Más interés, por favor

Las firmas de capital privado buscan vencer el desconocimiento de autoridades y empresarios para pod
Joaquín Fernández

Pongamos que eres un hombre de negocios radicado en México y tu compañía elaborara un componente esencial para la industria automotriz, una tarjeta electrónica especializada con amplia demanda. Pero tu capacidad, tanto de producción como de gestión, no te da para fabricar más. Te da miedo pedir un crédito por la incertidumbre macroeconómica y las condiciones que exige el banco. ¿Qué hacer para seguir creciendo? Ahí es cuando entra en escena el capital privado, que no sólo funciona como proveedor de fondos, sino también como socio dispuesto a compartir el riesgo.

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El funcionamiento del Private Equity, como se conoce en otras latitudes, es relativamente sencillo: un grupo de inversionistas crea un fondo, detecta a una compañía mediana con alto potencial de crecimiento y le ofrece dinero y asesoría para desarrollarse y expandirse en forma acelerada. A cambio de la ayuda, la firma cede una participación accionaria, muchas veces mayoritaria. Al cabo de entre tres y cinco años, si todo ha ido conforme lo previsto, para recuperar su inversión el fondo buscará deshacerse de su parte a través de la colocación de los títulos en Bolsa o la venta a otra corporación que esté interesada en adquirirla. Los inversionistas obtienen así un jugoso retorno, cercano a 30% sobre el capital, mientras que la empresa logra una dimensión a la que jamás hubiera aspirado en tan pocos años. El capital de riesgo funciona como un acelerador de oportunidades para la economía y, por lo tanto, para la creación de valor y empleo.

-A diferencia del capital de riesgo, que se destina a organizaciones recién creadas, los fondos de capital privado se enfocan en conglomerados con una trayectoria ya demostrada y potencial de alto crecimiento en un futuro cercano por lo que, si bien es una inversión de alto riesgo, las variables suelen ser más controlables para lograr el éxito. Un ejemplo de ello sería Cinemex, cuyo desarrollo fue financiado por JP Morgan y hace poco adquirido por el grupo canadiense Onex Corporation, dueño de la cadena de cines Loews Cineplex.

-En Estados Unidos se destinan más de $150,000 millones de dólares al año a este tipo de inversiones, mientras que en México apenas si hablamos de unos $500 millones de dólares. Y eso es grave: en un país en donde la obtención de crédito sigue constituyendo un factor de desventaja competitiva más que multiplicador de negocio, y donde no hay manera de obtener recursos adicionales a través de la Bolsa, los empresarios deseosos de crecer se encuentran en una posición un tanto precaria. El capital de riesgo constituye una variable de vital importancia para el desarrollo del tejido corporativo mexicano. Ese es precisamente el hueco que pretenden llenar las firmas del sector en el país, que en años recientes han comenzado a proliferar.

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Despegue lento pero seguro
Tampoco se puede hablar de un crecimiento exponencial, pero sí es cierto que las compañías de capital privado en México, cuyo total se cuenta con los dedos de la mano, están experimentando un despegue lento pero seguro. Después del fracaso de las Sociedades de Inversión (Sincas), a las que ahora el gobierno pretende inyectar nueva vida, los fondos de private equity se vislumbran como un instrumento más profesional para la obtención de recursos. “Las Sincas fracasaron por una sobrerregulación del gobierno y el desconocimiento de los operadores”, comenta Ernesto Warnholtz, empresario y ahora fundador de Wamex, un fondo de capital privado.

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Este tipo de negocios está reimpulsando su actividad en México con personas especializadas a cargo, que ya poseen un amplio conocimiento de las reglas del mercado y una demostrada solvencia para llevar a buen puerto proyectos que muchas veces requieren complicadas operaciones de ingeniería financiera, asesoría legal y planeación estratégica.

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“Casi todo el dinero viene del extranjero”, explica Luis Videgaray, director de Protego, casa fundada por el ex secretario de Hacienda Pedro Aspe. Debido al tipo de inversión que se requiere y los riesgos que implica, el capital privado en México es un coto de caza casi reservado a los inversionistas institucionales, la mayor parte de ellos foráneos. Nombres como JP Morgan Capital Partners o GE Capital dominan el panorama.

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La falta de dinero mexicano es la norma, pero existen excepciones, como las dos agrupaciones recién creadas por AI Consultores, firma encabezada por el secretario de Comercio, Jaime Serra Puche, quien dice que la mayor parte de los $175 millones de dólares que ha recaudado para esos dos fondos –uno destinado a parques industriales y otro a empresas manufactureras de exportación– proviene de capital nacional. “La idea es hacer lo mismo que han hecho otras compañías estadounidenses, pero a la inversa: detectar marcas mexicanas susceptibles de tener mercado en la unión americana y ayudarlas a desarrollarse e implantarse”, explica Hernán Sabau, socio de la organización.

