Muchos aspirantes, ¿cuántos proyectos?

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Ignacio Marván Laborde

En la arena política de la sucesión hay casi una decena de precandidatos, sin embargo, no todos tienen posibilidades ni proyectos.

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Son tres los proyectos fundamentales que hoy compiten por el poder. El del orden establecido, es decir, del PRI y sus aspirantes, tiene dos vertientes: la de quienes buscan representar los intereses de la burocracia que dirige al PRI –Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Humberto Roque Villanueva–, y la que busca preservar los intereses y la continuidad del grupo gobernante, alineada en torno a Francisco Labastida. Ambas vertientes defienden el orden político existente; sus diferencias tienen que ver con quién tendrá más peso en la designación y en las propuestas: el PRI o el grupo gobernante. Este ha sido el proyecto ganador, sin embargo, enfrenta problemas como la caída en las preferencias de los electores y, sobre todo, el agotamiento de las que fueron algunas de sus cualidades esenciales: ser factor de estabilidad y su capacidad de aglutinar grupos.

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Por otro lado está la opción que busca Vicente Fox, el verdadero proyecto "centro-derecha". Busca agrupar –adicionalmente al PAN– al mayor número de personas y fuerzas económicas, políticas y sociales, en torno a prioridades definidas: honestidad y eficiencia, mayores recursos y capacidad de decisión a gobiernos estatales y municipales; promoción de la inversión y el empleo. El proyecto busca un "nuevo México", pero no queda claro si se podrá lograr sólo mediante la buena fe y el cambio de hombres en el gobierno o si se requiere, también, la construcción de instituciones políticas que permitan una nueva manera de tomar decisiones.

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El proyecto de "izquierda–centro", cuya cabeza más visible es el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas –aunque también están en esta orientación Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho Solís y, si se decide, Jesús Silva Herzog–. Sin negar la validez de paradigmas universales de actualidad, globalidad, mercado y democracia, este proyecto pone mayor énfasis en lograr una justicia distributiva y en la reorganización de un Estado no grande o chico, sino justo e incluyente. Muñoz Ledo y Camacho dan prioridad, además, a la necesidad de abrir paso a un régimen político democrático que funcione. Sus retos son: no fragmentarse y encontrar el equilibrio entre ambas posiciones. Moverse demasiado al centro sería renunciar al objetivo (central en este proyecto) de reducir la polarización social y regional que caracteriza la vida política del país; pero al ir demasiado a la izquierda perdería la posibilidad de formar una coalición que le permita el triunfo.

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El problema no es de proyectos. En lo básico, éstos son claros y los líderes que en ellos participan saben lo que quieren; el punto no es la falta de un "proyecto nacional" a la vieja usanza, sino la ausencia de instituciones, reglas y acuerdos políticos mínimos que permitan la competencia justa, y sin sobresaltos que rebasen la incertidumbre propia de la democracia, así como la coexistencia de proyectos alternativos.

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El autor es profesor investigador del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE)

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