Émpléate a ti mismo

Una fundación se aplica en lo que otras claudicaron: apoyar a individuos que buscan ser empresarios
José Ramón Huerta

En el recinto, una veintena de personas escuchan diferentes relatos de iniciativas personales malogradas. Es gente que fue despedida por sus compañías u hombres de negocios que ya no saben de dónde asirse para volver a levantar vuelo. Todos son testigos del fracaso del plan del gobierno foxista que prometió la reactivación del país por medio del apoyo a changarros o, más elegantemente dicho, los créditos destinados a microempresarios. A veces las historias tienen que ver con la pequeña compañía que no pudo ser; otras refieren la actual imposibilidad de conseguir empleo. Los asistentes concentran su atención en todos los detalles por un motivo muy simple: la información que emerja de este intercambio de narraciones les servirá para arriesgarse en otro intento más de vida productiva.

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Pero también los asistentes a las sesiones de la Fundación ProEmpleo Productivo dicen que empiezan a dejar de ser algo que en efecto eran: gente desesperada. A través de los cursos, con duración de un mes, los concurrentes son inyectados con un sentido de valía productiva del cual descreían y se les dota de herramientas metodológicas para ser empresarios profesionales o, acaso, mejores postulantes a un puesto.

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“No somos paternalistas ni asistencialistas –aclara Yemi S. Zonana, directora de la institución desde hace dos años–. Los que llegan y tienen éxito es porque quisieron tenerlo, no esperan que nadie les regale nada. Sólo 30% de la gente que viene puede pagar lo que cuesta el servicio ($3,000 pesos), pero a los que no pueden dar la aportación mínima de $300, se les beca y pagan cuando pueden.”

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Autoestima y estrategia
“Cuando llegué al grupo éramos 17 personas –dice Rubén Jurado, propietario de El Leoncito, un taller de reparación de calzado–, y de ellos, cinco desarrollaron una compañía; los demás no lo hicieron, pero sin duda el curso les cambió la vida.” Este hombre es un ejemplo de lo que ProEmpleo puede hacer a través de sus cuatro módulos, uno por semana, que totalizan 80 horas, y un seguimiento puntual de cada caso.

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El primero de ellos trata sobre desarrollo humano, quizás el tema que más hondo cala entre los asistentes. En palabras de Jurado, es ahí donde “nos enseñan a querernos más, a darnos cuenta de que hay que hacer un compromiso con uno mismo, de que uno tiene la capacidad de competir contra cualquiera”. El empresario señala que el cambio de actitud, más los conceptos de mercado aprendidos desde la primera semana, lograron que su taller doblara sus ingresos y él pensara en abrir un local más e incluso diversificarse.

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Una vez que la autoestima se ha consolidado, durante las siguientes tres semanas se sirve el plato fuerte que hace que emerja el hombre de negocios que algunos llevan dentro. Ventas, análisis de la competencia, causas del éxito y del fracaso, administración, contabilidad y finanzas son la antesala para la presentación final de un plan de negocios por parte de los pupilos.

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Todo cuesta
La iniciativa es loable, pero cuesta. Como asociación civil cuyo patronato está presidido por el propietario de Grupo Comex, Alfredo Achar Tussie, los recursos provienen en gran parte de aportaciones de 136 benefactores, casi todos empresarios, que proporcionaron $4.7 millones de pesos al cierre del año pasado. Las demás fuentes de financiamiento son por concepto de convocatorias de diversas instituciones gubernamentales o privadas, venta de cursos, cuotas de recuperación y otras actividades. “Continuar este esfuerzo representó un gasto anual de $5.3 millones de pesos”, revela el directivo en el informe de 2002.

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Las operaciones de esta fundación iniciaron en el Distrito Federal en 1995, y su ejemplo ha cundido en plazas como Saltillo, Xalapa, Toluca y Tuxtla Gutiérrez, a las que le seguirán algunas más durante este año. Pero la capital del país, sin duda, ha sido el terreno propicio para ProEmpleo. Rosalba Robles, subdirectora del programa de Calidad integral y modernización de la capital, explica la forma en que respaldan iniciativas como la de esta organización: “Al capacitador, sea fundación u otro despacho privado, lo vemos como un oferente de servicios. El Gobierno del DF apoya a la empresa y a sus trabajadores que solicitan capacitación y pagamos un porcentaje de ello: a la microempresa le cubrimos 80% del costo, a la pequeña 70% y a la mediana 60%. Lo demás lo recibe el despacho o fundación que ofrece la capacitación.” La fundación se nutre de estas acciones y, además, con la impartición de cursos a los locatarios de mercados públicos, pagados también por la autoridad capitalina.

