus clientes les pagan, descontando devoluciones, al cabo de 90. Casi un tercio de las cuentas se recuperan en 120 días y más. El endeudamiento también es preocupante: un sondeo de la CNIV determinó que 60% de las empresas tiene un -apalancamiento de 70% o más.

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El ejemplo de los trajes
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Dentro de la variada oferta de la industria de la confección, el traje de pura lana para caballero es considerado un buen ejemplo para demostrar las veleidades del sector. El costo de los casimires la convierte en la prenda de más alto precio relativo y una de las que muestra mejores posibilidades de encontrar colocación tanto en los mercados internos como en los de exportación.

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Jacobo Jassan, subdirector general de Confecciones Europeas y titular del comité de trajes de la CNIV, señala que este segmento tiene un enorme potencial de ventas, pero que todavía enfrenta limitaciones como la cuota impuesta por Estados Unidos a la exportación de prendas fabricadas con telas de países distintos del TLC, ridículamente reducida a 162,000 trajes anuales. Varias de las grandes fábricas mexicanas podrían cubrir esta cuota por sí solas.

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Jassan explica que cuando se negoció el TLC, los industriales estadounidenses vieron a México como una gran amenaza y pugnaron por cerrarle el paso. En cambio, otorgaron libertad absoluta a Canadá y dieron a otros países beneficios incluso mayores que a México. Costa Rica y República Dominicana, por ejemplo, pueden exportar hasta 400,000 unidades por año.

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El resultado de la estrategia es paradójico: Canadá exporta más de tres millones de trajes con telas de Europa y Asia y ha ocasionado el cierre de por lo menos cuatro antiguos fabricantes de trajes de Estados Unidos.

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Jassan explica que, contra lo que ocurre en México, la industria canadiense del traje ha sido fuertemente apoyada por el Estado. La marca -Peerless, que exporta a Estados Unidos 1.5 millones de trajes por año, recibe créditos a 20 años y sin intereses para la compra de su equipo. Además, 50% de su mano de obra es gratuita, lo que se consigue a través de subsidios, programas de aprendizaje y otras estrategias.

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Aunque bajo los términos del TLC México puede exportar trajes elaborados con textiles de la región sin cuota ni límites, Jassan señala que la expansión de este mercado enfrenta dos problemas: los grandes fabricantes de casimires no alcanzarían a abastecer una gran demanda y carecen del prestigio y la variedad de los tejidos que se producen en otros países, sobre todo los europeos.

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Peerless puede poner en el mercado de Estados Unidos un traje con tela italiana, que se vende mucho mejor que el de tejido americano o mexicano —apunta el industrial—. Hay en ellos un concepto de moda, color y textura del que carecen los textiles, incluso los de Estados Unidos”.

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Jassan reconoce que resulta muy difícil renegociar la cuota, pero que la CNIV seguirá peleando un trato equitativo entre los tres países. “No es justo que Estados Unidos le dé preferencia a Canadá y castigue a México. En estas condiciones, los fabricantes mexicanos ni siquiera podemos cubrir la cuota establecida porque los compradores sienten que nuestras relaciones no tienen futuro. No les podemos asegurar que tendrán mercancía en los volúmenes necesarios, o que podremos resurtirles la temporada siguiente. Hay grandes mayoristas, como -Men’s Wearhouse, que podrían comprar toda la cuota en un solo pedido”.

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Con la capacidad instalada actualmente, México puede exportar de 550,000 a 600,000 trajes sin desatender el mercado interno. Confecciones Europeas produce 275,000 al año, con las marcas -Bagliani, Celso Cellini, Givenchy y otras; Confitalia, una empresa vinculada a Rivetex, produce alrededor de 280,000. Según datos de la CNIV, en México se fabrican anualmente entre 700,000 y 800,000 trajes para el mercado nacional y 220,000 para la exportación.

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Mercado nacional del traje
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Si el mercado de exportación tiene sus aristas agudas, el mercado interno no las tiene menos afiladas. Para empezar, los industriales nunca olvidan su polémica relación con los proveedores de telas y casimires. La historia es parecida a la de otras industrias: durante la época proteccionista previa a 1986, los tejedores formaron un verdadero oligopolio, que regía el mercado y fijaba precios y condiciones en forma caprichosa.

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Dice Jorge López Perera, director general de Men Lova: “Hace 15 años los textileros hicieron un negocio divino porque el confeccionista no tenía la libertad de importar las telas. Fabricaban lo que querían, cuando querían y lo vendían al precio que querían. En esos tiempos se pedía la tela con seis o siete meses de anticipación, a precio abierto. Al cabo del plazo podía ocurrir que el fabricante no tuviera ni el 20% del pedido, y trataba de vender cualquier otra cosa. No había más salida que aceptarlo”.