-Aspe, Serra Puche y hasta el ex director de Bancomext, Ángel Gurría, que acaba de crear un fondo de capital privado para el sector turístico, es decir, las cabezas pensantes de las reformas económicas de los años 90 están todas apostando por este sector. También está el caso del ya mencionado Warnholtz, quien con Wamex pretende aplicar su amplia experiencia en el ramo automotriz para ayudar a desarrollar aquellos negocios de autopartes con capacidad de exportación.

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Empiezan los problemas
Pero no todo es tan bonito. Por desgracia para el país, el sector enfrenta varias trabas para desarrollarse como empresarios e inversionistas desearían. Uno de los principales obstáculos radica en la falta de una legislación que proteja adecuadamente los derechos de los capitalistas que apuesten por una empresa. “Los fondos de capital privado en México están bastante desprotegidos desde un punto de vista legal”, explica Florencio López de Silanes, director del Instituto Internacional de Gobierno Corporativo en la Universidad de Yale. Junto con otros dos de académicos, este catedrático mexicano ha elaborado un sistema para medir la calidad de las instituciones de cada país, determinar la eficiencia en la protección de los derechos de los accionistas y acreedores, y establecer comparaciones mundiales.

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El caso de México está muy lejos del de Chile, país al que el investigador califica como “el rey del gobierno corporativo en América Latina”. Uno de los principales problema radica en el Código Comercial y es muy difícil esperar que se reforme. Los cambios en los últimos años de la Ley del Mercado de Valores lograron varios avances que aportaron mayor transparencia, pero no son suficientes para garantizar la óptima protección de los intereses de los inversionistas.

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Además de buenas leyes, es necesario que se cumpla una segunda condición: jueces que las sepan aplicar. “En México no hay experiencia en litigación de estos casos”, comenta el entrevistado. Por ello, existe el riesgo de que los jueces puedan anular un contrato que haya sido blindado para prevenir los efectos negativos de la ley. Así, si bien en Europa tampoco los códigos legales contemplan bien estas situaciones, la capacidad de los jueces a la hora de impartir justicia permite tener ciertas garantías de que los acuerdos se van a respetar.

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“Soy cautelosamente optimista, aunque la batalla está lejos de considerarse ganada”, comenta refiriéndose al hecho de que la actual administración de  Fox se muestra más favorable a la ley de mercado y al establecimiento de códigos de mejores prácticas. No obstante, permanecen los nubarrones en el sistema judicial: “Ahí no he detectado pasos esperanzadores.”

-Con el fin de evitar esta inseguridad jurídica, los fondos de capital privado recurren a varias estrategias, como ampararse en el derecho estadounidense o canadiense a la hora de realizar la inversión. Pero todos estos problemas legales afectan directamente al costo fijo de la transacción, que se incrementa por la complejidad jurídica de cada caso. Para una operación de $10 millones de dólares, entre $300,000 y $500,000 se esfuman en este tipo de costos. “No hay manera de establecer un modelo que funcione para una clase determinada de acuerdo. Cada vez que se busca efectuar un negocio uno se enfrenta con un nuevo problema a estudiar”, comenta Videgaray.

-Esa es una de las principales razones por las que en México sigue siendo muy arriesgado meterse en proyectos inferiores a los $10 millones mencionados. Por lo general, las transacciones promedio se sitúan en torno a $20 millones de dólares y, en todo caso, nunca son inferiores a $5 millones, lo que de entrada excluye que las firmas pequeñas tengan acceso a este tipo de capital.

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Falta de salidas
La otra gran traba para el desarrollo del sector radica en las llamadas “estrategias de salida” para la inversión. Antes de poner dinero, los fondos quieren asegurarse que van a poder recuperarlo en un plazo de tres a cinco años. En Estados Unidos es relativamente fácil, puesto que se puede sacar a Bolsa a la empresa y allí vender la participación del fondo. En el caso de México, todos los entrevistados coinciden: la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) no existe. El estilizado edificio que se construyó en el Paseo de la Reforma de la capital de la república podría casi considerarse un espejismo debido a la falta de liquidez de los valores que allí se negocian. “Quitando un puñado de compañías, la Bolsa está en la unidad de terapia intensiva. El problema es muy serio”, comenta Videgaray.

