Murallas chinas

Sobre la falta de sentido del humor y otras taras.
Max Clip

Cuando entré a trabajar a esta empresa –pues les aclaro a los escépticos que soy un ejecutivo verdadero, que trabaja en una empresa verdadera, aunque por malformaciones genéticas me dé por escribir– me entregaron 453 formularios para que los llenara. La mayoría eran absolutamente absurdos aunque también no les faltaba originalidad. En varios de ellos (recuerden: ¡eran 453!) se me preguntaba cuál era mi deporte preferido. Mi respuesta fue coherente 110% de las veces: quejarme, respondí.

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Sin embargo, no fui del todo exacto. La verdad, mi deporte favorito (esto es: lo que a mí me encanta hacer) es quejarme de lo que sucede en el país, quejarme de nuestros infantiles errores, y sobre todo quejarme de nuestras peculiares taras psíquicas, que creo son nuestro mayor obstáculo, una suerte de Muralla China mental.

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Y entre las varias que he analizado en sesudas conversaciones de café, la que menos comprendo es nuestra terca tendencia a ser solemnes, que se complementa con una crónica falta de sentido del humor. El mundo corporativo, sobra decirlo, está más que contaminado por esa solemnidad.

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Sí, ya sé lo que muchos están pensando: que si no te gusta, por qué no agarras tus calzones y te vas; que si estás tan en desacuerdo, por qué no haces algo al respecto; que si ya vamos a hablar de política, qué flojera y mejor cambiamos el tema. Y ese, digo yo, es el problema, porque cuando alguno de nuestros compatriotas se lanza al ruedo y se manifiesta contra algo que inconscientemente identificamos con nuestra sacrosanta identidad nacional, inmediatamente buscamos la manera de descalificarlo, cuestionarlo, justificarlo con traumas y viejas anécdotas familiares, cuando no lo crucificamos (no sin antes quemarlo en leña verde). “México es un país que ama la carne humana”, dijo un escritor. Hasta donde me acuerdo, en estos banquetes antropófagos a nadie lo he escuchado contar un chiste.

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Como Juana la Loca, que arrastraba el cadáver de su marido por los caminos de España, nosotros vamos con nuestro pedestal –en la base, por supuesto, con letras de oro se puede leer: Moi– al cual nos subimos con pesadez marmórea, cada vez que se nos ocurre decir algo sumamente importante.

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Lo natural, lo humano, sería tomar esas ideas como opiniones y hasta bromear a propósito de ellas. (¡Vamos!, que no estamos en un aula de universidad, que se trata de una conversación y a veces se piensa mejor luego de aligerar el ambiente y ventilar esa atmósfera de mausoleo con una guasa.) Pero aquel que en lugar de decir algo serio lanza un chiste, automáticamente es visto por el resto como un loco que se hubiera trepado al monumento y le hubiera asestado un par de martillazos. ¡Qué falta de educación! ¡Qué intolerante! ¡Qué vulgar!

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Digo todo esto porque una de las grandes cualidades de mi jefe es un sano sentido del humor, característica que, como se imaginarán, es “políticamente incorrecta” dentro de la empresa, aunque en las reuniones extramuros (léase: pláticas en la cantina de al lado, al finalizar la jornada de trabajo) se la festejen a escalas que rayan en lo absurdo –dije que mi jefe tiene sentido del humor, no que sea el más dotado de los cómicos–.

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Hace poco, en una de esas sesiones, a mi jefe le dio por lanzar ironías a propósito del pobre rendimiento del área de mercadotecnia (un auténtico desastre, si me preguntaran mi opinión). La prudencia no es uno de los fuertes de mi querido jefe y, durante el sainete, no reparó en la presencia del director jurídico (solemne abogado todo él). Me ahorro la descripción de lo que ha seguido. Baste decir que el pobre ha sido obligado a disculparse con todos y cada uno de los empleados de “tan eficiente departamento” (director jurídico dixit), que el escándalo ha llegado a oídos del director general y, a pesar de que muchos de los que estaban presentes han insistido en que “sólo se trataba de una broma”, se planea un castigo ejemplar en el más puro estilo priísta.

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Pero no todo está perdido. Estoy planeando una serie de marchas, plantones y huelgas de hambre. Cuento, desde luego, con su decidido apoyo, ¿verdad compañeros?

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