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Con la apertura comercial, los confeccionistas se dedicaron entusiasmados a importar telas de Italia, Inglaterra y Corea, y posteriormente de Uruguay, Chile y Perú. No sólo se -importaron telas: muchos comercios y tiendas departamentales trajeron trajes de diferentes países, desde los más exclusivos de Alemania, Francia e Italia, hasta los de precios medios y bajos de Oriente, Europa del Este y Sudamérica. Este movimiento, incluso, forzó a algunos confeccionistas a abrir sus propios canales de distribución, lo que dio nuevos bríos a la industria.

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En opinión de López, el menudeo y la exportación fueron la clave para la supervivencia de muchos confeccionistas, que ya no podían depender de sus ventas -a boutiques y tiendas departamentales. Afirma además que el traje es la prenda que ha sostenido a la industria del vestido en estos tiempos difíciles, aun -cuando su uso en México sea menor al de otros países.

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“Mucha gente que necesita el traje para mostrar cierta imagen profesional, carece de los recursos para afrontar el gasto con soltura. Por eso es que la moda cambia tan lentamente.”

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En el caso de Men Lova, López señala que 90% de su capacidad instalada está dedicada a la exportación de trajes de hombre y, sobre todo, de mujer. “Ese volumen nos da el soporte para castigar el precio en el mercado nacional y estar a la altura de la competencia. Hablando honestamente, nuestro producto es tan bueno y tiene el mismo minutaje que el mejor traje hecho en México. Si tuviéramos que pagar regalías por una marca extranjera o afrontar los gastos de operación e imagen que tienen otras empresas, sobre todo las tiendas -multimarca, los precios se irían para arriba y no tendríamos la rotación que requerimos”. Men Lova tiene dos plantas industriales, ocupa 1,000 trabajadores y fabrica 4,500 trajes al día.

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Todo está como antes
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A partir de 1995, como efecto de la devaluación, las importaciones de telas y prendas terminadas sufrieron un gran recorte y muchos negocios debieron revisar sus estrategias. Los comerciantes regresaron mansamente con sus antiguos -confeccionistas y éstos, a su vez, con sus abandonados textileros de antaño.

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Este reacomodo de fuerzas, que incluye una que otra lagrimita y la promesa de no repetir viejos errores, determinó que el mercado mexicano del traje entrara en una especie de curioso auge que combina caídas en las ventas, aumento en la oferta y una agresiva guerra de precios, sobre todo en el sector de los productos más económicos, donde las prendas se ofrecen con descuentos del 40 y 50%. Como modelo de este entusiasmo se menciona el caso de la cadena Aldo Conti, que en cosa de dos años abrió 60 tiendas, algunas de ellas en centros comerciales exclusivos como Plaza Satélite, Santa Fe, Peri sur y Centro Coyoacán. Aunque inicialmente se dedicó a vender productos a precios muy económicos, su estrategia actual parece dirigida a un público más seleccionado, al que ofrece trajes con casimires Rivetex y precios alrededor de $700-800 pesos. El extraordinario crecimiento de esta empresa, que tiene antecedentes más bien modestos, es una incógnita que tiene perpleja a la industria.

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“La competencia es lo mejor que le puede pasar a la industria —dice Jassan—, siempre y cuando sea leal. La desleal, de aquellos que importaban saldos o prendas de ínfima calidad, nos lastimaba a todos, incluyendo al consumidor. Eran negocios muchas veces emprendidos por gente ajena a la industria, que afectaban al mercado. Afortunadamente, estos importadores de oportunidad ya han desaparecido.”

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El futuro de las exportaciones. Para confeccionistas como Jassan, el traje mexicano tiene una confección equiparable a la de los buenos productos de otros países y estima que en sus versiones de marca propia o -private label, debería ocupar el segmento de $299 a $349 dólares valor mercado.

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“Es un buen traje y México puede ocupar ese nicho, que representa volúmenes considerables. No queremos convertirnos en maquiladores (sería un error grave) ni podemos aspirar al mercado de trajes de $800 dólares, para el que se requieren marcas reconocidas a nivel internacional. Debemos admitir que ese es nuestro nicho de mercado; si no fuera por el límite de la cuota, podríamos vender millones de prendas al año.” La afirmación no es idealista, puesto que Estados Unidos es el mayor consumidor mundial de trajes: toda la capacidad de fabricación de México sería insuficiente para satisfacer la demanda de California.

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El dirigente Casab sabe que la bonanza exportadora no es una garantía a largo plazo y la cámara ha señalado que, hacia el mediano plazo, la presión de la oferta importable se acrecentará a medida que el margen de subvaluación del peso tienda a cero. Empero, reconoce que “la coyuntura actual nos concede un periodo que debemos explotar en el desarrollo de un cuerpo industrial exportador de prendas”.

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Es lo que dice también López, que exporta sus prendas desde hace casi una década: “El que vea el negocio en términos del tipo de cambio está equivocado. Ahora nos toca ganar, pero la diferencia se va a equilibrar. Para mantenerse en el largo plazo, el fabricante debe basarse en los costos internacionales. Si no podemos ser competitivos es mejor dedicarse a otra cosa.”

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