Más expedientes pendientes

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Inició ya la temporada de huracanes y el paisaje económico no está exento de sufrir los estragos de las fuertes tormentas que anticipan varios analistas. El complicado entorno internacional, junto con los problemas derivados de la baja en los precios del petróleo y el interminable debate sobre los pasivos del Fobaproa, parecen suficientes elementos para que los mercados financieros sigan un tanto desquiciados.

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Y si bien las autoridades financieras del país argumentan que la economía mexicana se ha desempeñado bien ante esas circunstancias, ya que las cuentas nacionales no se han visto demasiado alteradas, existen otros factores de presión que deben ser tomados en cuenta. Baste con asomarse a la cargadísima agenda del Congreso en el próximo periodo septiembre-diciembre, para fácilmente adivinar lo que sucederá: se abrirán muchos más expedientes, sin cerrar ninguno. Los legisladores tendrán que discutir sobre el asunto Fobaproa, sobre la iniciativa de reforma laboral, sobre el próximo presupuesto de egresos de la Federación, sobre el problema de Chiapas, sobre la reforma -fiscal...

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¿Cómo tomarán todo eso los mercados? Difícil saberlo. Lo cierto es que ni Hacienda ni el Banco de México tienen mucho margen de maniobra. Una tasa de interés alta, que siempre será un buen freno a la devaluación y a la inflación, en automático desacelera el crecimiento económico, perjudica a las instituciones financieras y a los deudores, y sólo acaba estimulando el ingreso de capitales especulativos. Un peso más devaluado –o incluso, un alza en las tarifas de los servicios públicos– afecta de inmediato a los precios internos y vuelve a repercutir en las tasas de interés.

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¿Entonces? Queda la opción de un ajuste más al presupuesto o de empujar, como prioridad, una revolución fiscal que conceda justicia a los actuales causantes activos y equilibre las fuentes de ingresos de las arcas federales. Y es que, por lo pronto, pasa el tiempo y este país pareciera condenado a manejar una economía de guerra, más orientada a los crecientes compromisos del exterior y al permanente sacrificio de su población; lejos, muy lejos, de los estímulos reales a la productividad y a la competitividad.

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Por ahora, en efecto, los titubeantes mercados financieros no han contaminado demasiado a la economía real, aunque ya se observan señales de desaliento en el sector empresarial, que observa con mucho menor optimismo el resto de 1998, lapso en el que se presentarán las pruebas más duras. En un ambiente de inestabilidad internacional, seguir en el juego de abrir expedientes para nunca cerrarlos puede acabar con las escasas cosas ya logradas. ¿Cómo explicarle entonces a la gente que su descomunal esfuerzo no valió?

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