Más allá de América del Norte

Hace 20 años, México utilizaba el TLCAN para transformar su economía; la estrategia post-TLCAN exige una transformación igualmente profunda.
Alan Stoga

Se hayan dado cuenta o no, las empresas mexicanas se enfrentan a un creciente desafío estratégico: la estrategia política y económica  cada vez más ligada al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de las últimas dos décadas se ha agotado como catalizador del futuro crecimiento y de la creación de empleo. Los líderes empresariales -y, ciertamente, los políticos del país- necesitan desarrollar y ejecutar una estrategia que vaya más allá de América del Norte, sin perder los beneficios  del acceso privilegiado a lo que seguirá siendo por muchos años la mayor economía de consumo y el más profundo mercado de capital del mundo.

Al igual que lo que sucedió anteriormente con Japón,  Estados Unidos ha ingresado a su propia década perdida. Sus gobiernos (a todos los niveles) y hogares tienen deudas excesivas; la flexibilidad de su política económica estuvo demasiado hipotecada durante la Gran Recesión; y sus políticos son cada vez más parciales al momento de tomar decisiones racionales a largo plazo. El resultado ha sido una recuperación dolorosamente lenta y vacilante de la economía. Dos años después del fin oficial de la recesión,  a economía no logra resucitar, y el desempleo se ha estancado en aproximadamente 9%.

El problema es más que un tema cíclico. La capacidad de la economía estadounidense para generar nuevos empleos ha estado decayendo desde la década de los 80, y las tasas de crecimiento han experimentado una baja constante. Esta economía -que alguna vez fue la envidia del mundo por su capacidad para generar empleos- ha perdido su resiliencia. Ciertamente, según un análisis reciente de McKinsey, es probable que Estados Unidos necesite tres años más para volver a los niveles de empleo pico de antes de la recesión. En contraste, entre 1948 y 2000, el empleo se recuperaba en 16 meses, en promedio.

Hay una amplia combinación de factores subyacentes en esta tendencia al estancamiento: el deterioro cada vez mayor en la educación primaria y secundaria, la excesiva confianza en la deuda para sostener el consumo, una infraestructura que envejece peligrosamente, la tendencia insostenible a aumentar la propiedad de viviendas, los costos de salud y bienestar social de una población que está envejeciendo y es cada vez más desigual. Encima de todo, ni el presidente George W. Bush ni el presidente Barack Obama estuvieron dispuestos a subvencionar las costosas intervenciones militares internacionales con aumentos de impuestos: sólo el gasto de defensa alcanzará casi 1 trillón de dólares durante este año.

Algunos de estos factores son los resultados casi inevitables de una economía madura y de una población envejecida; pero lo negativo se podría transformar en positivo con las políticas adecuadas de gobierno. Desgraciadamente, independientemente de que sean los demócratas o los republicanos quienes detenten el poder, es prácticamente nula la posibilidad de que Washington aborde a corto plazo estos problemas subyacentes. Ciertamente, todos los incentivos políticos están orientados en el sentido contrario: es mucho más probable que los políticos sean elegidos en base a sus promesas de lo que no van a hacer que en base a su voluntad de abordar los resultados acumulados gracias a décadas de despilfarro.

Una consecuencia ha sido un dólar estructuralmente débil, lo cual es inusual en periodos de crisis globales. Pero las tasas de interés  excesivamente bajas fijadas por la Reserva Federal alientan a retirar capitales de Estados Unidos para invertirlos en países que ofrecen mayor rentabilidad: desde enero del año pasado, el precio del dólar ponderado en el comercio exterior ha caído más de 9%, y ha caído más aún con respecto al peso.

La consecuencia es que la proyección de base del crecimiento económico de EU para los próximos cinco a siete años está más próxima al 2 que al 3%, teniendo en su contra el balance de riesgos. Además, son pocas las posibilidades de que se pueda dejar atrás los masivos estímulos monetarios y fiscales de los últimos cuatro años  sin ingresar en un escenario de inflación seguida de crisis.

¿Y esto qué significa para México?

En primer lugar, en función de las tendencias actuales, durante el resto de la década el país estará importando de Estados Unidos el estancamiento, sazonado con una pizca de crisis.

En segundo lugar, es probable que el dólar se mantenga en una situación de debilidad estructural, incluso con respecto al peso, con lo cual se achicarán los márgenes para los exportadores.

En tercer lugar, es poco probable que Estados Unidos implemente una reforma migratoria integral en un futuro cercano; en una época de débil desempeño económico, seguirán proliferando las iniciativas en contra de los inmigrantes -tanto a nivel federal como local- y también podría incrementarse la tendencia a militarizar la frontera.

Cuarto, casi no hay posibilidades de que Estados Unidos adhiera a cualquier profundización sistemática del TLC. Al mismo tiempo, casi no existe el riesgo de una disminución significativa de las condiciones del tratado.

Esto no es una condena al TLCAN, que fue la política correcta en el momento justo tanto para México como para Estados Unidos. En un escenario de políticas fiscales, económicas y de comercio prudenciales (y de un entorno regulador que se desarrollaba de manera sumamente lenta), las empresas mexicanas aprovecharon la apertura a Estados Unidos, accedieron a nuevos mercados, redujeron sus costos de capital, mejoraron su tecnología y su capital humano y lograron que sus operaciones fueran más eficientes. El TLCAN aportó en todos estos aspectos, pero es hora de avanzar más allá del tratado.

Hace 20 años, México utilizaba la perspectiva del TLCAN para transformar su economía; la estrategia post-TLCAN exige una transformación igualmente profunda. En aquel momento se trataba de abrir la economía; ahora se trata de  transformarse en un país competitivo a nivel global. La última  encuesta de competitividad del Foro Económico Mundial ubica a México en el lugar 66 entre 139 países. Esto es por debajo de China, Brasil, India, Indonesia, Corea y Sudáfrica, es decir, de las naciones cuya dinámica ya define los mercados del siglo XXI.

