Muchas leguas de experiencia

Los fabricantes de calzado tienen frente a sí dos retos: modernizarse y contener a los asiáticos.
César Muñoz Padilla

La producción de botas en la ciudad de León, Guanajuato, es una tradición. Para Siete Leguas, la número uno en este campo, es la “especialidad de la casa”. Iniciada, como tantas otras, dentro del entorno familiar, la historia de esta firma comienza con Jorge Succar Kuri, hijo de inmigrantes libaneses quien, después de 10 años de dedicarse a la compraventa de calzado, instala en 1955 su primera fábrica, que no era más que una bodega con unas cuantas máquinas y una planta laboral de 12 trabajadores.

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Desde entonces el objetivo fueron las botas vaqueras y el botín charro. A principios de los años 60, los artículos con el sello de la compañía comenzaron a llegar a Estados Unidos y, antes de terminar esa década, Siete Leguas se asoció con un empresario estadounidense para crear W. Boots Company, fabricante y comercializadora de una marca propia (la sociedad sería disuelta tiempo después, en los años 80).

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En 1970, Succar abrió su propia tenería con el fin de controlar la calidad del teñido, textura y terminado de las pieles con las que confeccionaba su calzado. La medida le permitió, en 1973, abrirse mercado en Europa y aliarse con un fabricante holandés para producir artículos bajo la marca de mayor prestigio en el Viejo Continente: Marlboro Classics.

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Más tarde, sus botas vaqueras llegaron al mercado japonés, donde intentaron competir en los nichos de calzado de precios altos. Sin embargo, su incursión en Japón fue breve, debido a que la amplia capacidad de producción en la región hizo retroceder al fabricante mexicano.

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Arremetida asiática
Siete Leguas no ha sido el único fabricante golpeado por los asiáticos. En el propio mercado mexicano, estos últimos se han encargado de poner en jaque a toda la industria del calzado, considerada como prioritaria para la economía del país.

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Con una producción promedio de 210 millones de pares anuales y un ritmo de crecimiento de 14%, los empresarios zapateros se dicen dispuestos a disputar cada cliente del mercado local a chinos, coreanos y taiwaneses. El sector, conformado por alrededor de 7,300 establecimientos fabriles de todo tamaño que se concentran principalmente en los estados de Guanajuato, Jalisco, México y el Distrito Federal (DF), generó más de 140,000 empleos durante los primeros cuatro meses de 1999, según los registros del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

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Uno de los recursos de batalla elegido por los industriales mexicanos, agrupados en su mayoría en la Cámara de la Industria del Calzado del Estado de Guanajuato (CICEG, con 1,002 socios), es la aplicación de modelos de capacitación procedentes del exterior. A partir de una guía donde se establecen las necesidades de entrenamiento y el método de evaluación de habilidades, destrezas y aptitudes, los trabajadores cursan un periodo de adiestramiento al final del cual obtienen una certificación que les sirve no sólo para laborar en el sector cuero-calzado, sino en otras industrias.

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Las autoridades federales, a través de las dependencias de trabajo y educación, hacen desde 1995 un trabajo de coordinación en este esfuerzo, en tanto que el Centro de Investigación y Asesoría Tecnológica en Cuero y Calzado (CIATCC), auspiciado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), funge como organismo certificador.

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En la CICEG comentan que algunos trabajadores capacitados bajo este nuevo método han encontrado mejores oportunidades fuera del sector de calzado, al tiempo que obreros de otros sectores han sido atraídos por estas calificaciones de puestos; adicionalmente, el esquema, inspirado en un modelo inglés, ha contribuido a mejorar los ingresos al ubicar en tres salarios mínimos la percepción promedio en los niveles bajos –alrededor de $90 pesos al día–.

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Según Carlos Ramón Romo, presidente de la cámara estatal, León se ha convertido en el cluster del calzado más completo del mundo, incluso por encima de los italianos, con más de 1,000 fábricas reunidas en un área de 20 kilómetros cuadrados, 500 tenerías, una decena de plantas de hormas y plantillas, así como factorías de herrajes, cierres y casquillos, entre otros.

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Sin embargo, más de 80% de las empresas son micro y pequeñas, y entre ellas persisten los problemas relacionados con el abastecimiento de insumos nacionales, lo que genera dependencia de las importaciones, particularmente en lo relativo a cuero crudo y partes terminadas.

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Junto a esta situación, otro de los pendientes que la mayoría de los negocios tiene que saldar es la renovación de la maquinaria, la ampliación de la capacidad instalada y la readaptación de procesos productivos. En suma: su modernización.

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La realidad en León no es muy distinta de la de otras ciudades productoras de calzado. Por ejemplo, Guadalajara. Segunda sede en importancia de esta industria, sus 350 fabricantes respondieron el año pasado por 17.9% de la producción nacional de calzado, según estimaciones del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext). Sin embargo, un sondeo realizado por los organismos empresariales locales puso en evidencia problemas tales como la obsolescencia tecnológica, fallas en las cadenas productivas, planeación de corto plazo y no de largo, falta de programas de capacitación y la persistencia de una competencia desleal de la economía informal. En el Estado de México y el DF, que en conjunto participan con 12.3% de la producción nacional, la problemática es parecida; pero aquí, los empresarios del ramo han optado por atender el mercado popular, lo que implica una competencia frontal con los productores asiáticos, dominantes en este terreno en una proporción de tres a uno.