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“Cuando entró Carlos Abascal Carranza a la Secretaría del Trabajo –refiere la directiva– dejaron de beneficiarnos a través de un programa llamado Calidad integral y modernización. Dijeron que no habría más apoyos a las personas que no estuvieran dadas de alta en Hacienda y en el IMSS. Entonces empezamos a allegarnos recursos vendiendo sesiones de capacitación, por ejemplo, a la Secretaría de Desarrollo Económico del DF. Y no nos arrugamos, crecimos al doble en fondos y en gente capacitada.”

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ProEmpleo califica como lo haría cualquier despacho de asesoría y obtiene recursos para seguir ofreciendo becas a las personas que se acerquen a la fundación. Pero las necesidades siempre rebasan las intenciones y su directora se dio a la tarea de buscar fuentes alternas. “Para atraer más recursos –narra– tenemos un programa que consiste en que alguna compañía  con compromiso social pero en dificultades, y que se vio obligada a despedir gente, nos pide cursos para esas personas. Los ex empleados están lastimados, hay duelo, pero al final agradecen a la firma que les dé la oportunidad de seguir en otro lugar con una vida productiva.” Hay organizaciones que contratan a ProEmpleo para que capacite gente que aún sigue en activo. “Les cobramos $1,000 pesos por persona, mientras otras empresas piden $5,000”, informa la entrevistada.

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Se corre la voz
¿Es infalible el modelo de la fundación? Habla Sonia Ortiz López, que durante 38 años trabajó en el sector bancario y llegó a ser directora de área, teniendo a su cargo 10 sucursales de Banorte. Ella es una de las personas que después de la capacitación de ProEmpleo no ha podido echar a andar su proyecto empresarial. “El curso es un éxito, pues por un pago mínimo uno recibe mucha información y apoyo –acepta–. No desarrollé mi idea de negocio por una cuestión particular: quería importar de todo desde Centroamérica, cabezas de ganado incluidas, pero ahora me percato que debí haber ubicado un aspecto específico, algo que ahora intento. En los módulos me dieron las bases de lo que se debe considerar en los negocios y algo igual de importante: me dieron valor, con lo que una llega a sentirse como gran empresaria.” Ortiz sigue acudiendo a las sesiones de la fundación, no quita el dedo del renglón; confía en que su empresa, Global Businesses, levantará en el corto plazo.

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Cierto, los asesorados por la fundación son sus mejores propagandistas. Así como la emprendedora del caso anterior, Jurado, el propietario de El Leoncito, también ha recomendado la Fundación con personas que ya ven los frutos de acudir a la institución. Una de ellas es una vecina, Lourdes Báez, que primero intentó con un puesto de tacos y luego de recibir la capacitación montó un negocio que hasta la fecha sigue boyante: la estética Gerlini. “Me indicaron cómo reconocer la competencia, el cuidado básico de la administración y las finanzas, los posibles riesgos, la imagen que mi negocio necesitaba. Me ahorraron muchos gastos y esfuerzo”, comenta. Otro caso: el dueño de una firma proveedora del taller El Leoncito, llamada Plantillas King, acudió a ProEmpleo y los cambios fueron inmediatos. “Modificó totalmente el empaque de sus plantillas, les dio una identidad y además les puso antibacterial. Ahora va contra su competidor internacional, que hace un producto más elaborado”, refiere Jurado.

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Los logros no son fáciles de ocultar. La organización puede preciarse de haber capacitado hasta la fecha a más de 11,000 personas y de ser merecedora de donativos por parte de instituciones que no suelen soltarlos a cualquiera que toque a la puerta. Uno de ellas es JP Morgan, que luego de realizar una revisión profunda de sus números y objetivos les benefició con $30,000 dólares al año. Si la Fundación prueba que puede seguir haciendo bien las cosas recibirá esa cantidad (la más alta que otorga la corporación financiera) por tres años consecutivos.

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Pero –siempre hay un pero– el crecimiento de la firma podría depender de que no mejorara la situación económica del país. Zonana está consciente de eso, pero le gusta ver al organismo como algo que pueda funcionar, no sólo como válvula de escape a la crisis: “Quiero que así como el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas es el sitio donde estudian los grandes empresarios de México, ProEmpleo sea el lugar para dar asesoría, capacitación y seguimiento a los proyectos de los microempresarios. Y todo por $300 pesos.”

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