Esta falta de competitividad tiene un precio: si México no puede competir a la par de los grandes mercados emergentes, es probable que su población sea más pobre de lo que debería ser y que sus líderes no tengan un lugar real en la mesa de negociaciones globales que, tarde o temprano, será la que reestructure el sistema financiero y económico global. Lo primero es inmoral, pero lo segundo es, quizá, más grave, ya que condena a México a formar parte de una segunda división por muchos años más.

Una nueva estrategia global empieza en casa. En un mundo con escasos recursos energéticos y de alimentos, México tiene el potencial para ser un importante productor y exportador de ambos recursos. Esto implica no sólo reformar el sector de hidrocarburos -Pemex está espectacularmente rezagado con respecto a las principales empresas privadas y estatales de gas y petróleo en cuanto a su capacidad para hallar y proveer gas y petróleo-, sino también invertir en fuentes de energía renovables, como la energía solar y la eólica, de las cuales México tiene gran abundancia.

En cuanto a la agricultura, a pesar de la considerable transformación experimentada durante las últimas dos décadas -y las fuertes alzas en las exportaciones-, México sigue siendo un importador neto de alimentos. Sin embargo, esto podría cambiar si el país adoptara tecnologías tales como gestión del agua, semilla emergentes o recuperación de suelos. Por ejemplo, hay un proyecto piloto en Yucatán que demuestra el potencial de los suelos abandonados e infértiles, para el cultivo a gran escala de biocombustibles de alto rendimiento.

El hecho es que México tiene que empezar a pensar su futuro de manera diferente, y también tiene que pensarse de manera diferente. Para bien o para mal, a menudo los inversionistas internacionales comparan México con Brasil al momento de decidir dónde invertir, y, para muchos de ellos, Brasil es la opción más atractiva. Podría decirse que esto refleja en gran medida el talento brasilero para auto-promocionarse, y el hábito mexicano de ser excesivamente autocríticos. ¡Todo el mundo sabe que Dios es brasileño!

Sin duda, no todos los problemas de México son imaginarios. El déficit de competitividad es real. La falta de seguridad, especialmente en el norte y en el sur del país, es real. Y la ineficiencia de las leyes y normas laborales también es real. Pero estos problemas -así como los problemas de energía y de agricultura- tienen solución. Lo único que se necesita es un gobierno que reconozca, como lo hizo Carlos Salinas hace más de 20 años, que México necesita un nuevo rumbo.

La política es una cosa; la realidad económica, otra. El desafío de México es aferrarse a todo lo que el TLCAN ofrece y, al mismo tiempo, definir relaciones nuevas y adicionales. Y no se trata de negociar más tratados de libre comercio de los cuales posiblemente México ya detente el récord mundial de acuerdos completados. Más bien, lo que se necesita son relaciones económicas, políticas, comerciales y financieras integradas que ofrezcan ventajas mutuas durante los próximos años y décadas.

¿Hacia dónde debería mirar México?

A corto plazo, hacia el sur. Finalmente, América del Sur ha llegado a su esplendor, con un crecimiento por encima de la media, impulsado por los altos precios de los commodities, las bajas tasas de interés y (en la mayoría de los casos) una buena política económica. La región está atrayendo importantes inversiones extranjeras, una cantidad cada vez mayor proveniente de China, así como flujos financieros. La oportunidad para México es que su experiencia, su cultura y su idioma hacen las cosas mucho más sencillas para los sudamericanos que con Brasil, que está tratando de imponer su hegemonía en la región. México podría ser una alternativa viable de hegemonía si reafirmara su liderazgo político, comercial y financiero.

A mediano plazo, hacia Oriente. La clase media asiática posiblemente sea el motor de crecimiento de los próximos 20 años. Para 2020, se proyecta que la clase media china será más grande que la clase media estadounidense, y para 2030, la clase media de India habrá superado en número a la clase media china. La oferta de productos y servicios que demandarán estos consumidores enriquecidos -y sus homólogos de otros países ‘emergentes'- será el motor de riqueza global. ¿Por qué México no debería ser parte de esta creación de riqueza?

Las oportunidades no pueden aprovecharse por decreto del gobierno, si bien son esenciales las políticas de gobierno adecuadas para la creación de un ambiente que permita a las empresas de México prosperar en un ambiente global en constante evolución. El país necesita una política exterior que vea más allá de Estados Unidos, políticas económicas para promover el espíritu emprendedor, la innovación y el crecimiento, y una política energética del siglo XXI. Nada de esto resultará fácil, pero, al mismo tiempo, nada de esto es imposible.

Además, el sector privado tiene que invertir en la construcción de una estrategia post-TLCAN. Sin duda, empresas como Telmex, Cemex, Gruma, Grupo México y otras llevan tiempo operando en América del Sur y, en menor medida, en el continente asiático. Pero es el siguiente nivel de compañías, al igual que las instituciones financieras del país, las que necesitan alejarse de sus zonas de confort centradas en EU. Por ejemplo, los bancos o los operadores bursátiles de México tienen escasísima presencia en Asia, sin duda, el centro de la generación de ahorros a nivel global. Y la experiencia y la excelencia mexicanas podrían utilizarse y aprovecharse para la búsqueda  de oportunidades de inversión por parte de China, especialmente en el sector agrícola y de recursos naturales.

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La única alternativa para definir una nueva estrategia global para México es esperar que Estados Unidos se recupere. Desgraciadamente, es probable que esta espera sea demasiado larga.

El autor es presidente y fundador de Zemi Communications.

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