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De esta inanición ni siquiera se puede culpar al mal momento por el que atraviesan los mercados bursátiles en todo el mundo, puesto que la BMV tampoco vivió un despegue durante el boom de los años 90. El problema estructural de descapitalización se debe, por una parte, a la ya comentada falta de protección de los derechos de los accionistas minoritarios; segundo, a la migración a Estados Unidos de las empresas AAA, que prefieren cotizar en Nueva York; y finalmente, está el temible fenómeno de “la profecía que se cumple por su misma existencia”: como la Bolsa no tiene bursatilidad, no se invierte en ella, lo que provoca a su vez que no tenga bursatilidad...

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Para convertir este círculo vicioso en virtuoso, existe un remedio: permitir que las Afore inviertan una parte de sus ya abultadas cuentas en Bolsa. Aún no ha sucedido, pero todo indica que llegará más pronto que tarde. Gracias a las recientes modificaciones en la ley, los fondos de pensiones ya pueden invertir una parte en las Bolsas del extranjero e incluso en instrumentos más complejos, como los derivados. Algunos integrantes del sector califican estas medidas de absurdas, ya que hubiera sido más lógico que en primer lugar se autorizara la inversión en el mercado de valores autóctono. Pero también valoran estas disposiciones como pasos prometedores hacia esa meta crucial que permitirá el renacimiento de la actividad bursátil en el país.

-La solución está en manos de las autoridades que, según los entrevistados, han mostrado muy buena disposición, aunque también a decir de algunos, por ahora existe un amplio desconocimiento entre los funcionarios acerca del capital privado y los beneficios que entraña para la economía del país.

-Mientras no se solucione esta falta de salidas, los fondos están obligados a restringir sus inversiones a ámbitos de actividad muy concretos: aquellos más susceptibles de registrar altas tasas de crecimiento en plazos cortos y que operan en sectores en los que existe una clara tendencia a la consolidación, para que así la firma financiada sea una buena candidata a ser adquirida por otra corporación. Estas actividades serían las exportadoras, en particular las más vinculadas al Tratado de Libre Comercio, las minoristas, los medios de comunicación y sociedades de entretenimiento, además de las dedicadas a la construcción de vivienda popular y parques industriales. Los demás sectores tienen, por ahora, pocas probabilidades de probar los beneficios del capital de inversión.

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Un extraño en la empresa
Los fondos enfrentan un último obstáculo que superar: la falta de predisposición de muchos hombres de negocios mexicanos a dejar que unos inversionistas se metan a ver sus cuentas e incluso les digan qué hacer para mejorar su gestión.

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“Una característica mexicana es sobrevalorar los activos”, comenta Miguel Valenzuela, director general de Compass, un fondo de capital privado con $80 millones de dólares en cartera. Según él, los empresarios nacionales tienden a pedir precios exorbitantes a cambio de ceder una participación accionaria al capital privado, y además quieren que los nuevos socios se comprometan a quedarse en la compañía no cinco, sino 15 años. A todo ello hay que agregar la falta de costumbre de que una persona externa se meta a revisar las cuentas. “Muchas veces un empresario tiene metida a toda la familia en la nómina”, asegura el directivo.

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Al aportar sus expertos, el capital privado ayuda al hombre de negocios a desarrollar el potencial de su agrupación mediante el establecimiento de parámetros de control, la integración de la cadena productiva y un cambio en la cultura de gestión para que se enfoque en la creación de valor. Pero además, exige la institucionalización de la firma y una transparencia absoluta en las cuentas, algo a lo que algunos empresarios se muestran reacios, ya que hasta ahora han sobrevivido sin declarar todos sus ingresos a Hacienda. “Tienen que darse cuenta de que al final el valor del negocio va a ser mucho mayor del que tenían  antes de que llegáramos”, comenta el ejecutivo de Compass.

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No obstante, tanto él como los demás integrantes del sector afirman que en los últimos años se ha notado un enorme cambio cultural por parte de los líderes corporativos, que cada vez entienden mucho mejor las ventajas de recurrir al capital privado. “La apertura económica ha causado saludables cambios en la mentalidad”, agrega Warnholtz.

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-Además, muchos son los llamados pero pocos los elegidos. Valenzuela asevera que recibe dos o tres propuestas por semana, es decir, más de 100 candidatos al año. De 100 empresas, 60 se descartan de entrada. Las 40 restantes se someten a un análisis preliminar y sobreviven 15. De éstas, apenas cinco pasan la criba final. Luego sólo falta negociar las condiciones y más de la mitad de los tratos se frustran por falta de acuerdo en el precio. Al final, de cada 100 proyectos se financian dos.

-Así, queda claro que el desarrollo del capital privado en México va en el interés de todos: empresas, inversionistas y gobierno. “Es una de esas situaciones en las que todo el mundo sale ganando. Es cuestión de eliminar las barreras para permitir que el sector florezca”, concluye Videgaray.

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