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Frente a este panorama, los fabricantes leoneses han iniciado su proceso de reconversión, afirma Juan Antonio Reus Anda, presidente ejecutivo de CICEG. La intención primordial es ampliar la producción mediante la implantación de software para la automatización de procesos, ya probado en otros países; involucrar aún más a las instituciones académicas y de gobierno en la capacitación y, por qué no, asociarse en coinversiones con coreanos y taiwaneses para llegar con eficiencia a los nichos populares. Sin embargo, la mejor apuesta de los industriales leoneses contra los grandes productores mundiales es, dicen ellos, la especialización, y las botas, una de sus mejores cartas.

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Apuesta a las botas
Si alguien sabe de reconversiones es Siete Leguas. A la mitad de este último y agitado decenio de fin siglo, la firma hizo importantes cambios en su estructura. El primero de ellos tuvo lugar en 1994, cuando Succar dejó en manos de su hijo la operación del negocio –aunque conserva la presidencia del consejo de administración de la empresa y el manejo de los asuntos financieros–.

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Ingeniero industrial de profesión, a Jorge Succar Vázquez le tomó 11 años llegar a la silla de director; antes fue director de ventas y subdirector.

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No fue un periodo fácil. Desde principios de los 90, la empresa resentía una gradual reducción de sus ventas en Europa como consecuencia de dos factores: el término de las relaciones comerciales con su socio holandés y la incapacidad para adaptarse a los cambios de los consumidores que dejaron de demandar calzado para uso industrial, inclinándose ahora por el casual y luego por el atlético. La crisis que estalló en 1994 complicó aún más el escenario. La estructura fabril y de comercialización que Siete Leguas había desarrollado en el país se vio afectada.

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Jorge Gálvez, director de operaciones, refiere que el número de tiendas disminuyó a partir de 1995 debido a la caída en los márgenes. Sobrevivieron tres establecimientos, uno de los cuales operaba bajo el nombre de Dr. Martins, donde se comercializa el zapato de importación producido por esta firma inglesa.

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Asimismo, la compañía se vio obligada a bajar sus precios en dólares entre 10 y 15% como condición para mantenerse en el mercado, recuerda Succar Vázquez. Fue esto, más que la caída del poder adquisitivo en el mercado interno, lo que “nos forzó a buscar nuevos mercados y productos. De 1995 a la fecha hemos tenido que convertirnos en una empresa flexible y hacer una amplia variedad de productos”.

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Para adaptarse a las nuevas condiciones de los mercados externos, Siete Leguas se abrió a la fabricación de calzado tipo choclo y sandalias, así como de otras variedades orientadas principalmente a consumidores estadounidenses; en ello tuvo que ver la experiencia adquirida en los seis años que duró el acuerdo para maquilar zapatos y botas de montaña e industriales Marlboro Classics. Actualmente, la firma mexicana maquila productos para los fabricantes de las marcas Justine, Buffalo Boots, L.L. Bean, Frye, Angels.

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La adaptación tuvo sus costos, pues no sólo hubo que modificar parte de la estructura de producción para reorientarla a la elaboración de artículos competitivos en precio y calidad, sino que fue necesario de recurrir al financiamiento. De hecho, en 1995 contrataron créditos para la compra de maquinaria y responder así a los requerimientos de nuevos clientes. Hoy, informa el director, las deudas de Siete Leguas ascienden a $3 millones de dólares, mientras que los activos suman $10 millones.

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No obstante, Succer conserva el ánimo. Con una facturación estimada para el cierre de este año en $100 millones de pesos, las exportaciones de la firma representan ya 60% de las ventas totales, mientras que el 40% restante procede del mercado local, donde destacan sus marcas Siete Leguas, Bronco Five Collection, y Haiker (calzado industrial). Además, la decisión de sus clientes internacionales de reducir el plazo de los pagos al contado de 60 a 15 días constituye, según él,  una gran ayuda para enfrentar sus obligaciones (sus clientes nacionales, entre ellos Liverpool, Sears y El Palacio de Hierro, mantienen el plazo de 60 días).

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La expectativa para el futuro cercano es que las ventas foráneas aporten 75% de los ingresos totales, con lo que la maquila adquiriría un papel aún más determinante. Los planes de crecimiento se apoyan en dos puntos: un aumento en el volumen de producción de botas convencionales para sus clientes externos y el avance hacia nichos específicos.

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En breve, la firma incursionará en el rentable segmento de botas vaqueras confeccionadas con pieles exóticas. “Eso nos permitirá llenar nuestra fábrica, porque la teníamos prácticamente a 50% de su capacidad”, señala el director en referencia a su planta de producción en serie, en la que recaerá este aumento de actividad –la otra planta, con la que inició la compañía en 1955, está destinada a la elaboración de suelas–.

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El ambiente para la fabricación de calzado parece favorable. El productor estadounidense de la marca Justine decidió cancelar parte de su operación en ese país y aumentar sus pedidos a México; Siete Leguas, cuya producción es de 22,000 pares mensuales, será con seguridad directo beneficiario de esa medida. Tan es así, que la firma está dispuesta a contribuir a esos traslados de producción. Succar señala la posibilidad de aliarse con la segunda tenería de Estados Unidos, de la cual no reveló el nombre.

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Siete Leguas busca, por todos los medios, acelerar el paso.

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